Viernes, 9 de diciembre de 2016

| 1994/04/11 00:00

ALGO ES ALGO

Que Colombia hubiera presentado dos películas en competencia, fue tal vez la unica novedad del Festival de Cine de Cartagena.

ALGO ES ALGO

EL APLAUSO QUE recibió la semana pasada la película colómbiana La gente de la Universal, del director Felipe Aljure, en el curso del XXXIV Festival de Cine de Cartagena, que culminó el viernes anterior, no significó, precisamente, que todo el mundo estuviera de acuerdo en que era buena: de hecho, el público cartagenero aplaude todo. La polémica vino después en los pasillos del auditorio Getsemaní, cuando invitados, críticos de cine y periodistas de diferentes medios del país y del exterior comenzaron a lanzar sus comentarios, inicialmente con la timidez de la primera reacción, pero luego con la seguridad de la pausada reflexión. En últimas, las opiniones quedaron divididas. Muchos no dudaron en reconocerle una sólida estructura y un excelente guión que dejaba tipificada en la pantalla la realidad de la Colombia urbana contemporánea. Pero otro tanto no tuvo reparos en destrozarla, catalogándola de burda, sucia, fea, desagradable y carente de estética.
Sin embargo, las opiniones encontradas no sorprendieron a nadie, pues la crítica suele ser extremista a la hora de evaluar producciones nacionales. La verdadera sorpresa fue que, por primera vez en mucho tiempo, los asistentes al Festival de Cine de Cartagena pudieron analizar el trabajo del cine colombiano de los últimos años, y compararlo con el de los otros países latinoamericanos, con más de un ejemplo. En efecto, con La estrategia del Caracol -suficientemente comentada con anterioridad al evento- y La gente de la Universal en competencian Colombia pudo mostrarle al continente con argumentos suficientes que su cine está dispuesto a superar la agonía. De cualquier manera, para mal o para bien la sensación general era que el cine nacional se había sumado también, después de un largo período de apariciones esporádicas, al debate actual sobre el resurgir del cine latinoamericano.
Y mostró lo suyo, no ya con una película rescatada del olvido (como fue el caso de Confesión a Laura), sino con dos de reciente culminación.
A pesar de que este año el festival estuvo nivelado por lo bajo y no se notaron planteamientos renovadores, la muestra en competencia sirvió para que críticos, periodistas, directores de cine y espectadores en general observaran las diferentes tendencias temáticas de cada uno de los naciones participantes.
Colombia se caracterizó en los estilos opuestos de Aljure y Sergio Cabrera, por un cine urbano cargado de humor, pero sin eludir la problemática social. Con Reportaje a la muerte, del director Danny Gavidia, Perú reflejó que continúa sumergido en el tema de la violencia cruda y exasperante. Venezuela ensaya nuevos estilos, pero su resultado es muy ambiguo. Golpes a mi puerta de Alejandro Saderman, logra captar la curiosidad del público con un suspenso basado en el acoso militar y sicológico hacia un par de monjas que deciden ocultar a un joven y perseguido saboteador político; pero sus excesos dramáticos son increíbles. Los platos del diablo, de Thaelman Urgelles; es escasamente un intento frustrado de cine intelectual que cae en el ridículo desde las primeras imágenes. México, por su parte, fluctúa entre el cine fantástico y el social. Cronos, del director Guillermo del Toro, escarbó el género vampiresco, pero fracasó al quedarse corta en argumentos creativos. Mientras tanto, Principio y fin, de Arturo Ripstein, insistió tanto en la desgracia de ser pobre, que terminó siendo casi una telenovela.
Así, cada país definió sus linderos cinematográficos en un festival que se caracterizó por varias cosas. En primer lugar, por el recurrente tema de los crímenes y los asesinatos, en cintas como La madre muerta, del director español Jaunma Bajo Ulloa, Los relatos del diablo y la propia La gente de la Universal. En segundo término, por el temperamento femenino reflejado en películas como De eso no se habla, de la argentina María Luisa Bemberg, y El pájaro de la felicidad, de la española Pilar Miró. Y, finalmente, por el polémico filme cubano Fresa y chocolate, que si bien quedó por fuera de competencia, se convirtió en la gran calibradora del certamen, después de haber obtenido el Oso de Plata en el pasado festival de Berlín.
Verdaderas novedades no hubo. Cartagena fue poco emocionante. Por eso la gran noticia fue que Colombia presentara dos películas a competir y una más en muestra (Nieve tropical). Por fin los colombianos pudieron, nuevamente, abrir un debate sobre su propio cine. Y eso, en tiempos de crisis cinematográfica, ya es algo. -

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