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| 10/27/2017 12:00:00 AM

Viaje al origen del río Medellín

Esta crónica lo llevará hasta el Refugio de Vida Silvestre Alto de San Miguel, una zona mágica y protegida del Valle de Aburrá.

Cualquier viajero puede visitar el nacimiento del río Medellín, en el extremo sur del Valle de Aburrá. El viaje comienza en la vereda La Clara del municipio de Caldas. Para emprenderlo es ideal salir temprano, llevar ropa cómoda, botas contra el agua para senderismo (otros zapatos en el morral y un par de medias extra). La caminata es larga y habrá charcos por todas partes. Recomiendo hacer el recorrido con un guía autorizado por la Secretaría del Medio Ambiente de Medellín, en especial si no conoce la zona y quiere aprender más sobre la flora y la fauna de la región. Para eso hay que agendar la visita con unos 15 días de antelación llamando al refugio Alto de San Miguel.

La buseta que va hasta a la vereda La Clara sale a una cuadra del parque principal de Caldas y llega hasta la sede de acción comunal. Desde allí hay que subir por una suave pendiente al Alto de San Miguel, pasando por varias represas, trochas rodeadas de plantas de hoja ancha y telarañas, potreros donde las vacas rumian y bosques de pino pátula, auténticos desiertos verdes, donde los animales pasan de largo.

Río arriba

Después de unos minutos de camino se llega a una zona de represas, ahí veremos un río Medellín libre de contaminación. Se puede nadar en sus aguas. Sin embargo, no falta quien sube hasta la zona para lavar con detergentes su carro o su moto, contra toda regulación ambiental. Arriba de las represas, el camino se vuelve más agreste y resbaloso. Hay tramos donde se corre el peligro de caer por un acantilado a las playas rocosas del río, por lo que hay quienes prefieren subir directamente por el cauce y de paso refrescarse un poco.

A lado y lado se puede apreciar la abundante vegetación. A la izquierda están las plantas tropicales, que dan refugio a incontables insectos, vertebrados pequeños y aves. A la derecha: grandes plantaciones de pino pátula, bosques de un verde azulado, que no dan alimento a la fauna silvestre de la región.

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A medida que se sube, se notará otro cambio en el paisaje. El estrecho valle del río se abre un poco dando lugar a pastizales ganaderos, donde son frecuentes las reses preñadas y los terneros. Cientos de mariposas hada, con las alas azules y anaranjadas, se juntan a extraer los nutrientes de la boñiga fresca. Se calcula que en la zona hay unas 130 clases diferentes de mariposas. En las ciénagas y pequeños arroyos los mosquitos revolotean frenéticos (por cierto, ¿llevó el repelente contra insectos?).

En el camino se encuentran dos casas. En la primera viven Luis Alberto Benítez, su hermano y algunos familiares más desde hace 25 años. Llevan una vida sencilla, campesina, sin luz eléctrica y beben el agua de uno de los nacimientos del alto. Tienen perros, gatos y gallinas. Dicen que no tardan más de 15 minutos hasta La Clara, pero a la mayoría de mortales el mismo camino les toma más de media hora. Luis Alberto cuenta que no cambiaría su rancho por un apartamento en Medellín: “Allá es para ir de ‘vueltón’, es mejor vivir aquí, es más tranquilo”.

El Alto de San Miguel

Luego de la casa de Luis Alberto y de los potreros pantanosos la pendiente empieza a acentuarse, el cauce del río se hace estrecho y las aguas se revuelven. Llegamos a un pequeño bosque de pino ciprés donde el piso está tapizado de un musgo verde limón. Allí se ven los vestigios de fogatas prohibidas en la zona. Unos metros más adelante hay un puente de madera que pasa justo por encima del cruce de dos de las quebradas que le dan origen al río Medellín. Luego hay un pequeño claro y un gran portón de madera con candado: la entrada al Refugio de Vida Silvestre Alto de San Miguel.

Dicen que el nombre del alto viene de una congregación de monjes españoles que subieron hasta allí con la intención de fundar un monasterio, un lugar de retiro para llevar una vida dedicada a los ejercicios espirituales. Sin embargo, el clima frío y húmedo del bosque de niebla enfermó a uno de los monjes que murió justo el día del arcángel San Miguel. Más adelante el refugio se consagraría a la protección de la flora y fauna silvestre de las cumbres andinas que amurallan el Valle de Aburrá.

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La entrada es restringida por razones ambientales. Solo es posible acceder con los guías de la Secretaría del Medio Ambiente de Medellín. Después del portón negro se halla un sendero empinado que se interna en la zona de estricta protección ambiental. Hay una gran diversidad de plantas de todos los tamaños, musgos, hongos y líquenes. La humedad y el frío reinan en esta zona que supera los 2.000 metros de altitud sobre el nivel del mar.

Al final del recorrido se llega a un aula ambiental, una casa que sirve de estación base para los biólogos, zoólogos y botánicos de diversas universidades que realizan estudios en la zona. En el refugio de vida silvestre se ha encontrado el 16 por ciento de la diversidad biológica reportada en Colombia, una cifra significativa si se tiene en cuenta que a pocos kilómetros está la segunda Área Metropolitana más poblada del país, y una de las más contaminadas de América Latina.

La vida del río

Si tiene suerte y se conecta con el silencio, quizá pueda encontrarse con alguno de los animales que habitan la reserva (hay 49 especies de mamíferos, cinco de reptiles y 21 de anfibios). Los bosques de niebla recuperados del Alto de San Miguel albergan aves como el cacique candela, la perdiz colorada y la guacharaca. Importantes felinos como el tigrillo lanudo, el ocelote, el yaguarundí y el puma. También raros mamíferos como la zarigüeya o chucha, prima de los marsupiales australianos, y el olinguito, este último exclusivo de la región andina colombiana.

Los nueve guías del refugio, casi todos jóvenes habitantes de las veredas de Caldas, han aprendido mucho de los investigadores del CES y la Universidad de Antioquia. Algunos son expertos en las técnicas de monitoreo de fauna silvestre, el manejo de cebos y huelleros, cámaras-trampa y redes de niebla. Es importante aclarar que estas técnicas tienen que ser manejadas con la supervisión de profesionales y que bajo ninguna circunstancia se debe intentar atrapar, por más atractiva que le parezca, la delicada fauna silvestre que queda en el Valle de Aburrá.

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El río Medellín recorre 100 kilómetros desde su nacimiento en el Alto de San Miguel hasta su encuentro con el río Grande, al norte del municipio de Barbosa, donde juntos forman el río Porce. En esos 100 kilómetros de flujo el cambio de este es radical: las aguas claras que bajan del alto se encuentran muy pronto con zonas ganaderas, bosques madereros y luego con fábricas de textiles, plásticos y metales, además de los desagües de todo el valle, donde viven casi 4 millones de personas.

Desde principios de los noventa las autoridades ambientales regionales han trabajado para recuperar los predios de la cuenca del río Medellín y han construido plantas de tratamiento de aguas residuales. No obstante, los esfuerzos por mantenerlo con vida son insuficientes. El tiempo se acaba, entretanto el río sigue corriendo turbio, espumoso, en su camino hacia el mar, resignado ante la indiferencia de los habitantes del Valle de Aburrá.

*Periodista.

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