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| 2/6/1995 12:00:00 AM

AGUILAS NO CAZAN MOSCAS

Desordenada en ocasiones y monótona en otras, la versión modificada de 'Técnicas de duelo' no resultó tan contundente como se anunciaba.

SERGIO CAbrera terminó Técnicas de duelo, su primer largometraje, en 1988. Pero la constante crisis del cine nacional lo obligó, como a tantos otros directores, a archivar su película por más de tres años. Al igual que muchas otras películas colombianas, su estreno era tal vez más difícil que la misma filmación; no había más remedio que esperar la oportunidad de algún exhibidor. La ocasión llegó en 1991, pero con la suerte que tuvo antes de ella la gran mayoría de las películas colombianas: un mal circuito y una pésima taquilla.
La cifra de asistentes fue tan exigua que pareció como si no se hubiera estrenado. Por eso Cine Colombia, después del superéxito de La estrategia del caracol, le sugirió a Sergio Cabrera reestrenar Técnicas... Y como Cabrera se define como un hombre al que le gustan los retos, aceptó el ofrecimiento, pero con la idea de hacer de su película una diferente de la original. Así nació Aguilas no cazan moscas, una variación de Técnicas de duelo que incorpora los mismos personajes de la antigua película -y también muchas de las escenas- en un guión más elaborado. La película es la historia de un adolescente, Vladimir Oquendo, en la búsqueda de la verdad sobre sí mismo y sobre la identidad de su padre en un pueblo ubicado en cualquler región de Colombia.
Por medio de intermitentes saltos en el tiempo, la narración está cruzada por sucesos trascendentales en la vida del pueblo, básicos para que Vladimir Oquendo (Angelo Lozano) pueda descubrir su identidad. Esos sucesos tienen que ver con un duelo a muerte entre el carnicero (Humberto Dorado, su padre) y el profesor del pueblo (Frank Ramírez).
A diferencia de Técnicas de duelo, Aguilas no cazan moscas ofrece más dudas acerca de las causas de tan enigmático duelo. No está tan claro que los dos contrincantes se enfrenten por una mujer (Florina Lemaitre). Sin embargo la personalidad de los personajes, para muchos lo mejor que tenía la película original, en esta ocasión se ha debilitado en escenas que, lejos de aclarar o sugerir nuevos caminos en la historia, sirven más como distractoras. La anécdota macondiana -un duelo absurdo causado por circunstancias desconocidas-, con todo el humor que puede causar, va pronto perdiendo su capacidad de generar interés en el público gracias a una historia más bien aburrida que no tiene la fuerza suficiente para sustentarla. En última instancia, la solidez del argumento va desdibujándose a medida que transcurre la cinta. Esto sin contar con el toque moralista final que intenta explicar al público el objetivo de la cinta.
Lo anterior no quiere decir que Aguilas... no posea momentos buenos ni sea digna de observarse. Por el contrario, ahora es cuando el público debe volcarse sobre los teatros para compararla con la anterior o con La estrategia... para juzgar por sí mismo este experimento atípico que Cabrera se propuso con un objetivo claro como director: mostrar a los colombianos cuán absurda es la violencia.


LAS MEJORES
Desde el pasado 8 de enero el Museo de Arte Moderno de Bogotá, en el auditorio Los Acevedo, viene presentando un cliclo -que se extenderá hasta el 5 de febrero- con las mejores películas de 1994. Después de El Piano, de Jane Campion, y El marido de la peluquera, de Patrice Lecompte, esta semana se presentarán: Asesinos por naturaleza, de Oliver Stone (enero 11); Cuatro matrimonios y un entierro, de Mike Newell (enero 12); Ciudad Cero, de Karen Shjnazarov (enero 13); La casa de los espíritus de Billie August (enero 14); M> Butterfly, de David Cronemberg (enero 15); y Entre el cielo y la tierra de Oliver Stone (enero 16).
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