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| 5/19/2007 12:00:00 AM

Allegro

El excesivo ingenio entorpece la historia de esta segunda película dirigida por el danés Christoffer Boe.

Tîtulo original: Allegro.
Año de estreno: 2005.
Dirección: Christoffer Boe.
Actores: Ulrich Thomsen, Helena Christensen, Henning Moritzen, Svetoslav Korolev, Niels Skousen, Nicolas Bro, Ellen Millingso.

El cineasta Billy Wilder, autor de joyas como El apartamento, Sunset Boulevard y Una eva y dos adanes, solía repetir la siguiente frase a sus entrevistadores: “tengo diez mandamientos: los primeros nueve son ‘no aburrirás’ y el décimo es ‘tendrás derecho al corte final’”.
 
La danesa Allegro incumple los primeros nueve. Y quizás es por el empeño con el que ha cumplido el décimo: juega tanto con el tiempo, se concentra tanto en tener un montaje original, en poner escena todo el ingenio que se puede poner en escena (es Alicia en el país de las maravillas combinado con David Lynch), que después de un tiempo nos importa poco que se trate de una historia fantástica que sucede en la cabeza de su protagonista o que sea la radiografía de un brillante pianista incapaz de amar. Lo único que pensamos es que sus 88 minutos de duración parecen 128.

Desde siempre, desde el principio de la historia de las películas, los relatos cinematográficos han recurrido a dos efectivas estrategias para atraer a los espectadores: el poder del drama y el poder de las imágenes. Allegro está llena de ideas visuales memorables, desde la presentación del héroe en dibujos animados hasta la pared invisible que no le permite entrar al barrio de Copenhague en donde están sus recuerdos, pero en su búsqueda de una narrativa original, en su desprecio, por ejemplo, de las leyes del drama, pierde a un público que ha entrado en el teatro a algo más que a constatar el talento del director del largometraje.
 
Ciertos directores, entre ellos Luis Buñuel, Federico Fellini y David Lynch, han conseguido sostener la atención del público a punta de imágenes sugerentes: al hipnotizarnos con su forma de ver el mundo, al llenarnos de cuadros inesperados, han logrado deshacerse de esas estructuras teatrales (aquellos personajes que se trasforman en tres actos) que se pueden hallar en todas las producciones que se encuentran ahora mismo en cartelera. No cabe duda de que director de Allegro, el mismo Christoffer Boe que hace tres años se inventó la brillante Reconstrucción, hace ya parte de esa tradición, pero también es cierto que esta vez se ha repetido hasta el cansancio en su búsqueda de encuadres astutos: nos ha dormido antes de llegar a hipnotizarnos.

Boe será, sin embargo, uno de los cineastas a seguir en estos tiempos. Ya que en los últimos tres años ha terminado una trilogía sobre la narración (que completan Reconstrucción, Allegro y Offscreen), ya que ha probado que toda historia no pasa de ser un artificio, podrá concentrarse en otras situaciones humanas.

“No creo en Dios pero creo en Billy Wilder”, dijo Fernando Trueba en la ceremonia del Oscar de 1994. Y no lo dijo en vano. Porque ya nadie podrá ser Billy Wilder. Pero todo el que se dedique al cine hará bien en respetar sus mandamientos.
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