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| 8/27/2001 12:00:00 AM

13 días

Este apasionante drama sobre la crisis de 1962 recuerda que el mundo siempre está en suspenso. ***

Desde el punto de vista de Kenneth O’Donnell, un influyente asesor de la Casa Blanca, los hermanos Kennedy, presidente y procurador de Estados Unidos en octubre de 1962, tienen en sus manos el futuro del planeta. Se ha descubierto que la Unión Soviética ha instalado un peligroso depósito de armas nucleares en Cuba, su aliado, que podría destruir en un minuto la mitad occidental del mundo, y —la presión es algo nunca visto: algunos proponen invadir la isla, otros sugieren dar inicio, de una vez por todas, a la tercera guerra mundial— de la decisión que se tome depende el futuro de la Tierra. Ni más ni menos.

El mayor logro de 13 días, la apasionante película del discutible Roger Donaldson, es que, aunque sabemos que al final todo salió muy bien —porque, bueno, todos estamos vivos—, asistimos a la película como a cualquier historia de suspenso, con las mismas preguntas de siempre y la sensación constante de que algo podría estallar en cualquier momento. Puede que a cambio de la tensión dramática se hayan sacrificado algunos detalles históricos pero desde que se trata de una obra cinematográfica, de una narración que por principio tendría que encantar a los espectadores, ese sacrificio resulta más que justo. Esto no es un documental.

Lo más probable es que, como se han empeñado en demostrar los historiadores desde hace ya varios años, John Fitzgerald Kennedy no haya sido el hombre perfecto. Es posible que, debajo de los hechos, más allá de los magnánimos gestos presidenciales de aquellos 13 días, se hayan escondido, como suele ocurrir en la política, móviles más oscuros de los que podríamos imaginar. Se da por descontado que el asesor O’Donnell tuvo que ser un poco, sólo un poco, menos determinante y que no se parecía tanto a Kevin Costner. Y así, con todo eso superado, habría que reconocer que 13 días es, a pesar de algunas escenas tontas —las llamadas de O’Donnell a los pilotos, por ejemplo—, una buena película. Toda una prueba de que cuando a un director con oficio se le entrega una buena historia es bastante factible que el relato sea muy entretenido.

En manos de Oliver Stone la producción habría sido inolvidable, pero no sólo por la brillante reconstrucción de los hechos, o por la controversia, sino, sobre todo, porque habría durado tres horas y media. Roger Donaldson, en cambio, que nunca ha sido muy ambicioso y que pasará a la historia como el director de la aburridísima Cocktail y de la olvidada Cadillac Man, ha logrado, en 13 días, lo que Ron Howard logró en Apollo 13: demostrarnos, una vez más, que no nos importa tanto saber cómo terminará todo sino vivir, con los personajes, el angustioso proceso hasta el final.

Y no sólo eso. También nos recuerda que no tenemos memoria. Que podríamos estar muertos. Que el mundo siempre está en suspenso.
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