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| 11/20/2000 12:00:00 AM

Alma de bolero

De manera póstuma aparece una antología de grabaciones de Sofronín Martínez, por muchos años sinónimo de romance y sentimiento en Cartagena.

Cuando Jaime R. Echavarría escribió Noches de Cartagena acertó, entre otras cosas, escogiendo una cadencia de bolero para esa oda. Claro está que la vida nocturna de la ciudad amurallada puede tener hoy un ritmo más intenso que se refleja, por ejemplo en la profusión de discotecas. Pero una mirada menos vertiginosa permite descubrir que todavía la penumbra cartagenera llama a una actitud de contemplación y hasta de romanticismo. Que las noches de Cartagena aún tienen ritmo de bolero.

Lo saben quienes visitaron la taberna La Quemada, cerca de la iglesia de San Pedro Claver, que desde su fundación prefirió el bolero a la rumba y pronto se convirtió en escenario por excelencia de la bohemia cartagenera. Entre 1969 y 1996 las noches de La Quemada eran amenizadas por un guitarrista y cantante llamado Sofronín Martínez Heredia, conocido con el mote cariñoso de ‘Sofro’. Su gran legado a la vida cultural de la ciudad fue el de subrayar, noche tras noche con su guitarra, esa cadencia de bolero que es tan propia como el mar y la brisa.

Al mismo tiempo, sin embargo, ‘Sofro’ era un hombre profundamente modesto. Ello lo cohibió para escribir sus propias canciones (o al menos para mostrarlas públicamente), explicando con humor que “yo no compongo, sino que descompongo”. Claro está que interpretó con total empatía y sentimiento una gran parte del repertorio clásico de boleros, y eso es hacerlos propios.

Por otro lado, esa misma modestia (sumada al consabido desinterés de muchas disqueras) lo mantuvo alejado de los estudios de grabación y ‘Sofro’ terminó privándonos, en vida, de escucharlo en disco. Una reciente investigación, entre musical y arqueológica, llevada a cabo por Pilar Tafur y Daniel Samper, nos ha permitido saber de la existencia de viejos registros en los que participó ‘Sofro’: uno de comienzos de los 50 firmado por la orquesta de la Emisora Fuentes y otro de 1960 como percusionista de la orquesta de Pacho Galán. Ambos discos están hoy descontinuados.

De modo que cuando falleció Sofronín Martínez, en 1999, uno de los motivos de angustia de quienes lo admiraban fue la inexistencia de grabaciones comerciales, que injustamente amenazaba con relegarlo al olvido. Pero, por fortuna, ‘Sofro’ entendía la música como un vehículo para la amistad: grababa casetes de confección casera con sus boleros preferidos y los regalaba a sus más allegados.

Lo que ha sucedido recientemente es un favor devuelto con creces. Sus amigos se reunieron para recopilar todo ese material, remasterizarlo y producir de manera póstuma el álbum definitivo de ‘Sofro’. El florilegio ha dado para llenar tres discos compactos y la edición se acompaña, además de las letras de las canciones, de un completísimo texto biográfico escrito por Pilar y Daniel.

Ojalá que no aparezcan ahora críticas intransigentes que pretendan subvalorar, por ejemplo, una voz que no se acomoda a ningún registro. Le pasó hace muchos años a otro magnífico intérprete de boleros, el cubano Bola de Nieve. Cuando un crítico le preguntó mordazmente si su voz era de tenor o de barítono él le contestó: “Mi voz es de persona y con eso me basta”. A ‘Sofro’ se le puede aplicar la misma frase. El canto en estas grabaciones es muy personal, comparable a ninguno, emotivamente humano.
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