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| 3/30/2017 1:36:00 PM

'Alex' por Pierre Lemaitre

Semana.com publica el primer capítulo de la nueva novela del escritor francés quien estuvo en la Feria Internacional del Libro de Bogotá de este año

A Alex le encanta. Desde hace casi una hora que se las prueba, duda, se las quita, se lo piensa, vuelve a ponérselas. Pelucas y postizos. Podría pasarse tardes enteras haciéndolo.

Tres o cuatro años atrás había descubierto, por casualidad, esa tienda en el boulevard de Strasbourg. Apenas miró, entró por curiosidad. Sintió tal conmoción al verse pelirroja, como si toda ella se hubiera transformado, que compró de inmediato aquella peluca.

A Alex cualquier cosa le sienta bien porque es extraordinariamente guapa. No siempre fue así, ocurrió en la adolescencia. Antes, había sido una niña bastante feúcha y muy delgada. En cuanto empezó el cambio, sin embargo, fue como un mar de fondo, y el cuerpo mudó casi de golpe, como en una metamorfosis acelerada, en pocos meses. Alex era despampanante pero, dado que nadie había prestado atención a ese súbito atractivo, y mucho menos ella misma, jamás llegó a creérselo del todo. Ni siquiera ahora.

Nunca le había pasado por la cabeza que una peluca pelirroja, por ejemplo, pudiera sentarle tan bien. Fue un descubrimiento. No había llegado a imaginarse el alcance de la transformación, su trascendencia. Una peluca puede ser algo superficial, pero inexplicablemente tuvo la sensación de que sucedía algo nuevo en su vida.

De hecho, nunca se puso esa peluca. Una vez en casa, se dio cuenta de inmediato de que era de pésima calidad. A primera vista, se notaba que era falsa, fea y se la veía pobre. La desechó. No la tiró a la basura, pero la metió en un cajón de la cómoda. Y de vez en cuando la cogía y se la probaba para ver cómo le quedaba. Aunque fuera una peluca espantosa, de esas que claman a gritos: «Soy sintética y de gama baja», eso no impedía que aquello que Alex veía reflejado en el espejo le ofreciera un potencial en el que deseaba creer. Volvió al boulevard de Strasbourg y se tomó su tiempo contemplando las pelucas de buena calidad, a veces algo caras para su salario de enfermera interina, pero que, esas sí, podían lucirse. Y se lanzó.

Al principio no es fácil, hay que ser osado. A alguien como Alex, de naturaleza acomplejada, puede llevarle al menos medio día reunir el valor para hacerlo. Maquillarse con esmero, conjuntar la ropa, los zapatos y el bolso; en fin, elegir lo más apropiado entre lo que ya se tiene, puesto que una no puede renovarse el guardarropa entero cada vez que cambia de peluca... Y acto seguido, al salir a la calle, ya se es otra persona. No del todo, pero casi. Y si eso no cambia la vida, ayuda a matar el tiempo, sobre todo cuando ya no se espera que suceda gran cosa.

A Alex le gustan unas pelucas muy características, de esas que envían mensajes claros del tipo: «Sé lo que estás pensando» o «También soy buena en matemáticas». La que luce hoy dice algo así como: «A mí no me encontrarás en Facebook».

Elige un modelo llamado «Shock urbano», y en ese momento ve al hombre a través del cristal del escaparate. Está en la acera de enfrente y parece esperar algo o a alguien. Es la tercera vez en dos horas. La está siguiendo. Ahora está segura de ello. «¿Por qué a mí?», es la primera pregunta que se hace. Como si a todas las chicas excepto a ella pudiera seguirlas un hombre. Como si ya no sintiese permanentemente sus miradas por doquier, en los transportes públicos o por la calle. En las tiendas. Alex gusta a los hombres de todas las edades, es la ventaja de tener treinta años. Y a pesar de ello, siempre se sorprende. «¡Hay tantas mujeres más guapas que yo!» Alex, siempre con sus crisis de confianza en sí misma, siempre presa de las dudas. Desde la infancia. Tartamudeó hasta la adolescencia. Y ahora, cuando pierde los papeles, sigue ocurriéndole.

No conoce a ese hombre. Un físico así le habría llamado la atención. No, no lo ha visto jamás. Y, además, un tipo de cincuenta años siguiendo a una chica de treinta... No es que sea muy estricta en cuestión de principios, pero le sorprende, eso es todo.

