Sábado, 10 de diciembre de 2016

| 1984/03/05 00:00

3.000 AÑOS DE CULTURA

En el Museo Nacional, una exposición de arte antiguo de México, recoge momentos destacados de las culturas que florecieron en su territorio

3.000 AÑOS DE CULTURA

El arte mejicano con que actualmente, y sobre todo desde el punto de vista de su calidad, se colman las salas del Museo Nacional de Bogotá, constituye, sin lugar a dudas, una magnífica manera de abrir el año cultural entre nosotros y seguramente también dós de las exposiciones a recordar por mucho tiempo. El esfuerzo de haber reunido estas piezas; el haberlas seleccionado y traído hasta Colombia, no solamente es cuantioso en toneladas movilizadas, en sumas para seguros y en tecnología para su montaje; también implica una cuidadosa selección de objetos representativos de momentos distinguidos de las numerosas culturas que durante períodos considerables han florecido en territorio mejicano.
Estas son dos exposiciones que felizmente coinciden en Bogotá. Una de ellas, "Tres décadas de pintura mejicana", se refiere a la producción artística reciente del hermano país, en la cual los nombres significativos de pintores y dibujantes alternan para conformar una visión rica, variada y bastante completa de las actividades plásticas contemporáneas, excluyendo la escultura y otras formas de expresión. Pero el valor que pueda encontrarse en este conglomerado de pintores y dibujantes tendrá que ser medido a partir de sus raíces, según las vemos en la otra exposición, la arqueológica, "3000 años de cultura", pertinente al desarrollo del arte mejicano en épocas antiguas.
En verdad es interesante para nosotros la exposición de arte antiguo, sobre todo si, superando la natural curiosidad por lo viejo, tratamos de mirarla con la óptica de nuestro tiempo y por ende de nuestras necesidades. Las piezas de escultura en piedra, de escultura cerámica, de pintura mural y las herramientas mostradas indican su dedicación a propósitos utilitarios, ya que todas en mayor o menor grado debían servir para provocar la bondad de fuerzas superiores a las que estaban universalmente dedicadas. Ante estas representaciones de dióses de la lluvia, o del sol, o del fuego, y de mujeres que encarnan la fertilidad y la productividad, no dejamos de sentir una cierta añoranza por aquellas edades ingenuas en las que el arte no era ni exclusivamente decorativo ni inútil y por ello se situaba en el centro de las actividades significativas de la sociedad.
Seguramente otra de las supuestas ventajas derivadas de aquel arte antiguo estaría orientada hacia la actividad política, ya que la vida en ese período de la historia mejicana estuvo dominada por el desplazamiento de pueblos que de una u otra manera invadían a las culturas más desarrolladas pero más decadentes, que debido a su apego al confort eran incapaces de detener la incrementada influencia de sus naturales enemigos. Tal fue el caso de los aztecas, último en aparecer entre los pueblos invasores (sin contar a los españoles) quienes en un período de algo menos de cien años no sólo entraron y se ofrecieron como mano de obra barata para labores ínfimas, sino que además se quedaron con todo e impusieron un régimen de terror para con las distintas civilizaciones mejicanas a las que dominaron de manera total.
El hecho de que el arte de nuestra época no pueda ser utilizado ni para garantizar el nivel adecuado de agua en las represas, ni para espantar el fantasma de los racionamientos de energía, ni para desviar los desplazamientos amenazadores de contigentes hostiles, quizás constituya uno de los más claros signos de su decadencia, o, por el contrario, quizás indique que estamos mirando hacia donde no toca cuando queremos ver arte. Lo cierto es que aún hoy, y ante el desarrollo que han alcanzado nuestra tecnología y supuesto progreso, los objetos a la vista en el Museo Nacional nos hablan de civilizaciones elegantes, unas más aguerridas y otras más asentadas, que nos asombran con la exquisita concepción y ejecución de sus manifestaciones plásticas.
