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| 10/19/1992 12:00:00 AM

AL PAREDON

Después de una década de furor, el grafitti pierde fuerza como expresión contestaria. Los "veteranos del aerosol", sin embargo, están empeñados en resucitar el fenómeno.

UN GRAFITTI ESCRITO RECIentemente en un paredón semiderruido del sector de Chapinero, en Bogotá, alertaba: "Los grafiteros andan en racionamiento". Aunque podía leerse de muchas maneras, los viejos del oficio captaron el mensaje de inmediato. No se trataba de jugar con la idea de que los apagones estuvieran favoreciendo la escritura de estas perlas de la literatura clandestina. No, sencillamente se le pretendía hacer eco a la afirmación de que el grafitti anda de capa caída.
Para los estudiosos del tema, sin embargo, ésta es una acusación poco menos que injusta. "Lejos de desaparecer, asegura el semiólogo Armando Silva, el grafitti ha sufrido una transformación profunda. Se ha desmaterializado del muro y ha buscado nuevos canales.
Ahora se lo ve en la música y en la televisión. Lo que sucede és que la gente identifica grafitti con pared, y esto es una visión limitada. De hecho, ritmos tan populares en su momento como el breakdance o el rap se inspiraron en estas muestras de la literatura urbana, y han logrado el objetivo de transgredir los códigos oficiales".
Pero renovado o no, lo cierto es que el común de la gente extraña el grafitti de los buenos tiempos. El que apareció después del panfleto político, y antes de la cursilería sentimental de la actualidad. El que sorprendía cada mañana con un apunte que seguía dando vueltas en la cabeza todo el día. El que tenía un poco de filosofía, un poco de humor y un poco de ironía. El que convertía en sana irreverencia los problemas del país.
El que jugaba con las palabras hasta encontrar fórmulas geniales que ponían a pensar a la gente.
Muchos paredones, entonces, se convirtieron en verdaderos periódicos murales, con mayor "circulación" que cualquiera de los medios informativos de tradición. Era la época de la competencia. Cada grupo, o cada grafitero independiente, tenía la meta de escribir el mejor de la semana. O de ofrecer la mejor respuesta a un grafitti anterior que mereciera ser continuado. Serían innumerables los grafitti que hicieron carrera: "Mi mamá me mimaba, pero la desaparecieron", "Mi abuelita le dijo no a las drogas y se murió"' "Garfield es un gato marica. Atentamente, el gato Félix", "No te las busques, no tales bosques", "¿Y a usted no lo pone el sistema nervioso?", "El Niño Dios son los papás", "La vida es una barca: Calderón de la Mierda", "Mi mamá es una perra. Atentamente, Pluto", "Esta maldita obsesión de suicidio me está matando", "La vida es grafiticante", "Ya no soporto más este arribismo. Atentamente, Alejo el Grande".
Los había de todo tipo: desde los que sirvieron de trampolín para las más osadas ideas feministas, hasta los que hacían mofa del Presidente de la República sin el menor pudor.
Se llegaron a crear clubes de grafiteros, que secretamente -como cualquier logía de la masonería- recorrían las calles durante las noches para estampar con aerosol la mejor propuesta de la Jornada. Trabajaban como en el cuento de Cortázar: "...tomando las precauciones de siempre: la calle en su momento más solitario, ningún carro celular en las esquinas próximas, acercarse con indiferencia... ". Para muchos, este oficio al que llegó a llamarse "literatura de alcantarilla" se convirtió en una obsesión de cada día.
Una obsesión que se manifestaba de manera diferente en cada ciudad, y aún en cada barrio.
Pero después de unos cuantos años dorados, el grafitti entró en franca decadencia. Los más metidos en el asunto decidieron explorar nuevas formas, y el grafitti pasó del muro a la canción. Según Armando Silva, "mientras en el norte de América Latina el grafitti estaba en su mejor momento, en el Cono Sur el oficio de los contestatarios se recreaba en el llamado "rock en español,. Las dos manifestaciones empezaron a acercarse, hasta el punto en que se creó, precisamente en Colombia, el fenómeno del rock -arte. Los más apegados al muro siguieron escribiendo frases en los lugares públicos, pero cada vez con menos palabras y con un diseño y un tipo de letra en el que se evidenciaba el fondo musical estridente.
La decadencia del grafitti llevó a muchos especialistas a analizar a fondo el fenómeno. Esta semana, precisamente, se llevará a cabo en Manizales, en el teatro de la Universidad Católica, un seminario taller sobre el tema, organizado por dos grafiteras que quieren promover la resurrección de esta expresión urbana.
No obstante, frente a los especiallstas que se adhieren a la idea de la renovación, otros piensan que la caída del grafitti tradicional se debe, en gran parte, a que el tradicional enfrentamiento entre capitalistas y marxistas ha cesado, y esta era la mayor fuente de mensajes. Para ellos, con el grafitti se verifica un efecto multiplicador. De manera que si los grafiteros de oficio entran en receso, los ocasionales no se sienten estimulados para imitarlos.
En todo caso, mientras los veteranos del aerosol resuelven si se acogen a otros medios, o si vuelven al muro, los lectores que se acostumbraron a ver la realidad convertida en grafitti deberán seguir soportando la mediocridad y la falta de imaginación de los enamorados que se toman el trabajo de esquivar las leyes y de untarse los dedos de pintura para llenar los muros con un simple "Te quiero, gorda". Sólo unos pocos sobrevivientes de las buenas épocas del grafitti siguen esperando las noches más oscuras para escribir mensajes como el que ha aparecido en varias calles de Bogotá en las últimas semanas: "Apagonía".
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