Alex dirige la mirada a otros modelos, aparenta titubear, y luego cruza la tienda y se sitúa en un ángulo desde donde puede observar la acera. Por sus ropas ajustadas se diría que el hombre, un tipo fornido, debe de haber sido deportista. Mientras acaricia una peluca rubia, casi blanca, trata de recordar en qué momento ha percibido su presencia por primera vez. En el metro. Lo ha visto al fondo del vagón. Sus miradas se han cruzado, y ella ha tenido tiempo de ver la sonrisa que él le dirigía, pretendidamente atractiva y cordial. Lo que no le gusta de su rostro es que parece tener una idea fija en la mirada y, sobre todo, que carece casi por completo de labios. Instintivamente ha desconfiado de él, como si todas las personas con los labios finos ocultaran alguna cosa, secretos inconfesables, maldades. Y su frente abombada. No ha tenido tiempo de observar sus ojos, es una lástima. Según ella es un detalle que no lleva a engaño, y así juzga siempre a las personas, por su mirada. Allí, en el metro, no ha querido perder tiempo con semejante tipo. Discretamente se ha vuelto hacia el otro lado, dándole la espalda, y ha rebuscado el reproductor MP3 en el bolso. Ha hecho sonar Nobody’s Child y de repente se ha preguntado si no lo había visto ya la víspera o el día anterior, cerca de su casa. La imagen es confusa, no está segura. Tendría que volverse y mirarlo de nuevo para tratar de rememorar ese recuerdo borroso, pero no quiere arriesgarse a envalentonarlo. Lo que es seguro es que tras el encuentro en el metro lo ha vuelto a ver en el boulevard de Strasbourg, media hora después, cuando ella regresaba sobre sus pasos. Había cambiado de opinión y quería volver a ver la peluca morena de media melena, con mechas. Ha dado media vuelta y lo ha visto detenerse bruscamente en la acera, algo más lejos, y disimular mirando con fingido interés un escaparate de ropa de mujer.

Alex deja la peluca. No hay razón para alarmarse, pero le tiemblan las manos. Menuda bobada. Le gusta, la sigue y espera una oportunidad, y no por ello va a atacarla en plena calle. Alex menea la cabeza como si quisiera ordenar sus ideas, y cuando vuelve a mirar hacia la acera, el hombre ha desaparecido. Se inclina a derecha e izquierda, pero no, no hay nadie, ya no está allí. Siente un alivio exagerado. «Menuda bobada», se repite y ya no respira con tanta agitación. No puede evitar detenerse en el umbral de la tienda y verificarlo de nuevo. Ahora es su ausencia lo que la inquieta.

Alex consulta su reloj y luego mira al cielo. La temperatura es agradable y aún queda casi una hora de luz. No quiere volver a casa. Tendría que detenerse en el supermercado. Trata de recordar lo que queda en el frigorífico. Es muy negligente en sus compras. Su atención se centra en su trabajo, en su comodidad (Alex es un poco maníaca) y, aunque trate de negárselo, en la ropa y los zapatos. Y en los bolsos. Y en las pelucas. Le hubiera gustado que eso le pasara con el amor, pero el amor es un tema aparte, el compartimento maltrecho de su existencia. Lo esperó y lo deseó, y luego renunció. Ahora ya no quiere seguir dándole vueltas a esa cuestión y piensa en ello lo menos posible. Simplemente trata de no convertir ese desengaño en cenas ante la tele, de no engordar, de no volverse demasiado fea. A pesar de ello, y aunque sea soltera, pocas veces se siente sola. Tiene proyectos que la apasionan y ocupan su tiempo.

Ha fracasado en el amor, sí, pero se le hace menos difícil desde que decidió resignarse a acabar sus días sola. A pesar de esa soledad, Alex trata de vivir con normalidad, de concederse algunos placeres. Esa idea le resulta a menudo de ayuda, la idea de ofrecerse pequeños caprichos, de tener derecho a disfrutarlos, como los demás. Por ejemplo, ha decidido que esa noche volverá a cenar en el Mont-Tonnerre, en la rue Vaugirard.

Llega con cierta antelación. Es la segunda vez que entra. La primera fue la semana pasada, y a buen seguro la gente recuerda a una pelirroja muy guapa que cena sola. Esa noche la saludan a su llegada como a una habitual, los camareros se dan codazos, flirtean torpemente con la bella clienta, esta les sonríe y la encuentran muy atractiva. Pide la misma mesa, de espaldas a la terraza y frente al salón, y la misma botella pequeña de vino de Alsacia bien frío. Suspira, a Alex le gusta comer, pero ha de recordarse a sí misma que debe andarse con cuidado. Su peso es como un yoyó, aunque lo controla bastante bien. Puede engordar diez o quince kilos y ofrecer un aspecto irreconocible, para dos meses más tarde haber recuperado su peso original. Dentro de unos años ya no podrá jugar con eso.

Saca su libro y pide otro tenedor para mantener las páginas abiertas mientras cena. Al igual que la semana anterior, frente a ella, a su derecha, se halla el mismo individuo de cabello castaño claro. Cena con unos amigos. Son solo dos pero, a tenor de lo que dicen, los demás no tardarán en llegar. La ha visto de inmediato, en cuanto ha entrado, y Alex finge no darse cuenta de que la mira con insistencia. Así será durante toda la velada. Incluso una vez llegados el resto de sus amigos, incluso cuando se hayan enfrascado en sus eternas conversaciones sobre trabajo, mujeres y esposas, mientras se explican por turnos esas historias de las que son los héroes, no cesará de mirarla. A Alex le gusta esa situación, pero no quiere darle alas. No está mal, le calcula unos cuarenta o cuarenta y cinco años y debió de ser guapo, debe de beber demasiado y eso le da a su rostro un aire trágico. Y ese rostro le procura emociones a Alex.

