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| 6/16/2012 12:00:00 AM

Aguas turbulentas

Un victimario que ha pagado su condena se encuentra cara a cara con su víctima en este conmovedor drama noruego.

Título original: DeUsynlige 
Año de estreno: 2008 
Dirección: Erik Poppe
Guion: Harald Rosenløw-Eeg
Actores: Pål Sverre Valheim Hagen, Trine Dyrholm y Ellen Dorrit Petersen

Es un buen ejemplo para estos tiempos, para estos días de victimarios y de víctimas. Primero está él, Jan Thomas, que acaba de pagar una condena justa por haber provocado la muerte de un niñito de 4 años: lo seguimos paso por paso mientras, de vuelta en el mundo real, convertido en un hábil organista, hace lo mejor que puede para adaptarse de nuevo a la ciudad en donde cometió el error adolescente que ha estado pagando. Después viene la madre que perdió a su hijo, la profesora Agnes, que ha conseguido seguir con vida contra todos los pronósticos: la acompañamos, entre la compasión y el miedo, a partir del momento en que se da cuenta de que el verdugo que le quitó todo es el hombre que está interpretando Bridge Over Troubled Water en el órgano de la iglesia.

Aguas turbulentas toma su título de la imborrable canción de Simon & Garfunkel porque también busca expresar el doloroso anhelo de estar bien. Se trata de una buena película noruega producida hace cuatro años que, por cuenta de su destreza para recrear lo humano, ha seguido viajando por el mundo como si acabara de ser estrenada. La cuestión, más allá de sus planos impecables y sus buenas actuaciones, es que sus personajes son maravillosos. Anna, la sacerdotisa que se está enamorando de Jan, devuelve la fe en la fe. Jon, el marido fiel que no se va a mover ni un centímetro del lado de Agnes, devuelve la esperanza en las parejas. Menighetforvalter, el hombre que administra la iglesia, revive la sensación de que hay gente capaz de poner en práctica la teoría de la bondad. Pero ninguno de los tres es de mentira.

Si Aguas turbulentas no ha dejado de viajar por los teatros del mundo, cuatro años después de ser estrenada en Noruega, es porque todos sus personajes son personas de carne y hueso atrapadas en el terrible oficio de soportar situaciones extraordinarias, y porque uno, el espectador que entra a cine a ver la vida, descubre hacia la mitad de la proyección que se ha puesto del lado tanto del victimario que ha pagado su condena como de la víctima que reclama sus derechos a sentir un dolor imposible de expresar y a recibir una palabra que la conduzca a terminar el duelo, una llave que le sirva para abrir, por fin, la puerta de salida.

Ninguna ficción está en la obligación de hacer justicia. Ninguna ficción tiene por qué convertir a sus héroes en portavoces de alguna causa. Aguas turbulentas se pregunta -eso hace la ficción: preguntas al aire- si una sociedad está en la capacidad de recibir de vuelta a sus verdugos, si es posible algo semejante a la redención. Pero jamás pierde de vista a sus personajes, los sigue a todos, uno por uno, hasta que ellos mismos puedan encontrar el final de la historia. De pronto se oiga obvio: una película gobernada por sus protagonistas. Pero créanme que no es tan frecuente como suena.
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