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| 3/3/2003 12:00:00 AM

Adolescencia rabiosa

Se reedita 'Erase una vez el amor pero tuve que matarlo', la elogiada primera novela de Efraim Medina

Confieso que tenía cierta prevención de leer este libro. Su aureola de texto maldito con banda sonora incorporada -música de Sex Pistols y Nirvana anunciaba de manera innecesaria e ingenua el subtítulo-, su tufillo de obra vanguardista trasnochada, su espíritu de gueto, su actitud, ya en desuso, de épater le bourgeois y su marginalidad sospechosamente fácil de vender, lo hacían, desde luego, poco seductor. Para no hablar de los desplantes y los gestos exhibicionistas de su autor que, además -es de no creer-, se le había ocurrido la peregrina idea de aparecer desnudo en la carátula.

Por fortuna, siempre he desconfiado de los prejuicios -porque resultan fatales en materia de arte- y, como cualquier reseñador que se respete, también poseo red de informantes --léase buenos lectores amigos-, que suele ser más efectiva y menos onerosa que la del gobierno de turno. De cualquier manera, y sin entrar en detalles que a nadie interesan, finalmente llegué a las páginas de Erase una vez el amor pero tuve que matarlo después de un año, justo para la fiesta de su primera reimpresión en español. De pronto un poco tarde para un comentarista pero muy dentro del plazo estipulado por Walter Benjamín: "Un buen libro puede esperar hasta 1.000 años".

Y sí, es una novela con mucho de escándalo y provocación, francotiradora, pero detrás de toda su parafernalia (que sigue creciendo, en Italia un diario la publicita como una obra censurada en la que su autor dice verdades a riesgo de su vida, algo así como el Jhonnier Montaño de la literatura) late una historia convincente por su honestidad y su lenguaje despojado, duro, poético.

Es un relato de rabia y de amor. Rep -apócope de reptil-, su protagonista, con frases lapidarias fustiga todo lo que lo rodea. No se le escapa casi nada ni nadie. Diomedes Díaz le parece "una especie de chicharrón peludo envuelto en papel regalo" y García Márquez un mamarracho "que no sólo repite la misma fofa cháchara libro tras libro sino que él mismo parece un papagayo disecado". Sobre Fernando Botero dice: "Si Botero es un artista mi verga es de oro puro". Ataca cualquier cosa que huela a tradición y cultura oficial, incluida su natal Cartagena a la que llama "Ciudad Inmóvil".

Rep, 'Big Rep', se considera a sí mismo un tipo peligroso de una raza indómita: "No digo que soy malo pero te digo: ten cuidado". Mide seis pies, pesa 80 kilos, tiene ojos negros hundidos "como escopeta a punto de disparar", la boca sensual y "una verga de 25 centímetros en los días calurosos". Esto último, bien mirado, más parece un cálido homenaje al detestado García Márquez y su estirpe de los Buendía. Es que Rep, el duro y roquero Rep -y eso habla bien de él- a veces se contradice: en un momento de debilidad y de nostalgia se conmoverá con Julio Iglesias. Aunque, es justo decirlo, de inmediato recuperará su "elegancia".

Rep quiere afirmarse furiosamente en lo que considera su verdadero y único linaje: la música de Nirvana y de Sex Pistols, que roban "un pequeño espacio de vida en el reino de la muerte". También rescata a Pambelé, a sus amigos, a las películas de Lindsay Anderson y, quién lo duda, al inefable Bukowski, su padre literario. Y, desde luego, está el amor absoluto y perdido que Rep siente por "cierta chica", el fantasma que recorre la novela, el sentimiento trágico que lo humaniza.

Rep asusta, pero no es peligroso. Es un corazón malherido aunque todavía capaz de ser tierno. No quiere acabar con el mundo, sólo encontrar un lugar digno en él. Intuye, como muchos jóvenes, que este país mal hecho e injusto sólo escucha y respeta a los que pisan fuerte y hablan duro, a los que meten mucho miedo. No es más que otro adolescente rabioso y desesperado que se niega a transar, a entrar "en el maloliente mundo de los adultos". Una batalla perdida de antemano. Pero tal vez por eso Rep perdurará: porque para los adolescentes será una compañía en ese solitario tránsito y a los adultos les viene bien recordar, de vez en cuando, esa zona de pureza que alguna vez tuvieron.
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