Ella toma un café. Una única concesión, sabiamente dosificada: una mirada a ese hombre cuando se marcha. Una simple mirada. Alex sabe hacerlo a la perfección. Es una sensación furtiva, pero siente realmente una emoción dolorosa al verlo dirigirle esa mirada de deseo que le remueve las entrañas, como si fuera un augurio de penas venideras. Cuando se trata de su vida, Alex nunca se dice las cosas con todas las letras, como esa noche. Sabe que su cerebro se fija en imágenes congeladas, como si la película de su existencia se hubiera roto y para ella fuera imposible seguir el hilo, volver a explicarse la historia, dar con las palabras apropiadas. La próxima vez, si se queda hasta más tarde, tal vez él la esperará fuera. Quizá. Sí. Alex sabe bien cómo funcionan esas cosas. Siempre de una manera muy parecida. Sus encuentros con hombres nunca dan pie a bellas historias. Eso, al menos, es una parte de la película que ya ha visto y que recuerda. Así de simple. 

Ha anochecido ya y el tiempo es bueno. Acaba de llegar un autobús. Acelera el paso, el conductor la ve por el retrovisor y la espera, ella se apresura, pero en el momento de ir a subir cambia de parecer, le apetece caminar, cogerá otro por el camino, y le hace un ademán al conductor que le responde con un gesto de decepción, lamentándose de su suerte. A pesar de ello le abre la puerta:

 —Detrás ya no viene ningún autobús, este es el último de la noche...

Alex sonríe y le da las gracias con un gesto. Da igual, regresará a pie. Tomará la rue Falguière y después la rue Labrouste.

Hace tres meses que vive en ese barrio, cerca de la Porte de Vanves. Se muda a menudo. Antes vivía en la Porte de Clignancourt, y antes de allí en la rue du Commerce. Aunque hay gente que lo detesta, para ella mudarse es una necesidad. Lo adora. Tal vez, como con las pelucas, le da la impresión de cambiar de vida. Es un leitmotiv. Un día cambiará de vida. Unos metros más allá, frente a ella, una camioneta blanca sube dos ruedas sobre la acera para estacionarse. Para poder pasar, Alex se arrima al edificio y siente una presencia, un hombre, y sin tiempo de darse la vuelta recibe un puñetazo entre los omóplatos que le corta la respiración. Pierde el equilibrio, cae hacia delante y se golpea violentamente la frente contra la carrocería con un ruido sordo, suelta todo cuanto sostiene para tratar de asirse pero no encuentra nada a lo que aferrarse, él la coge de los cabellos y se queda con la peluca en la mano. Suelta un juramento que ella no alcanza a comprender y, con una mano, le agarra enfurecido un buen puñado de pelo mientras con la otra la golpea en pleno vientre, con un puñetazo que podría abatir a un buey. Alex no tiene tiempo siquiera de gritar de dolor, se dobla sobre sí misma y vomita. El individuo tiene una fuerza descomunal, porque la vuelve hacia él como una hoja de papel. Le pasa un brazo por la cintura, la ase con fuerza y le hunde profundamente una bola de trapo hasta la garganta. Es él, el hombre del metro, el de la calle, el de la tienda. Durante una fracción de segundo se miran a los ojos. Ella trata de darle patadas, pero él la agarra con fuerza de los brazos, la inmoviliza, y Alex no puede hacer nada para oponerse a esa energía. La empuja hacia abajo, sus rodillas ceden y cae sobre el suelo de la furgoneta. Entonces el hombre le da una patada en los riñones, y Alex sale catapultada hacia el interior y su mejilla se raspa contra el suelo. Él sube tras ella, le da la vuelta sin contemplaciones, le clava una rodilla en el vientre y le da un puñetazo en la cara. La ha golpeado con fuerza...

«Quiere hacerme daño, quiere matarme», piensa Alex en el momento en que recibe ese puñetazo. Su cráneo golpea contra el suelo de la furgoneta y rebota, siente un dolor terrible detrás del cráneo, en el occipital. «Eso es —se dice Alex—, es el occipital». Más allá de esa palabra solo logra pensar en que no quiere morir, así no, ahora no. Está acurrucada con la boca llena de vómito, en posición fetal, con la cabeza a punto de estallar, siente que le agarran las manos y se las atan a la espalda, y también los tobillos. «No quiero morir ahora», se dice Alex. La puerta de la furgoneta se cierra violentamente, el motor acelera y con un brusco impulso el vehículo baja de la acera. «No quiero morir ahora.»

Alex está aturdida pero es consciente de lo que sucede. Llora y se ahoga en sus lágrimas. «¿Por qué a mí? ¿Por qué a mí?»

«No quiero morir. Ahora no.»

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