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| 10/2/2017 12:00:00 AM

La capital nariñense no abandona su legado musical

A mediados del siglo pasado, Pasto fue un municipio musical. Cincuenta años después, esa tradición se mantiene.

Todo nariñense lleva un músico adentro. Por lo menos así fue en Pasto de los cincuenta y sesenta en el que crecí. Cada casa tenía su guitarra y acogía tertulias animadas por las composiciones de Maruja Hinestrosa de Rosero, Luis Eduardo Nieto, Jesús Maya Santacruz, Plinio Herrera Timarán, Luis ‘Chato’ Guerrero y muchos otros. Niños y jóvenes navegamos en el influjo de la música local –los bambucos, los pasillos y los boleros– y ‘nos levantamos’ con la tentación de convertirnos en músicos profesionales.

Pasto era una ciudad con historia. Estábamos orgullosos de su zona céntrica de estilo colonial. Allí, en la Plaza de Nariño, todos los domingos la Banda Departamental, con sus elegantes uniformes, interpretaba a los compositores colombianos. El concierto era una escala obligada después de la misa en la iglesia de San Juan Bautista.

Mis padres se dieron cuenta de que yo tenía aptitudes para cantar. El Colegio Javeriano formó a muchos a través de un extraordinario coro, dirigido por un verdadero maestro de voces: el profesor quiteño Luis G. Ponce. Empecé como soprano y me convertí en solista barítono. Era tal la importancia del coro, que a los solistas nos daban clases privadas de técnica vocal.

Al graduarme, fui a estudiar a Bogotá. Llevé conmigo a grandes referentes como la Ronda Lírica y las orquestas Jazz Colombia y Alma Nariñense. Estuve dos años en la ciudad y regresé a Pasto con dos tesoros: las clases de técnica vocal e impostación de voz de Renato Catani, tenor italiano egresado de la Escala de Milán, y mi esposa, Haydeé González, con quien compartí por 56 años.

En Pasto creamos la Rondalla Nariñense, integrada por las 12 voces de los tríos Martino, Los Caminantes y Los Cóndores del Sur, el dueto Arteaga y Rosero y yo. Sacamos un disco, nos presentamos ante Pablo VI –no olvido la emoción que sentí al verlo– y ganamos el Concurso Folclórico Nacional al Mejor Conjunto Vocal del país. Todo en 1968.

Ese año también participé en la famosa Hora Phillips, conducida por Jorge Antonio Vega, que hacía eliminatorias nacionales a través de Caracol Radio para escoger a los mejores cantantes del país. Mis paisanos mandaban marconis apoyándome. Fuimos 30 semifinalistas y cuatro finalistas. No gané. Mi voz no era comercial, dijeron. Algo que se ha dicho sobre la música andina.

Mientras tanto en Pasto, donde no vivo hace más de 40 años, sigue latente ese amor. En un hermoso homenaje –dirigido por Laureano Córdoba– que rindieron este año a la Rondalla Nariñense nos dimos cuenta de que hay una rondalla femenina y de que los hijos y nietos de nuestros compañeros siguen luchando para preservar la tradición. Pasto es música y eso nadie, ni siquiera el tiempo, lo va a cambiar.

*Banquero y cantante aficionado.

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