Jueves, 8 de diciembre de 2016

| 1997/03/17 00:00

30 AÑOS DESPUES ...

Cien años de soledad celebra este año su trigésimo aniversario con más de 25 millones de ejemplares vendidos.

30 AÑOS DESPUES ...

El día que ascendió al trono de la fama, Gabriel García Márquez era el único en todo Buenos Aires que no lo sabía. Había llegado a la capital argentina junto con su esposa, Mercedes Barcha, la madrugada de un sábado de junio de 1967 invitado por el Director literario de la Editorial Sudamericana, Francisco Porrúa, y el jefe de redacción de la revista Primera Plana, Tomás Eloy Martínez, para que sirviera de jurado en un concurso de novela_, y en la semana siguiente a su llegada había deambulado por las calles encontrándose a sí mismo retratado en las portadas de Primera Plana, que le había dedicado su carátula en homenaje y presentación al público argentino al autor de una novela que fue bautizada por la revista como 'La gran novela de América'. Se trataba de Cien años de Soledad, que la Editorial Sudamericana acababa de poner en circulación y en la primera semana había agotado la edición inicial de 8.000 ejemplares.
Sin embargo, el generoso elogio de parte de una de las revistas más prestigiosas del momento y la reacción de los lectores argentinos ante su novela no habían producido aún el efecto. O por lo menos eso fue lo que creyó García Márquez hasta la noche en que decidió ir a teatro. Tomás Eloy Martínez, en su artículo 'El día que empezó todo', publicado en el libro Para que mis amigos me quieran más, recuerda el episodio con cierta dosis de realismo mágico: "Fuimos al teatro del Instituto Di Tella. Estrenaban 'Los siameses', de Griselda Gambaro. Mercedes y él se adelantaron hacia la platea, desconcertados por tantas pieles tempranas y plumas resplandecientes. La sala estaba en penumbras pero a ellos, no sé por qué, un reflector les seguía los pasos. Iban a sentarse cuando alguien, un desconocido, gritó '¡Bravo!', y prorrumpió en aplausos. Una mujer le hizo coro: 'Por su novela', dijo. La sala entera se puso de pie. En ese preciso instante vi que la fama bajaba del cielo, envuelta en un deslumbrador aleteo de sábanas, como Remedios la bella, y dejaba caer sobre García Márquez uno de esos vientos de luz que son inmunes a los estragos de los años".
Entonces la fama se abalanzó sobre él en un abrazo tan intenso que, según confesó años más tarde en El olor de la guayaba, casi lo desbarata. "Después de publicado (Cien años...) nada fue igual que antes", concluyó Gabo en sus conversaciones con Plinio Apuleyo Mendoza.
Y era verdad. Hasta aquella noche de teatro en Buenos Aires, salvo en los círculos literarios más restringidos, Gabriel García Márquez era un ilustre desconocido en Latinoamérica. Ni siquiera en Colombia era considerado como un escritor mayor. El hijo del telegrafista de Aracataca, el mismo que habría de batir los récords de ventas de todo el boom con cerca de 30 millones de ejemplares vendidos hasta la fecha de Cien años de soledad, _un promedio de un millón de ejemplares por año, en 36 idiomas diferentes; que alcanzaría una celebridad similar a la del Papa y sería considerado por algunos críticos como el Cervantes de su tiempo, había pasado los primeros 40 años de su vida en el anonimato.
Había escrito su primera novela, La hojarasca, a los 22 años en un burdel de Barranquilla; sufrido las inclemencias del hambre en París, componiendo La mala hora y El coronel no tiene quien le escriba; arriesgado su vida como reportero en Caracas; soportado en Bogotá la negligencia de las editoriales colombianas y extranjeras en la publicación de sus obras; y finalmente, en Nueva York, renunciado a su corresponsalía para la agencia cubana Prensa Latina.
La iluminación
Y entonces llegó a México, en 1961, defraudado y con 100 dólares por capital, resuelto a cambiar la literatura por el cine. Allí lo estaba esperando Alvaro Mutis, su viejo compañero y amigo del grupo La Cueva de Barranquilla. Se instaló en el barrio San Angel y comenzó su aventura por el mundo cinematográfico al lado del novelista Carlos Fuentes, a quien le había presentado Mutis, y del director mexicano Arturo Ripstein, quien sería el artífice de la película de Gabo Tiempo de morir. Su trabajo de guionista lo alternaba con la publicidad y con la dirección de una revista femenina para la que nunca firmó. Pero, aunque gratificante, el cine tampoco le estaba dando muchos resultados.
