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| 10/17/1983 12:00:00 AM

ADIVINA, ADIVINADOR

"Aprendí a matar", la última película de Giuliano Montaldo un juego apasionante de intriga que compromete al espectador

Desde el momento en que Victorio decide comprar la pistola puede comenzar en el espectador el juego de adivinar a quién va a matar. Que Victorio va a matar a alguien es claro porque la película hace mucho énfasis en la escena en que Sauro --el amigo policía-- le advierte que "desde el instante en que compras el arma ya la futura víctima está muerta". Y da la impresión de que la película se dedica a jugar con el espectador. Crea una relación ambigua entre Victorio, Ada --su esposa-- y Sauro que permite sospechar primero que la víctima será el mismo Sauro, después todo se inclina contra Ada hasta que entra en acción Patricia --la hija de Griffo, el jefe de Victorio--, entonces la posibilidad se vuelve contra ella contra su madre y contra Griffo. Pero ya sobre el final, que no voy a contar, todos vuelven a ser posibles víctimas, incluido el propio Victorio.
La pluridad de interpretaciones
Un juego apasionante que, a mi modo de ver, es lo central de la película de Giuliano Montaldo, porque es lo que le traslada al espectador el clima de tensión e inseguridad que está viviendo Victorio. Y digo que a mi modo de ver no por simple retórica, sino porque en la película hay elementos para todos los públicos. Alguien se aferrará a la frase de Victorio, "si Sauro nos hubiera regalado bombones en vez de una pistola...", y al cambio que se palpa en Victorio desde el momento en que logra poseer la pistola, para ver la película como una advertencia sobre el peligro de las armas. De ahí se podría hacer todo un discurso sobre el armamentismo. Otro se puede centrar en el conflicto entre los dos esposos, Ada y Victorio, para concluir que la película es un nuevo análisis de las funestas consecuencias de la incomunicación en el matrimonio.
Otro, menos moral, más existencial, se acordará del cuento de la mamá de Patricia sobre el pintor que supo que era pintor cuando tuvo en sus manos un pincel, al igual que Victorio, que no supo qué era hasta que cogió una pistola, e interpretará la película como la descripción del proceso por el cual el individuo saca a flote lo que realmente es, o lo que realmente quería ser, y del papel que juegan los instrumentos, en este caso la pistola, en ese proceso. Esta visión se fortalece al analizar lo que era Victorio (un contador meticuloso y servil y un aficionado a la precisión de los relojes) y lo que es ahora que tiene pistola. Su tendencia calculadora no solo se continúa sino que se agudiza pero en una dirección por completo nueva. Por eso Ada, en una escena clave, le pregunta "¿con quién me casé?", y Patricia, la seductora, le hace la misma pregunta: "¿quién eres, un tigre o un gatico?".
El fin de la libertad
Todo eso existe en la película. Y eso es lo que la hace explotar en multiplicidad de direcciones e interpretaciones. Y hay más todavía. Eso que al principio llamaba el juego con el espectador y que en términos temáticos se puede enunciar como necesidad de que algo ocurra, no solamente una muerte sino necesidad de que Victorio compre la pistola, vaya al polígono, se haga amigo de Sauro y se encuentre con el eslavo en la pizzería. Pero necesidad también de que Griffo, el jefe, contrate un hombre que desplace a Victorio de su oficio, de que Patricia y su madre se sientan atraidas por Victorio, de que todo comience con un falso intento de atraco, de que Victorio esté en el supermercado en el momento del robo y sea a la hora en que cesa su amparo en el seguro, de que Ada tenga continuas jaquecas y viva tomando drogas . Todo es necesario: un vecino mirón provisto de binóculos y otro que se encierra temprano en su apartamento y no vuelve a abrir la puerta. Hasta el karatista malgeniado era necesario.
Esa necesidad de todo es lo que crea el clima de inseguridad, de agresividad y violencia que explica la decisión de Victorio de comprar una pistola. Es la ruptura del concepto de libertad individual entendido como posibilidad de decidir. Todo se va volviendo pieza de una maquinaria demoledora perfectamente construida, a la cual no le faltaba sino un elemento, Victorio. Hasta ese momento Victorio era una pieza suelta en busca de sitio. Se había escapado refugiándose en el cuarto de los relojes y en el cumplimiento de su deber. Todo es inútil, Victorio tenía que comprar la pistola y, al perderla, tenía que hacerse a otra de la forma menos previsible. Escape inútil como lo es también el de Ada en las jaquecas e inyecciones y como lo será el de la madre de Patricia en lo religioso. Nadie escapa a esa maquinaria.
Pero siguen las preguntas
Y cuando uno piensa que ha atrapado la película desde muchas perspectivas se acuerda de otros aspectos que quedan sueltos, preguntas abiertas como para nunca acabar de comentarla: ¿Por qué Sauro le regala la pistola a Victorio? Por qué Patricia le cuenta al papá que estuvo con Victorio? ¿Por qué también Ada tenía una pistola? Se tiene la impresión de que hay que volver a comenzar el trabajo de análisis, pero de pronto no, quizás desde las líneas anteriores puedan ser resueltos estos y otros interrogantes.
Después de todos estos raciocinios puede quedar la imagen de que se trata de una película complicada, difícil de ver, sofisticada, un Bergman italiano. Lo mejor de "Aprendí a matar"("El juguete" es el título original, mucho más acorde con la obra) es que se ve como una película de suspenso, sin respirar. La telaraña que atrapa a Victorio se va tejiendo puntada a puntada, uno siente que todo lo conduce que se le van taponando las salidas, que tiene que llegar hasta el final. Sin embargo nunca se espera que en la última escena suceda lo que sucede.--
Hernando Martínez Pardo
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