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| 1/7/1991 12:00:00 AM

AL MAESTRO CON CARIÑO

Con bombos y platillos comienzan las celebraciones por el bicenténario de la muerte de Mozart.

Cinco de diciembre de 1791: muere en viena a la temprana edad de 35 años Wolfgang Amadeus Mozart. Acompaña sus restos a la morada final apenas un vulgar sepulturero, que nunca pudo recordar en que lugar de una fosa comun arrojó los despojos mortales del más grande genio musical. Ciento noventa y nueve años después, y como tremenda ironía, multitudes incontables vuelven su mirada hacia el compositor de Salzburgo, para tributarle un homenaje que sólo se le rinde a una figura universal de tal magnitud.
No menos paradójico resulta la penosa miseria que acompañó la última etapa de la existencia del músico. Ni siquiera dejó a su viuda con qué pagar unas pocas deudas. Transcurridos casi dos siglos de su muerte, ríos de oro han pasado a quienes han interpretado con grandeza su legado, mientras Austria, su país, y Salzburgo, su ciudad natal, perciben ingresos archimillonarios en nombre de su dilecto hijo.
Tama los contrastes son apenas un reflejo de lo que fue la vida de Amadeus. Querido y admirado en la niñez por sociedades que vieron en el niño un prodigio de características y capacidades sobrenaturales, las cortes de Francia e Inglaterra, Munich o Manheim volcaron su delirio sobre aquel talento extraordinario que improvisaba, trasponía y descifraba en el clavecín, a la vez que escribía con facilidad y madurez sorprendentes. No en vano ha sido el único musico y artista de la historia que ha logrado ver editadas sus obras a los 7 años de edad. Pero así como tuvo de éxitos en la infancia, en la edad adulta, y pasado el éxtasis pero sin decaer el genio, Mozart debió enfrentarse a enemigos encainizados que persiguieron su trabajo, conscientes de tener un rival imposible de vencer.
Irónico también: siendo niño, Amadeus y su hermana Nannerl recibiera por sus presentaciones sumas fabulosa que Leopoldo Mozart, su padre, se er cargó de administrar. Pocos años después casado con Constanza Weber y habiendo cimentado su bien conseguida justa fama, con sus composiciones no logró amasar fortuna ni cosechar e igual proporción por su labor de compositor, los aplausos que, consiguiera como intérprete y soberbio ejecutante. Por épocas el dinero se mostró esquivo, y la angustia del diario sobrevivir con un esposa enferma y despilfarradora peturbó su labor creadora. Debió someterse, como tantos otros grandes de la historia de la música, a que apareciera la chisga o surgiera el imprevisto contrato.
Educado en el catolicismo, a los 28 años se enroló con fervor en la masonería, a la cual pertenecían grupos selectos de intelectuales de la Viena de aquel entonces. No buscaba en verdad ninguna doctrina. Apenas una identificación con ideales de fratemidad. Sin embargo, y por absurdo que hoy se aprecie, nunca abandonó totalmente la religión que le fue inculcada en la infancia y tal dualidad se presenta como ejemplo en dos de sus composiciones: en su ópera "La flauta magica", en la que exalto con vehemencia el ideal masón, y en el "Réquiem", su última obra, lamentablemente inconclusa, donde alabo con pasión su creencia en Dios.
Un repaso por la vida de Mozart a través de sus biógrafos, y sobre todo de su correspondencia tal vez el único retrato auténtico, sin retoques ni maquillaje, de su verdadera personalidad, muestra el sinnúmero de facetas del músico que para los estudiosos de su vida y de su obra sigue siendo un trabajo de investigación. ¿Cómo definir sus bufonerías, sus impertinencias, su lenguaje procaz y sus actitudes desentonadas, frente a una obra impecable, trabajada dentro del mejor gusto como sólo podía producirla la mas refinada de las criaturas?
Todo suena a engañosas apariencias. Juzgan muchos que Mozart se esforzó por no mostrar jamas su verdadera personalidad. Colocó un muro infranqueable entre su trabajo y la vida social, que lo hacía ver como dos seres antagónicos. Bien dijo uno de sus biógrafos, W. Hildesheiner, tras analizar en detalle una voluminosa documentación sobre el músico, que Wolfgang Amadeus Mozart sigue siendo un personaje enigmático e inabordable.
Otra cosa es su música. A través de su genio y conocimiento, construyá una obra profunda, plena de vigor, de equilibrio y unidad, con una escritura en ciertos aspectos de características únicas, donde la frivolidad galante y un fino humor se entrelazan con momentos místicos y melodías cargadas de profundo dramatismo. Como nadie, supo con maestría combinar las más disímiles situaciones sin perder nunca el hilo del discurso musical.
Su producción inmensa abarea 41 sinfonías, 27 conciertos para piano, 16 misas, 23 cuartetos de cuerdas, un conjunto de conciertos para violín y otros instrumentos, y una serie de cantatas y óperas, que suman un total de 626 números en el catalogo de Kogel, sin contar otras partituras aparecidas en los últimos años. Una obra de fecundidad sorprendente con partituras de características únicas, en la que explotó y profundizó con recursos temáticos inagotables todos los géneros. Pero no fue su obra producto del facilismo y la improvisación, sino de una mente genial en permanente evolución.
De su vasto legado, la mayoría se detiene y con razón en su producción teatral. Sus óperas son un compendio de maestría. En "Don, Giovanni", considerada como la perfección del género, maneja con genialidad las más variadas situaciones a que se enfrenta el mito del eterno seductor. La tragedia, la farsa y el amor se conjugan en una perfecta comunión. Estan en los extremos otras dos obras maestras: "Cosi fan tutte", con una orquestación transparente donde cada escena es un suceso musical, o "La flauta mágica", indefinible como género drama, cuento, singspiel, ópera o farsa popular con una riqueza de lenguaje, combinación excelsa en el manejo de situaciones bufas, fantasticas y dramaticas, que hacen de esta una composición única plena de mensajes simbólicos, ciñéndose, como no lo hizo en sus otras composiciones, a la forma tradicional del género operatico aleman.
No menos magistral es su producción pianística en la que destacan en primerisimo lugar sus conciertos. El sentido de la transparencia, del legato, del color, del ritmo, con un balance ideal entre la masa orquestal y el solista, hacen de estas piezas obras capitales en la evolución del concierto. Intentaron los románticos opacar el legado pianístico de Mozart, cuando el virtuosismo y exaltada sonoridad de un instrumento ya perfeccionado dominó el panorama musical del siglo XIX. Pero en la balanza de la historia de la música, la producción mozartiana para el teclado es de terminante en el desarrollo de la escritura y de los recursos técnicos que vería el piano en su época de oro.
Trabajó Mozart con febril entusiasmo, como si percibiera un final prema turo. Y dejó a la posteridad, como testamento, una obra de riqueza infinita. Hoy, cuando se inicia un programa gigante a lo largo y ancho del mundo para conmemorar los 200 años de su muerte, la figura de Wolfgang Amadeus Mozart sobresale en el panorama con una obra que sólo podía producir un genio único e irrepetible. Baste recordar la frase de Gioacchino Rossini cuando alguien le preguntó a quién consideraba el más grande de los músicos. No dudó en pronunciar: "Beethoven".
¿Y Mozart? Su respuesta fue contundente: "El es el unico".
María Teresa del Castillo
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