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| 11/14/2009 12:00:00 AM

2012

El director de 'Día de independencia' y 'El día después de mañana' explora y explota, una vez más, el fin del mundo. **

Título original: 2012.
Año de estreno: 2009.
Género: Ciencia ficción.
Dirección: Roland Emmerich.
Guión: Roland Emmerich y Harald Kloser.
Actores: John Cusack, Amanda Peet, Chiwetel Ejiofor, Thandie Newton, Oliver Platt, Thomas McCarthy, Woody Harrelson, Danny Glover.

Si 2012 fuera un trabajo de universidad, habría que acusarlo de "copiar y pegar" varios párrafos de un trabajo anterior. Si fuera un parque de diversiones, habría que decir que cumple su función principal (esta es: ser un pasatiempo) hasta el momento en el que se vuelve evidente que no va a hacernos experimentar nada nuevo: ni un solo personaje, ni una sola escena, ni un solo giro de la trama. Dirigida por el alemán Roland Emmerich, cineasta pirotécnico responsable de placeres culposos como Día de independencia (1996), Godzilla (1998) y El día después de mañana (2004), 2012 cae en todos los lugares comunes en los que caen las películas de desastres. Y basta con describir su trama para demostrarlo.

Los mayas tenían toda la razón. Se acerca el fin del mundo como lo conocemos. La última jornada será el 21 de diciembre de 2012. Unos científicos excéntricos, semejantes a los de El día después de mañana, han descubierto que el cambio climático nos llevará a un segundo diluvio universal: que en cuestión de horas la civilización quedara sepultada bajo el agua, la lava y las rocas. Un presidente norteamericano afroamericano, mucho más parecido al de Impacto profundo que al de la vida real, liderará el plan de evacuación del planeta. Habrá un villano más bien tonto. Habrá un héroe que eleve un discurso sobre lo divino y lo humano. Habrá una mujer fuerte a su lado. Y los espectadores tendrán que hacerle barra a una familia rota, por poco idéntica a la de La guerra de los mundos, para que alguien se salve en el último minuto.

Todo será como ha sido siempre en las películas de desastres: un grupito de personajes seguirá con vida, después del Apocalipsis, en nombre de todos los mortales. Y el público, que no es idiota, se dirá "yo sabía cómo iba a terminar esta cosa". Y, en un mundo perfecto, saldrá del teatro con la sensación de que ni siquiera ha tenido enfrente otro placer culposo: otra de esas películas malas que, por alguna extraña razón, nos ponen de su lado.

Tres elementos de la superproducción crean algo parecido a la sorpresa. Primero: la creencia de que la humanidad sufrirá un cambio fundamental en el año 2012 (las librerías esotéricas están llenas de información sobre el tema) no pasa de ser un pretexto. Segundo: los efectos especiales, indispensables para este tipo de tramas, son de un nivel altísimo, pero quizá por tanta sofisticación, por tanto truco digital, hacen ver todavía más inverosímiles los desastres que componen el largometraje. Tercero: la solemnidad con la que ese elenco estupendo enfrenta su tarea no contribuye a hacernos creer que está pasando algo más grave que una película de desastres, sino a sentir que estamos viendo una parodia involuntaria.

Y nos llevan a pensar que Tim Burton tenía razón cuando filmó Marcianos al ataque: lo mejor que se puede hacer con el fin del mundo es una buena comedia.
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