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| 4/25/2004 12:00:00 AM

Alejandra Pizarnik en la intimidad

Se publican los diarios de la poeta argentina Alejandra Pizarnik, escritos entre 1954 y 1972, año en que se suicidó.

Diarios
Alejandra Pizarnik
Lumen, 2003
504 páginas



Recién muerta Alejandra Pizarnik, en 1972, su madre, Rosa Bromiker, le pidió a Olga Orozco y a Ana Becciu, amigas de su hija, que se encargaran de los papeles que Alejandra había dejado en su apartamento de la calle Montevideo. Después de trabajar varios meses, ayudadas por la poeta Elvira Orphée, armaron con parte del material inédito -carpetas y cuadernos perfectamente ordenados que contenían, entre otros textos, sus diarios de 1954 a 1972- un libro para que fuera publicado por la editorial Suramericana. La edición se fue postergando y vino el golpe militar de 1976. Los manuscritos completos, que entre tanto habían pasado del estudio de un abogado a la casa de Olga Orozco, con muchas dificultades por la censura de aquellos tiempos infames, le fueron enviados a Julio Cortázar, que vivía en París. Pero Cortázar murió y los manuscritos terminaron depositados en la Universidad de Princenton. Al final -y para no alargar más esta historia-, la editorial Lumen, que había recibido una oferta desde 1977, decidió editar estos valiosos manuscritos de los cuales ya han salido, al cuidado de Ana Becciu, la prosa y la poesía completa de Alejandra Pizarnik y ahora, felizmente, sus diarios.

Según dice Nora Catelli, citando a Roland Barthes, hay cuatro motivos por los cuales los escritores llevan diarios: la invención de un estilo, la construcción de una imagen, el laboratorio de la lengua -el diario concebido como taller de frases- y el afán de testimoniar una época. Los diarios de Alejandra Pizarnik se adecuan al pie de la letra a los tres primeros motivos y excluyen el tercero.

Alejandra Pizarnik, hija de inmigrantes judíos que hablaban yídish, tuvo que aprender su nuevo idioma, el español, con el limitado modelo que le ofrecía una escuela pública de Buenos Aires. Así, sus diarios fueron una manera de ejercitarse en el dominio formal de la lengua que necesitaba para desarrollar su proyecto de escritura. Sin embargo el aprendizaje no fue fácil: sufría porque esa búsqueda la separaba del amor, de la familia y de la vida cotidiana. "En cuanto a escribir, sé que escribo bien y eso es todo. Pero no me sirva para que me quieran".

Al igual que los diarios de Franz Kafka o los de Paul Klee, los de Pizarnik son de reflexión artística. Para ella, la idea de escribir un diario como relato de vida está completamente ausente. No habla de sus viajes -que son muchos-; no describe lugares ni paisajes; no ofrece impresiones cotidianas. Son ensimismados y autorreferentes; se niegan a descubrir el mundo exterior.

Hay muchas reflexiones sobre sus lecturas: "He leído dos cuentos de Apollinaire, llenos de gracia y encanto y de esa dulce fantasía traviesa que jamás he encontrado en ningún escritor". Sobre el sexo: "Mi sexo gime. Lo mando al diablo. Insiste. ¡Qué molesto es! Sexo. Todo cae ante él. Fumo para ver si se calma". Sobre la condición femenina: "Una mujer tiene que ser hermosa, aunque escriba como Tolstoi". Y, también, hay análisis de situaciones emocionales: "Me separé de todos los que me marginaron. Como se trata de todos, no puedo designar culpables".

En su caso, la obsesión de ser escritora se encuentra indisolublemente ligada a su deseo de matarse porque estaba atrapada en una paradoja perversa: para ella la única manera de vivir era en la palabra, pero la palabra no podía decir el mundo. Entonces, sólo le quedaba el silencio, es decir, la muerte.

Los diarios son un género que ha florecido en los países protestantes porque están asociados con la reforma y su teoría del libre examen que favorece la técnica de la introspección. Por eso, los de Pizarnik, al igual que los de Julio Ramón Ribeyro o Rosa Chacel, concebidos como parte sustancial de sus obras literarias, constituyen casos únicos que no deben pasar inadvertidos en las letras hispanoamericanas.
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