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| 6/4/1984 12:00:00 AM

AL UNISONO

El lai y la sequentia, expresiones musicales que recogen lo sacro y lo profano.

Uno de los más apasionantes y desconocidos aspectos de la vida musical durante la alta edad media lo constituye el intercambio de reflejos de dos grupos de músicos aparentemente opuestos: los austeros clérigos recogidos en el sombrío abrigo de las iglesias de piedra y los estridentes goliardos que inundaron de alegría los caminos en zig-zag dibujados entre la Selva Negra y la soleada Cataluña. Aún prevalece el concepto en extremo simplista que interpone entre ambas manifestaciones musicales de la Europa medieval una tajante distinción: de un lado, el mundo secular y demoníaco de los goliardos vagabundos que cantaban al erotismo o a las intrigas políticas en los salones de la nobleza feudal, y del otro, el universo transparente y hermético de los monjes entregados con profundo fervor a la música ritual de los oficios litúrgicos. Sin embargo, clérigos y goliardos comparten diversidad de principios, aparte de su pasión común por la música y la poesía: desde vastos repertorios de melodías y técnicas interpretativas hasta instrumentos y formas vocales.
Ambos mundos se entrecruzan como resultado del creciente ingreso de novicios de origen noble a los monasterios y de la temporada invernal que los trovadores occitanos solían pasar en los claustros de Aquitania. De la feliz confluencia de estas dos vertientes artísticas surgió al alba del siglo XIII un auténtico florecimiento de la monofonía y la polifonía. Se tiene noticia de ciertas parroquias medievales cuyos obispos celebraban sus festividades religiosas en compañía de sus propios goliardos de planta. Algunas canciones pertenecientes a la escuela de Notre Dame revelan huellas de esta inusual simbiosis musical entre lo sagrado y lo profano, el templo y la corte. La sensibilidad del hombre feudal resolvió hacia el año 1200, en términos musicales, el categórico maniqueísmo que la historia ha cultivado entre Dios y el diablo. Una especie de Abraxas medieval nacido de la música. Y el resultado se consolidó en una de las formas poético-musicales más significativas de la alta edad media: la sequentia y su fina derivación, el lai. Expresiones que capturaron la rica imaginación de poetas y músicos tanto seculares como eclesiásticos. Una nueva manera de cantar a una o varias voces los delirios de la época, al son del arpa y del laúd Mientras la sequentia se componía básicamente de pares simétricos de medias estrofas y se cantaba en provenzal al mismo nivel melódico, el lai combinaba líricamente los grupos de estrofas con mayor libertad y complejidad. De esta última forma musical medieval, uno de los más claros y bellos ejemplos es la canción que escribiera un compositor bretón sobre el tema bíblico del pueblo israelita lamentando la muerte de Sansón. Se conoce también otro lai bretón que narra un episodio de la leyenda de Tristán e Isolda y una sequentia sobre los doce trabajos de Hércules que hizo parte del repertorio de éxitos en la corte de Eleonor de Aquitania.
La vida cotidiana del medioevo estuvo saturada de múltiples representaciones religiosas: el más allá se entremezcló en cada esquina con el más acá. Y hasta la Virgen María se la representó con rasgos de la amante del rey de turno, como es el caso de la Madonna de Amberes atribuída a Jean Fouquet. Pero la fusión entre las esferas religiosa y temporal alcanzó su mayoría de edad en la utilización de las melodías profanas en los cantos litúrgicos, y viceversa: el gran Guillaume Dufay compuso sus resonantes misales inspirado en temas de canciones mundanas. Desde entonces, los adustos clérigos van de la mano de los alegres goliardos. Si tal alianza hubiera trascendido las fronteras de la música para invadir otros terrenos vitales, seguramente que el planeta hubiera progresado más aprisa desde el año 1200.
Discografía recomendada:
"Lai bretón y sequentia latina". Grupo de Música Medieval "Sequentia".
Disco digital Harmonia Mundi 067099921. Colonia (Alemania), 1984.
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