En realidad su vivencia cinematográfica coincidía con un período de profunda crisis literaria. La sensación ya la había experimentado antes, en los tiempos en que intentaba redondear La mala hora en su buhardilla del Barrio Latino, en París. Detenido en su inspiración por no poder desenredar la madeja de aquella novela con la que terminaría ganando el premio Esso de literatura en Colombia, García Márquez había decidido aprovechar ese intervalo para escribir una historia que había surgido como una revelación: la novela de un coronel que espera una carta que nunca llega.
La historia habría de repetirse. Gabo había arribado a México acosado por los fantasmas de una novela sobre un dictador extremadamente viejo que muere solo en su palacio rodeado de vacas. Era El otoño del patriarca, una obra que le patinaba en la cabeza desde hacía años y que no había encontrado la madurez para transformarse en una obra completa. Quienes compartieron su vida con él en aquella época aseguran que el Nobel vivía un período de resignada austeridad literaria. El esfuerzo de todo un día de trabajo frente a la máquina terminaba en la caneca, sin que nada ni nadie pudiera evitarlo.La leyenda generada alrededor de Cien años de soledad se encargó de contar el resto. Un día de 1965, mientras recorría con Mercedes y los niños, Rodrigo y Gonzalo, la carretera que de Ciudad de México conduce a Acapulco, se le apareció plena y clara la novela que había comenzado a construir en su adolescencia con el título de La casa y que estaba destinada, según cuenta en El olor de la guayaba, a darle salida integral a todas las experiencias que lo habían afectado de niño.
El relato, contado por el propio García Márquez al periodista Ernesto Schoo, autor del reportaje con el que Primera Plana dio a conocer a Gabo en Argentina, se convirtió en un mito que se iría a repetir en decenas de reportajes más en los últimos 30 años: "La tenía tan madura que hubiera podido dictarle, allí mismo, el primer capítulo, palabra por palabra, a una mecanógrafa". Inmediatamente dio media vuelta y retornó a su casa. Impartió instrucciones a Mercedes para que se encargara de las cuentas del hogar y se encerró en su cuarto de trabajo, que había bautizado con el nombre de La cueva de la mafia. Cuando salió, habían pasado 18 meses, al final de los cuales no sólo reunió las 1.300 cuartillas que conforman los originales de Cien años de soledad, sino deudas que sobrepasaban los 10.000 dólares. "Más dinero del que puede producirme la novela en 10 años de ediciones sucesivas", concluyó el Nobel.
Ernesto Schoo terminó la frase diciendo que García Márquez exageraba, pero no era cierto. Antes de Cien años de soledad, sus libros habían vendido un promedio de 1.000 ejemplares, en tirajes que no sobrepasaban los 3.000 por edición. Por eso, cuando en los meses en que estaba terminando la novela Francisco Porrúa le envió una carta con un adelanto de 500 dólares y la certeza de que Sudamericana lanzaría al público una edición de 8.000 ejemplares, la decisión de la editorial no dejó de sorprender al autor de la que estaba a punto de convertirse en una de las novelas más importantes de la lengua castellana.
La recomendación de Fuentes
Por supuesto, no fue el azar el que determinó el interés de Sudamericana por Cien años de soledad, pero las circunstancias que rodearon el hecho, contadas por Dasso Saldívar en su biografía del Nobel que editorial Alfaguara publicará el próximo mes de marzo, dan una idea del anonimato literario en que se hallaba Gabo tanto en México como en Argentina y, en general, en Latinoamérica, antes de su novela cumbre.A mediados de 1965 Luis Harss viajó a México para entrevistar al escritor mexicano Carlos Fuentes, con el ánimo de incluirlo en el ensayo sobre el boom latinoamericano que sería publicado con el nombre de Los nuestros. Fuentes, que había leído a García Márquez por sugerencia de Alvaro Mutis, le hizo saber a Harss que le hacía falta en su lista un escritor colombiano que, aunque poco conocido, había escrito novelas con suficiente mérito como para aparecer en su ensayo.

