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| 2/22/1988 12:00:00 AM

450 AÑOS DE DEMOLICION

Más errores que aciertos en la historia arquitectónica de Bogotá

450 AÑOS DE DEMOLICION 450 AÑOS DE DEMOLICION
Hay ciudades que se construyen continuamente, hay ciudades que se borran a sí mismas y que desaparecen cada día los rastros de su imagen anterior. Bogotá pertenece a estas últimas, es uno de sus mejores ejemplos.
A escasos 22 años de fundada Santa Fe de Bogotá se expidió la primera orden de demolición, la antepasada más antigua que se conoce de lo que después se volvería una costumbre arraigada en la idiosincracia de la ciudad. La Real Audiencia había expedido en 1556 el acuerdo 30 por medio del cual prohibía construir casas pajizas en la calle principal, luego Calle Real y hoy Carrera Séptima. En 1560 ese acuerdo fue ratificado y de paso se dio la orden de demoler las casas que hubiera en esa calle. Con este permiso oficial se produjo el paso de la ciudad de la conquista, en la que convivieron lo indígena y lo español, a la ciudad colonial de tapia y teja, la que alcanzó a desarrollarse y a consolidarse a lo largo de los siglos siguientes. Los terremotos ocasionaron demoliciones involuntarias, entre ellas las de las "Catedrales" que antecedieron a la actual. Fuera de estos accidentes naturales, la ciudad dispuso de esos siglos para construirse. Pero llegó la Independencia y trajo nuevos aires al país.
No cuesta mucho afirmar que fue durante el siglo XIX cuando se creció y prosperó la visión de nuevo rico hacia la ciudad de Bogotá. De la Colonia había quedado un desprecio por lo nativo, representado entonces en los barrios de "indios" apelativo despectivo asignado al pueblo, a la "gente minuta" como diría Maquiavelo. En el siglo XIX se añadió un desprecio por lo "antiguo" representado entonces por lo colonial. Poco a poco llegó la moda del neoclasicismo europeo y se pegó a las viejas paredes centenarias en forma de balcones con vidrieras, de portadas con tímpano, de molduras y ornamentos, no siempre hechos en piedra, pero bastante refinados para el gusto de la época. La ciudad no se demolió, simplemente se maquilló y en los huecos vacíos se rellenó con nuevas construcciones más acordes con las aspiraciones de sus gentes. Durante el "período de oro" de las obras públicas, entre 1900 y 1920, la ciudad fue dotada de nuevos edificios, plazas, parques y avenidas que le dieron, por corto tiempo, el aspecto de una ciudad consolidada y bastante armónica. En la década siguiente se inició la modernización que gradualmente fue dejando atrás esa imagen, demasiado provinciana para muchos, hasta llegar a declarar tácitamente toda la ciudad como materia desechable.
Después de 1950 la transformación de la imagen urbana ha sido vertiginosa. La modernización fue entendida desde un comienzo y durante muchos años como un proceso de demoler y construir, primero con cierta cautela y luego con febril entusiasmo. Para 1960 se encontraba en su apogeo la ideología de la pica demoledora, el que duraría triunfante hasta mediados de la década siguiente cuando algunos arquitectos de Planeación Distrital decidieron redactar el primer decreto de conservación que se salía de los límites del Centro Histórico Gracias a esos primeros esfuerzos se salvaron parcialmente algunos barrios residenciales de la ciudad: La Merced, Teusaquillo, El Nogal y El Retiro. Pero cayó en la batalla la Avenida de Chile, antes ejemplo de buen diseño urbano y ahora un catálogo de edificios de dudosa ortografía. Hoy, a pesar de que existen normas de conservación de algunos sectores y edificios, desaparecen día a día muchos de esos personajes construidos, los edificios y casas que, al igual que las personas, hacen parte del espíritu de la ciudad.
Una lista de las pérdidas sería interminable. Cabe recordar por ejemplo el antiguo convento de San Francisco hoy sustituido por el edificio de la Gobernación, maltratado por el uso y por las adiciones implacablemente inadecuadas. Desapareció el antiguo Teatro Municipal una especie de "Teatro Colón para el ciudadano común", célebre entre otras cosas por las veladas políticas que en él se celebraron, especialmente los "viernes culturales" organizados por Jorge Eliécer Gaitan. El templo y el convento de Santo Domingo fueron demolidos como una de las contribuciones de la Santa Iglesia al proceso. Desapareció el Colegio Pedagógico de la Avenida de Chile, cuyo predio aún no ha sido siquiera construido completamente. De los antiguos bancos pocos sobreviven. El Hotel Granada jamás terminado, cayó también en la batalla acompañado por todos los antiguos hoteles del centro de la ciudad: el Imperial, el Atlántico y el Regina.
Barrios como Santa Bárbara cayeron en aras de la "renovación urbana" entendida todavía como el cambio de una población de bajos ingresos por una de ingresos altos. Cayeron todos los puentes de la ciudad, al igual que desaparecieron sus ríos. Y Cristóbal Colón e Isabel la Católica tristemente esperan buseta en medio de los nuevos puentes de Aranda quedando el brazo de Don Cristóbai extendido sin que nadie se detenga a recogerlo.
La dinámica de una ciudad como Bogotá ha sido y es todavía entendida por los que deciden sobre ella como un simple movimiento de finca raíz. La ciudad se percibe como un mosaico de precios de tierra y de espacio, que debe cambiar constantemente su intensidad para ser realmente productivo. En la óptica de la cultura urbana la perspectiva es distinta. Los valores de la ciudad se acumulan, crecen, se expanden, tomando como base su memoria. Esos valores no son rentables. Sin embargo, muchos países del mundo viven del flujo de visitantes que va a percibirlos durante unos pocos días. Son calificables por su efecto benéfico sobre la conciencia ciudadana, por el sentido de pertenencia que generan, por el cuidado y la atención que motivan. En una ciudad que se destruye, el ciudadano carece de arraigo, sólo entiende lo transitorio y jamás entiende lo permanente. En la celebración de los 450 años de fundación de la ciudad, debe anotarse sin embargo que la conciencia de la recuperacion ya se ha dado y que ha impregnado incluso algunos de los sectores usualmente negados a ella. Sin embargo todavía triunfa la óptica mercantil. Los pequeños logros de los defensores del patrimonio urbano se ven en ocasiones empequeñecidos por el volumen de los destrozos .
Hace unas pocas semanas el príncipe Carlos de Inglaterra en un banquete celebrado en Londres aludió bruscamente a la labor combinada de los inversionistas y arquitectos en la reconstrucción de la City, el sector más antiguo de su ciudad. Dijo en pocas palabras que la tarea profesional había hecho estragos mayores que los bombardeos de la Luftwaffe alemana en la Segunda Guerra Mundial. Afortunadamente Bogotá no ha sido bombardeada, pero sí tiene muchos inversionistas y arquitectos.--

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