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| 10/31/1994 12:00:00 AM

ABAJO EL TELON

A pesar de las dificultades y de las polémicas que suscitó 'Las Bodas de Fígaro', la temporada de ópera de este año demostró el progreso de las artes líricas colombianas.

LUEGO DE TRES TItulos y 24 funciones, la Fundación Camarín del Carmen puede darse por satisfecha del desarrollo de la temporada que acaba de concluir. La empresa, iniciada en 1991 con una controvertida producción de Don Giovanni, de Mozart, consiguió finalmente recuperar su espacio en la vida artística nacional. Hoy por hoy el espectáculo cuenta con el pasaporte de calidad y perfectamente puede hablarse de que ha intentado escalar exigentes niveles de profesionalismo.

Curiosamente, esto sucede de manera simultánea con el renacimiento de un público cada vez más exigente. Hace pocos años el público capitalino era famoso por aplaudir todo, independientemente de la calidad. Hoy la cosa es distinta y los aficionados a la ópera ya se atreven a hacer saber aue algo no les gusta. Bogotá no anduvo con rodeos, en esta temporada dio desde clamorosas ovaciones hasta una que otra desaprobación, sin pasar por alto algunos anodinos aplausos de cortesía.

La producción artística se encomendó fundamentalmente a personal ligado con la Opera de Colonia en Alemania, con un balance de nivel, pero que también en ciertos momentos resultó un poco ajeno a la sensibilidad y preferencias del público colombiano.

La Traviata fue el primero de los tres títulos. Una propuesta de corte intelectual que esquivó la fastuosidad tradicional. Sin embargo el concepto convenció y las funciones terminaron siempre con cerradas ovaciones. En ello jugó papel el sólido elenco de solistas y la expectativa del debut de Ernesto Grisales, un colombiano que empieza a abrirse camino en Europa.

Con El Barbero de Sevilla se repuso la escenografía vista en 1992 cuando se trabajó con el Teatro Teresa Carreño, de Caracas. Fue un espectáculo con veladas referencias a la ópera barroca e indudable brillo visual. La actuación de los colombianos Juan Carlos Mera y Juan José Lopera fue el puntal decisivo para equilibrar el trabajo del estadounidense Will Crutchfield quien no logró trascender con la música de Rossini.

Finalmente Las Bodas de Fígaro, de Wolfgang Amadeus Mozart. Un reto complicado en cualquier teatro del mundo, que contó con el regreso a la ópera colombiana de la mezzosoprano Marta Senn.

La obra salió al otro lado, aunque hubo aspectos que no consiguieron el consenso del público, como una polémica escenografía y uno que otro solista que vivió ratos difíciles en el momento de los aplausos. Adicionalmente no fue del todo feliz la idea de llevar a escena esta 'continuación' del Barbero, cuando el público habría preferido un título más contrastante en argumento y estilo.

Sin embargo, a la hora del balance prima lo positivo, como trabajar con elencos fundamentalmente nacionales, la repatriación de figuras que desarrollan importante carrera en el exterior, la conformación de un coro estable, la colaboración con entidades públicas y el resurgimiento de la afición, que ahora no da tregua en sus exigencias.-
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