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| 7/1/2014 12:00:00 AM

Alias, la historia de un avezado estafador

Semana.com publica un aparte del libro 'Alias', en el que uno de los impostores más buscados en el mundo narra su experiencia.

Nadie suponía que al cabo de los años Juan Carlos Guzmán Betancur, un joven que en 1993 fue noticia por viajar de Bogotá a Miami escondido en el tren de aterrizaje de un avión, se convertiría en un políglota y ladrón de millonarios en algunos de los hoteles más exclusivos de América y Europa.

Durante un tiempo fue un hijo de la calle, pero después hizo escuela en el mundo del hampa, donde aprendió a hacer de las suyas sin llegar a lastimar, cobrarse la vida de una persona o forzar siquiera alguna puerta. Solo, sin hacer parte de ninguna banda, se adentró de tal forma en el mundo del engaño y el pillaje que pronto la cuantía de sus robos fue declarada por las autoridades en más de un millón y medio de dólares.

Astuto, arriesgado, elegante y divertido, Juan Carlos creó un andamiaje de la delincuencia que empezó a venirse abajo luego de que comenzó a ser buscado frenéticamente por un detective de Las Vegas y de que fue capturado por otro par en Londres, de donde escapó de prisión para seguir con sus andanzas en Dublín, donde de nuevo fue atrapado y extraditado a Francia.

Basada en hechos reales, Alias (Grijalbo, 2014) es una historia de engaños, suplantaciones, robos, extravagancias, persecución policial y encierros en varias cárceles del mundo, relatada en primera persona por Juan Carlos Guzmán Betancur, uno de los impostores más buscados en el mundo y cuyos testimonios -entregados por primera vez y en exclusiva para el periodista Andrés Pachón, autor de este libro- le revelan al lector los ingeniosos métodos que usó para engañar, lo que hacía con el dinero que robaba, cómo cambiaba de identidades y la forma como aprendió a hablar varios idiomas, entre otros aspectos que sobre su vida jamás se habían llegado a revelar. Para la muestra, un aparte de Alias, disponible ya en todas las librerías de Colombia:

Introducción

El día más triste de mi vida. 
Juan Carlos Guzmán Betancur recuerda: 

“Era el hotel Four Seasons de Nueva York, en una de las suites del piso 40, o algo así. Acababa de abrir la puerta, cuando me invadió esa extraña sensación de abatimiento. Digamos que antes la había sentido, pero no como esa vez. Debió ser por aquello del año viejo. Era la noche del 31 de diciembre del 2003 y yo tenía 27 años de edad. 

”Hacía solo tres días había llegado de Curazao, tras un viaje de crucero, y estando allí decidí irme para Nueva York y rentar esa suite en el Four Seasons. Era grande, con sala y comedor, una habitación rematada con una cama king y un baño precioso en mármol blanco, pero sobre todo era minimalista de una forma exquisita. La elegancia esta´ en lo mínimo, no en contar con un montón de cosas, y era eso lo que caracterizaba a esa suite. 

”Ese 31 de diciembre salí temprano del Four Seasons y camine´ hacia la Quinta Avenida en busca de los almacenes de lujo de Manhattan. Me dirigí a la tienda de Yves Saint Laurent, la que queda entre la Quinta Avenida y Madison, en el Midtown East, y compré únicamente ropa de color azul oscuro para ponérmela ese día. No se´ por que´ lo hice. Luego baje´ una cuadra y media, hasta el local de Cartier, y entre´ allí para curiosear. Al final termine´ comprando un reloj Pasha y un anillo de oro que solo me cupo en el dedo meñique de la mano izquierda. Era precioso. Tenía una pantera agazapada a la que se le apreciaba bien la cabeza. Los ojos eran unas esmeraldas, y la nariz, un ónix. Todo el animal estaba cubierto con diamantes, no se le veía el oro por ninguna parte. Como otros tantos caprichos que me había permitido, decidí regalármelo. Pagué por él 30 mil o 40 mil dólares, algo así. Luego caminé un rato más, aprovechando que no nevaba, y regrese´ al hotel en la noche para cenar. 

