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| 7/17/2000 12:00:00 AM

Ahí viene el ‘Cuchilla’

La obra ganadora del premio latinoamericano de literatura infantil y juvenil Norma-Fundalectura 2000.

Evelio Jose Rocero
Cuchilla
Norma 2000
30 Paginas
$ 8.900


Su nombre es Guillermino Lafuente, más conocido como el ‘Cuchilla’. Su cara, una uva pasa. Es el profe de historia del colegio. Es de temer. Su voz, su gesto, su filosa manera de burlarse en el instante menos pensado de ti, de tus orejas, de tus piernas torcidas: “¡Ojo, borregos! ¡Los hago expulsar!”.

Un apodo de ‘Cuchilla’ podía ser definitivo: un remoquete preciso, para toda la vida. Y qué difícil pasar al tablero con él. Responder sus preguntas: nombres empolvados, fechas y fechas, documentos, tratados, gente muriéndose en sus batallas, encuentros y desencuentros, guerras sin fin: nuestro país.

Ellos son ‘Chocochévere’, ‘Salitas’, el ‘Bestia’, la ‘Hiena’, ‘Pataecumbia’, los ‘Gemelos’. Alumnos de primer año de bachillerato —los más jóvenes de ‘Cuchilla’— del colegio Santo Tomás. Todos lo odian en silencio pero no se atreven a más. Sólo Sergio —uno de los Gemelos— será capaz de dejar notas anónimas en su silla: “Cuchilla’, eres el asno más asno del colegio. No hablas, rebuznas”. Y de contarnos este relato, lleno de miedo y esperanza.

Un día, el azar va a hacer posible que las cosas entren en otro terreno. Los ‘Gemelos’ —y en especial Dani, el menor— miran con entusiasmo la llegada de la nueva vecina: delgada, de ojos grandes, soñadores, el pelo negro recogido bajo de la pañoleta, los brazos en jarra. Esta hermosa mujer, señores, ¡es la esposa de ‘Cuchilla’! Dani enamorado de ella —la vio antes, nada que hacer—, ‘Cuchilla’ su vecino: el horror.

Sin embargo, será la oportunidad de ver la otra cara del tirano. Al borrachín empedernido, al esposo tierno y sumiso, el que toca guitarra y no le dan las llaves de la casa, en fin, el pobre diablo que resulta ser cada persona que se ensaña con el poder: “Pobre Cuchilla“ —se me ocurrió decir, con el alma—. Jamás en mi vida imaginé que diría algún día ‘pobre Cuchilla’, compadeciéndolo”.

Esta será la gran ambigüedad, la ley del mundo en claroscuro —el de la verdadera literatura— al que nos invita la emotiva historia de Evelio José Rosero. Una historia en la que las situaciones pueden cambiar y nadie se encuentra fatalmente atado a su destino. Donde la crítica feroz y burlona de unas instituciones anacrónicas —¿por qué, en general, siguen siendo tan anacrónicas las instituciones educativas en Colombia?— no excluye cierta compasión. Y hasta cierta nostalgia, como la que sentirá Sergio, 20 años después, al evocar aquellos días del colegio: “Ese fue el año escolar que perdí, pero fue en realidad el más ganado de toda mi vida, y nunca voy a olvidarte, año perdido y ganado”.
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