Harss, que según Saldívar ignoraba por completo la existencia de García Márquez, leyó con entusiasmo los libros que le prestó Fuentes. Quedó tan sorprendido que decidió abrirle un espacio. Gabo se encontraba en ese momento filmando con Arturo Ripstein Tiempo de morir, cuando Harss llegó hasta él con el propósito de entrevistarlo.
Se trataba de la primera gran entrevista literaria del escritor colombiano, una entrevista que sería fundamental en su triunfo en la medida en que se constituyó en su carta de presentación ante el mundo.
De regreso a Argentina a finales de 1965, Harss le presentó los originales de Los nuestros a Francisco Porrúa, quien notó de inmediato, al revisar la lista de escritores analizados por el crítico, que había uno del que no tenía conocimiento alguno. "¿Y este hombre quién es?", le preguntó, a lo cual Harss contestó que se trataba de un escritor colombiano, residente en México, llamado Gabriel García Márquez, que había publicado ya varios libros muy personales y decantados. Porrúa se apresuró a leerlos y se contagió del entusiasmo. Fue entonces cuando decidió enviarle una carta a Gabo en la que le hacía saber el interés de Sudamericana en editar sus cuatro obras publicadas hasta el momento: La hojarasca, El coronel no tiene quien le escriba, La mala hora y Los funerales de la Mama Grande.
El ofrecimiento no era uno cualquiera. Sudamericana gozaba por esos años de un prestigio enorme en toda Latinoamérica y en torno de ella giraba buena parte del mundo literario de entonces. Así, la oferta de Sudamericana fue tomada por Gabo como un anuncio de que el destino llegaba por fin a poner las cosas en orden, según sus propias palabras. Sin embargo, curiosamente el escritor tuvo que rechazarla porque sus obras ya estaban comprometidas con editores amigos.
En cambio le propuso a Porrúa publicar una novela que estaba terminando y en la cual tenía fincadas todas sus esperanzas. Ante la venia de Sudamericana, Gabo decidió mandar a la editorial los primeros cuatro capítulos de Cien años de soledad. Fueron suficientes. Porrúa le contestó a García Márquez con la carta de los 500 dólares y la garantía de la publicación.
El envío de los originales a Argentina tiene su propia historia. La versión más generalizada es la narrada por Pedro Sorela, en su biografía sobre los años difíciles de García Márquez, que cuenta que ni Gabo ni Mercedes tenían con qué pagar el correo, que costaba 180 pesos mexicanos. Como contaban sólo con 80, decidieron enviar la mitad de la novela, a la espera de que hubiera algo más en la casa que se pudiera vender para completar el costo de la otra mitad.
El hecho es que Porrúa decidió editar Cien años de soledad sin acabar de leerla y después de que la editorial española Seix Barral _en un episodio que nunca quedó aclarado del todo_ la hubiera rechazado por impublicable. La novela terminó de imprimirse el 30 de mayo de 1967 y fue lanzada al público el 5 de junio. Los 8.000 ejemplares no alcanzaron a salir de las estaciones del metro. En el siguiente mes saldría otra edición y otra más hasta completar más de 100 transcurridos 30 años. La historia remota que Gabo dibujó en su memoria en la juventud habría de editarse consecutivamente primero en castellano y luego en italiano y francés, en inglés, en alemán, en griego, en árabe, en ruso, en chino y en cerca de 25 lenguas más. Gabriel García Márquez había saltado a la fama. En Colombia se enterarían varios meses después. En Buenos Aires, Argentina, los críticos habían considerado su obra como 'La gran novela de América', mientras los colombianos, salvo escasas excepciones, no se habían dado cuenta de que era la gran novela de Colombia. Pero la popularidad de Cien años de soledad ya nadie era capaz de detenerla. "Yo vi cuando la fama te bajó del cielo", le dijo Tomás Eloy Martínez alguna vez en Caracas. "Fue aquella noche de Buenos Aires, en el teatro".
"Te equivocas", dijo García Márquez. "Empezó mucho antes. (...) Yo era famoso ya cuando me recibí de bachiller en el colegio de Zipaquirá, o antes todavía, cuando mis abuelos me llevaron de Aracataca a Barranquilla. Fui famoso siempre, desde que nací. Pasa que yo era el único que lo sabía".
A García Márquez la fama le llegó en un teatro de Buenos Aires
Las primeras críticas a Cien años de soledad
El Tiempo
Bogotá, mayo de 1968Ignacio Escobar López(...) Cien años de soledad es obra maestra del Humanismo en los dos sentidos: el natural y el renacentista. Y una gran obra de la literatura colombiana. No la única ni la mejor, como se ha dicho con tropical hipérbole. Las obras humanas, cualesquiera que sean, hay que juzgarlas con el rasero del tiempo. ¡Cuántas de todo orden causaron en su época gran bullicio y brillo, para desaparecer luego como bombas de jabón! ¡Y cuántas han resucitado a la inmortalidad después de siglos, de silencio y olvido! Pero, desgraciadamente, es muy seguro que el merecido buen éxito comercial de esta obra maravillosa se debe, sin duda, no a sus excelencias cuyos admiradores son los menos sino a sus intencionadas y lábiles flaquezas.