”Después volví a la suite y fue entonces cuando tuve esa enfermiza sensación de abatimiento. No soy un comprador compulsivo, sino más bien depresivo. Haberme ido de compras todo el día solo reflejaba mi verdadera condición. Durante años quise olvidar mi pasado comprándome cosas. Había logrado apaciguar duros recuerdos llenándome de objetos, pero solo hasta esa noche me di cuenta de lo solo que me encontraba. No tenía a nadie con quién compartir nada. Me sentía ínfimo, desolado. Las amistades no lograban llenar ese vacío, y con mi familia había decidido romper desde hacía muchos años. 

”Nikolay, un amigo ruso que se encontraba en Nueva York visitando a su padre, me había llamado hacia las diez de la noche para que nos encontráramos en el Marriot Marquis de Time Square. Su padre había rentado una habitación allí, con vista a la plaza, y Nikolay esperaba que celebráramos juntos la llegada del año nuevo. Quería que viéramos la tradicional bola de cristal descender desde lo alto del edificio One Times Square un minuto antes de la medianoche. Le dije que no, que no me sentía bien. A decir verdad, me sentía pésimo. 

”Pedí que me llevaran a la suite una botella de champán Cris- tal. Recuerdo bien que pagué dos mil dólares por ella. Apague´ las luces y me metí en la cama mientras bebía. Encendí la televisión, pero me quede´ boca arriba, mirando al cielorraso. Me puse a llorar. No podía dejar de llorar. Fue así durante toda la noche. En la calle, el jolgorio por el año nuevo se vivía tanto como en las suites vecinas. Unos chicos habían rentado tres o cuatro habitaciones y disfrutaban de un party de lo más tremendo. Aquello era drugs, sex and rock and roll. Más temprano uno de ellos me había invitado a que me pasara por allí, pero no andaba para fiestas. Sencillamente no andaba para nada. 

”Recostado en la cama me puse a recordar. Para entonces llevaba diez años fuera de mi hogar. Había decidido irme y armar mi propia vida conforme a mis reglas, pero en el camino abandone´ la idea de hacerme médico y termine´ convirtiéndome en ladrón. A eso me dedicaba. Robaba en algunos de los hoteles más lujosos del mundo. No a todas las personas. No a tíos pobres. Solo a gente con plata por pastón. La policía me acusaba de haberme hecho con al menos un millón y medio de dólares a lo largo de esos diez años, pero yo sabía que era mucho más. 

”Algunas personas me habían señalado de sicario y prostituto, e incluso pasé un par de años guardado en prisión. De a poco mi nombre fue publicado por los medios. Lo escribían de maneras distintas cada vez para referirse a mi´ como un truhan. Cuando no, mencionaban alguno de mis alias. Por esa época sumaban una decena. Soporte´ vejámenes, humillaciones, golpes, acusaciones. Sin embargo, nada de eso me había afectado tanto como la atmósfera de aquella vez en Nueva York. No sé aún por que´, pero ese ha sido el día más triste de mi vida. 

”Al día siguiente almorcé´ en un restaurante belga con Nikolay y su padre, un respetado neurocirujano de la ciudad. El señor me vio tan mal, que me pregunto´: ‘¿Pero que´ te pasa?’. Le comenté lo que me había ocurrido la noche anterior y entonces me dijo que lo que debía hacer era encontrar a alguien en mi vida con quién compartir. Nada más que eso. Él y Nikolay me propusieron que fuéramos juntos a Moscú´. Me dijeron que no tenía caso seguir en Nueva York ni un minuto más. Me convencieron y al final termine´ yéndome con ellos. Dejé la ciudad al cabo de un par de días. Era algo a lo que ya me había acostumbrado por cuestiones de trabajo. Me resultaba emocionante ir de aquí para allá´ todo el tiempo. Al fin y al cabo, nunca sabes que´ vas a encontrar ni en quién te vas a convertir en el próximo destino”. 


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