Ya sea con el material blando del barro que eventualmente entrará al horno para encontrar su definitiva dureza, como con la, desde el principio, dura piedra, como con la pintura mural de ricos y asentados colores, la exposición nos muestra la maestría con que presencias espirituales imaginadas lograron su corporeidad para mejor cumplir las tareas a ellas asignadas, productivas y sociales. Nos hablan también de la presencia constante en los espacios públicos y en gran parte de los espacios privados de un arte que, además de su función utilitaria, llevaba a cabo la labor de adornar con plenas policromías para así mejorar la calidad del ambiente y por lo tanto de la vida.
De manera sistemática, la exposición cubre desde los momentos más remotos de la cultura en Méjico: desde períodos prehistóricos propiamente dichos en los que aún no hay escritura y por lo tanto tampoco la posibilidad de dejar huellas conscientes, para adentrarse en las etapas de gran civilización, como la Maya, la de Teotihuacán, la Tolteca, la Maya Tolteca, la cultura de la costa del Golfo alrededor de la actual Veracruz, hasta desembocar en los aztecas, ya al final de la historia pre-europea del país.
Toda una sección de la presente muestra está conformada por objetos provenientes de las excavaciones en el sitio del gran templo de Tenochtitlán (actual ciudad de Méjico). Dicha edificación fue desmantelada para dar lugar a la catedral cristiana, y sólo en años muy recientes el sitio ha sido excavado sistemáticamente con fines de investigación. Aquel gran templo era el centro de un tremendo conjunto ceremonial que a su vez constituía el centro de la ciudad. Esta última, en el momento de la llegada de Hernán Cortés, superaba en población y posiblemente en amenidades urbanas, a cualquiera de las ciudades europeas que eran sus contemporáneas. En efecto, Tenochtitlán tenia más de cien mil habitantes densamente agrupados en la isla en medio del lago, a su vez salpicado de chinampas (unidad de producción agrícola hecha con una barcaza llena de tierra e intencionalmente varada) estaba unida a tierra firme por dos grandes avenidas y se servía de acueductos. La organización social se había desarrollado hasta el punto de permitir el ascenso de individuos valiosos por sobre cualquier decrépita división de clases hasta ocupar posiciones de distinción debidas al mérito personal.
Además de haberse apropiado del conocimiento científico de las otras culturas con el que predecía adecuadamente ocurrencias astrales y medir de manera exacta el paso del tiempo, los aztecas de Tenochtitlán habían completado la conquista del territorio hasta el punto de tener que celebrar una llamada Guerra de las Flores, conflicto imaginario, especie de arte de la guerra, o guerra de mentiras, como excusa para el ejercicio físico y la obtención de esclavos de entre los pueblos sojuzgados. Fue en ese momento casi idílico cuando aparecieron los españoles.
A diferencia de lo que se da en otros países de la Amérca IndoLatina, en Méjico es aparente que la destrucción sistemática por parte de las hordas europeas, de los vestigios monumentales de las culturas prehispánicas no fue capaz de causar el desvanecimiento total del espíritu anterior, y que, por el contrario, las manifestaciones artísticas actuales indican la conciencia (o la manera casi inconsciente o instintiva) de acuerdo con la cual refieren la permanencia de su ancestro. Claro que no siempre fue así y aun en este caso existieron períodos en los cuales la dominación de ideas traídas de fuera fue casi total.
Pero el Siglo XX, y a partir de la concientización que sobre lo nacional trajo la revolución, ha sido tiempo de reivindicaciones de lo local con efectos claramente visibles en la esfera estética.
En efecto, y según lo indican las "Tres décadas de pintura mejicana", la producción actual se lleva a cabo con formas que señalan la permanencia de una singular manera de representar las ocurrencias del mundo físico. Nombres conocidos para nuestro público como los de Felguérez, Vicente Rojo, José Luis Cuevas o Gironella, se unen a otros menos familiares para darnos la visión del Méjico actual que ha redescubierto su pasado. Ese interés en lo anterior no ocurre a la manera reblandecida de quien se interesa en árboles genealógicos caducos, sino con la vitalidad propia de quien ha querido conocer mejor su origen para utilizarlo a manera de herramienta con qué intervenir efectivamente en la vida presente.

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