El Espectador Bogotá, 3 de septiembre de 1967 Germán Colmenares(...) Lo que en un libro reciente Luis Harss calificaba como un defecto de la novela latinoamericana que, según él, "...sigue desconfiando de la interioridad y descuida la caracterización del personaje" García Márquez viene a afirmarlo de manera rotunda como una ventaja. El escritor no necesita de una gama múltiple de perspectivas sicológicas para dotar de su espesor un mundo construido por la fantasía. Este puede adoptar una forma mítica que como en el caso de Cien años de soledad, habla mucho más profundamente de la inferioridad reclamada por Harss que cualquier interminable monólogo metafísico. Aquí estamos frente a una conciliación entre la experiencia vivida a flor de piel y sus repercusiones más íntimas en la conciencia.(...).
Primera Plana Buenos Aires, julio de 1967(...) Este padre mayor (García Márquez) que se les ha unido (a Cortázar, Onetti, Vargas Llosa, Guimaraes Rosa, Carpentier) definitivamente con Cien años de soledad, viene a aportar, él solo, una bandera nueva para la aventura: la novela que acaba de publicar resume, mejor que ninguna otra, todas las corrientes alternas.(...). Las grandes explosiones épicas de Cien años acabarían por devorar los esplendores del libro si no estuvieran aplacadas por las ondulaciones suaves de la poesía: en tal sentido, no hay quizás en toda la novela un momento más alto que la historia de Remedios, la bella (...) . Pero también ese párrafo es un mirador de las debilidades del libro, de su único talón de Aquiles: la uniformidad de la escritura.
Le Monde París , febrero de 1968 Claude Fell(...) Con Aureliano Buendía, García Márquez ha alcanzado la expresión más perfecta y la más patética de la soledad en que vive el hombre suramericano (...). Si lo irreal se mezcla constantemente en el relato, no es bajo la forma de la epopeya o de lo fantástico, sino bajo la de lo 'maravilloso' con carácter simbólico que acerca mucho el libro a la parábola bíblica o al cuento infantil. La 'simplicidad de espíritu' impregnada de humor, que preside todo el relato, lejos de concluir en la esquematización abusiva de la realidad colombiana, nos da, por el contrario, toda su atrayente (u horrible) complejidad. Cien años de soledad marca el fin de un aislamiento: el aislamiento en el que se habían hundido las letras colombianas desde el éxito de La vorágine en 1924.
Destino Madrid, diciembre de 1967 Pedro Gimferrer(...) Con Cien años de soledad ha quedado constituido un ciclo novelesco, singular además en el ámbito de la narrativa hispánica. García Márquez alcanza aquí en ocasiones verdadera fuerza épica: el tono del relato con resonancias míticas en torno a una genealogía de peregrinaciones, guerras, amores, fundaciones, ensueños y odios está en Cien años de soledad innegablemente conseguido. El contraste entre la brutalidad primitiva de algunos fragmentos y la luminosa fantasmagoría de otros da al relato el aura irreal de una especie de trágico cuento de hadas.
The Times Londres, 9 de noviembre de 1967(...) Cien años de soledad es una pieza cómica y ciertamente una de las más grandes novelas de Latinoamérica hasta hoy. Ni el realismo ni el naturalismo habían provisto un estilo satisfactorio para un continente cuya conquista había sido realizada por ebrios en las novelas de caballería y obsesionados por los cuentos de El Dorado y la Fuente de la Juventud, un continente en el cual la naturaleza había triunfado sobre el arte. García Márquez, distinguido autor de otras dos novelas, de un excelente volumen de historias cortas, Los funerales de la Mama Grande (1962) y de una corta pieza maestra, El coronel no tiene quien le escriba (1961) ha logrado con Cien años de soledad no únicamente un best seller sino un best seller que justifica su éxito.
Siempre México, 1967 Jomi García Ascot(...) Cien años de soledad es la primera cristalización global de lo real-maravilloso intuido y anunciado por Carpentier. Esta es, ante todo, la primera grandeza de la novela de García Márquez, la más alta entre muchas. Con ella su autor devuelve a Hispanoamérica en una obra que pasa a ser parte de dicha realidad, el significado de su ser original, su esencia fundamental, su signo (...). No veo en la literatura de toda América _con excepción posible de Moby Dick_ una obra que se pueda comparar a Cien años de soledad. Esta novela de 500 páginas escrita con el rigor y la precisión de un soneto, trasciende su propia dimensión de gran novela americana para situarse entre las grandes novelas de todos los tiempos y de todas las lenguas. (...)
The New York TimesNew York, marzo 8 de 1970 Robert Kiely(...) No es fácil describir las técnicas y temas de Cien años de soledad sin hacerlo parecer absurdamente complicado, trabajoso y casi imposible de leer. Pero de hecho, no es nada de eso. Aunque está elaborado de rarezas, misterios antiguos, secretos familiares y contradicciones peculiares, todo ello tiene un sentido y otorga placer en docenas de formas inmediatas.
Márquez crea una continuidad, una red de conexiones y relaciones. No importa cuán extravagantes o grotescas puedan parecer algunas particularidades, el efecto general es de gran entusiasmo y buen humor, y aún más, de cordura y compasión.

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