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| 6/15/2014 4:00:00 AM

Al otro lado del Castillo

La obra ganadora del Premio Alfaguara de novela recrea uno de los secuestros más sonados en la historia de Colombia.

El mundo de afuera
Jorge Franco
Alfaguara, 2014
302 páginas

Hubo una época en que los secuestros escandalizaban y conmovían a toda Colombia. Y se podían contar con los dedos de una mano: Oliverio Lara, Harold Eder y Diego Echavarría. Este último inspira la última novela de Jorge Franco, El mundo de afuera. El empresario y filántropo antioqueño fue secuestrado el 8 de agosto de 1971 por un delincuente común conocido como el Mono Trejos. Mes y medio después fue encontrado su cadáver “en una finca cercana a un barrio que llevaba el nombre de Alejandro Echavarría, su padre”. El secuestro ocurrió a la entrada de su residencia en el Poblado, un castillo de estilo gótico medieval, a la manera de los castillos de Loira, en Francia, construido por el arquitecto Nel Rodríguez en 1930.

Más que el secuestro, a Jorge Franco parece atraerle la época en que sucedieron los hechos: una Medellín de 700.000 habitantes, todavía pacífica, aunque no idílica: “Abajo, al fondo, el valle se parte en dos por un río que suelta los olores y sobre el que revolotean los gallinazos atentos a lo que salga de las alcantarillas”. Es la Medellín de su infancia, la del niño vecino del Castillo que alimenta sus fantasías con sus torres y sus recovecos y con la princesita que se pasea por sus jardines y sus bosques. “Parte de la narración es el mundo fantástico de la niña que vive en el castillo, la hija de don Diego, Isolda; cómo vive su mundo y cómo imagina el que está afuera. El contraste es que hay un mundo afuera de ese castillo que tiene una realidad muy diferente a la que ella percibe en ese ambiente familiar”, ha dicho Jorge Franco.

El personaje de Isolda le permite a Jorge Franco tomar distancia con el realismo y las lagunas en el episodio del secuestro, le dan licencia para separarse de los hechos e inventar libremente. El Mono Trejos se convierte en el Mono Riascos y tenemos, entonces, una historia basada en la realidad pero ficticia. Bueno, pero eso es la literatura, de eso se trata, “la verdad de las mentiras”, como dijo Mario Vargas Llosa. A los historiadores les corresponderá establecer qué porcentaje es real y a nosotros, qué tratan de decirnos estos personajes, por cierto, bastante creíbles y convincentes.

De entrada, es un mérito mantener la intriga cuando ya conocemos el desenlace de la historia y esta novela lo consigue mediante flashbacks hacia el pasado de los personajes o a ciertos momentos de sus vidas que nos permiten conocerlos mejor. ¿Quiénes son ellos? ¿Qué misterioso azar los une? La intriga se desplaza y por eso al final no nos interesa saber cómo se resolvió el secuestro, cómo se dispararon las balas, sino de qué manera distinta e irreconciliable Don Diego y el Mono Riascos amaban a Isolda. El mundo de afuera habla de las obsesiones que se cruzan y nos arrastran a la derrota.

El Mono Riascos no puede ser más patético: quería secuestrar a Isolda pero le tocó conformarse con su padre; dirige una improvisada banda que se burla de él porque sospecha de su autoproclamada hombría, su afición a recitar los poemas de Julio Flórez y su eficacia como jefe: los tiene aguantando hambre. Don Diego, un melómano profundamente conservador, tiene que terminar aceptando de mala gana un concubinato con una alemana bastante liberal en sus costumbres y fracasa en el proyecto de su vida: crear un enclave cultural europeo que proteja a su familia del mundo bárbaro de afuera. Irónicamente, termina a merced del más chapucero de los bandidos, pero la dignidad y la entereza con la cual afronta su cautiverio lo reivindican. A Twiggy – ¡qué personaje!- la ladrona que funge como novia del Mono Riascos y que poco a poco irá descubriendo su sórdido secreto, el destino también le tiene reservada una broma. El vidente belga –sí: hay un vidente- tampoco acierta del todo y la incompetente policía se va aproximando a los secuestradores sin quererlo o quizá por causa de otra broma del destino.

Los personajes, la forma irreverente e intensa en que se vuelve a contar una historia ya contada que nos habla de un país que ya no existe –hasta los delincuentes eran más ingenuos- justifican esta novela.
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