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| 10/27/2017 12:00:00 AM

La Virgen a la que le reza el Valle

Cada martes, sin falta, los habitantes del municipio de Sabaneta y sus visitantes se dan cita en la iglesia de Santa Ana para rezarle a María Auxiliadora. Aunque el pueblo se ha transformado y cada día hay edificios más altos y lujosos, su fe permanece intacta.

Sabaneta ya no es aquel pueblo de arrieros de mediados del siglo XX al que llegaban los caballos y los carros después de recorrer una carretera en medio de amplias casonas. En ese entonces cada martes, desde todos los rincones del Valle de Aburrá se generaba una marcha espontánea a la iglesia de Santa Ana, donde la gente le encomendaba a María Auxiliadora sus pedidos y deseos para la semana.

Esta fe ha resultado inalterable con el paso del tiempo, al igual que la iglesia, el parque y algunas casas vecinas que han resistido la voracidad urbanística de los últimos años en la región. Como ha ocurrido desde hace casi cinco décadas, todos los martes los fieles se congregan en el santo recinto a la espera de conseguir un milagro de la Virgen. Ella, serena e inmutable desde su altar decorado con flores, escucha a los paisas sin discriminar a ninguno. Muchos de ellos esperan otra prueba de su atención, como la de aquel martes 10 de septiembre de 1968, cuando dicen que se manifestó en la eucaristía de las cuatro de la tarde. Desde entonces, ese día de la semana y esa hora se convirtieron en símbolos sagrados para los fieles. Conforme la devoción y los milagros de la Virgen corrieron de voz en voz en el valle, más personas iniciaron la misma peregrinación.

Pero fue el padre Ramón Arcila, quien llegó al municipio en la década del treinta, el que inculcó en los sabaneteños la devoción por María Auxiliadora. El sacerdote es una figura muy importante en el pueblo, que lo considera un prócer. La Virgen a la que tantas veces rezó el padre Arcila se encuentra en la iglesia de Santa Anta, un templo sencillo, común y corriente, similar a todos aquellos levantados en las plazas de otros pueblos colombianos. Hoy parece particular, por lo pequeña que se ve a la sombra de los inmensos edificios que han construido en Sabaneta. “Es muy triste ver que lo que queda del pueblo original es prácticamente la iglesia y el parque”, comenta el párroco del templo, Diego Uribe.

Como el bien y el mal suelen encontrarse, la devoción del hampa no pasó por alto a la Virgen. A finales de los ochenta los sicarios comenzaron también su peregrinación y se citaban en el pequeño templo. Por fortuna, de esa época y de aquellos visitantes solo queda el recuerdo. Los de hoy son bien diferentes y el padre Uribe, quien afirma que Sabaneta se convirtió en la “Manhattan del sur”, por las edificaciones cada vez más altas que tapan las montañas, reconoce que los más asiduos asistentes al templo no habitan el pueblo.

Virgen obrera

Los estudiantes, trabajadores y obreros son los principales adoradores de la Virgen. El martes se aprecia su devoción. A las seis de la mañana, aún con algo de neblina, llegan a la primera misa del día los comerciantes y empleados. Faltan bancas para acogerlos. Van a pedir por la buena fortuna de sus negocios. Mientras avanza la mañana las personas mayores empiezan a visitar la iglesia. Algunos van en silla de ruedas o con tanques de oxígeno, pero siempre muy bien vestidos, a encender los velones frente al altar y a pedir por su salud. Al final de la tarde y hasta la misa de las ocho de la noche, con la que concluye el día, aparecen los estudiantes agobiados con el peso de los exámenes, a descargar sus angustias académicas en la Virgen.

Los estudiantes, trabajadores y obreros son los principales adoradores de la Virgen. Foto: Jonny A. García

El comercio se alimenta de la fe y viceversa. “En días como hoy no hay tregua, porque cada que se termina la misa, sale la gente con hambre y aquí los esperamos con su café y su buñuelo”, coinciden los meseros de la cafetería El Peregrino, una casona vecina a la iglesia que funciona hace 22 años.

Los martes también acuden los loteros, los vendedores ambulantes y los músicos como Saúl Montoya, quien creció en Remedios. “Aquí hay mucha fe, aunque el pueblo ha cambiado. Yo me gano la vida en todo el Valle de Aburrá, pero este parque es especial, me recuerda mucho al campo”. Aunque los más estrictos en temas de religión hacen mala cara por la presencia de Saúl y sus colegas, este hombre que desde hace 15 años se alimenta de cantar tangos y milongas con una vieja guitarra, dice que por la fe que le tiene a María Auxiliadora no haría nada que le faltara al respeto.

Cuando el martes de peregrinaje termina, retorna la serenidad a Sabaneta. El resto de la semana es un lugar prácticamente vacío. “Como aquí viven los que trabajan en el Valle de Aburrá, todos los demás días hay caos a las seis de la mañana y a las seis de la tarde, cuando salen y vuelven los carros. Entre esas horas no quedan muchos de los que tienen sus hogares aquí”, explica el padre Uribe.

Los sabaneteños de origen, que viven de este parque y esta iglesia suspendidos en el tiempo, le hacen frente al peso de la modernidad y al frenesí de la vida citadina esperando un nuevo martes. Están seguros de que la vorágine constructora no podrá derrumbar este lugar y que la devoción perdurará.

*Periodista.

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