Viernes, 9 de diciembre de 2016

| 2009/03/21 00:00

Almas muertas

En su última novela, Vasili Grossman, el aclamado autor de 'Vida y destino', recrea la época soviética después de la muerte de Stalin.

Almas muertas

Vasili Grossman
Todo fluye
Galaxia Gutemberg, 2008
287 páginas

Para el lector de Vida y destino, la anterior novela de Vasili Grossman, hay una pregunta inevitable al acercarse a las páginas de Todo fluye: ¿Tiene la misma calidad? Creo que de entrada hay que despejar esa duda para acercarse a ella sin distorsiones y apreciarla en su justo valor. Vida y destino es una obra maestra, una joya literaria del siglo XX. Todo fluye no lo es pero se trata de una obra igualmente necesaria y estremecedora. Vasili Grossman escribió Todo fluye, su último libro, pensando que Vida y destino se había perdido para siempre, que la censura soviética lo había destruido. Es decir, murió pensando que lo que sabía acerca del totalitarismo y el horror de los campos de concentración se conocería en el mundo a través de aquel libro, su único legado. ¿No es esta una razón suficiente para confiar en él?

Todo fluye, de alguna manera, es el complemento de Vida y destino. Es su balance final del régimen soviético. La historia comienza después de la Gran Guerra cuando Stalin, el jefe omnipotente, el dictador, acaba de morir y aparentemente se ha iniciado un período más flexible y de crítica frente a sus excesos. Iván Grigórievich, el protagonista de la novela, regresa a Moscú después de haber pasado 30 años en campos de concentración. Es un muerto viviente, una sombra, el retazo de un hombre. Y una figura incómoda para sus conocidos y para su primo Nikolai Andréyevich, quien tiene una posición destacada: investigador de un instituto, con una casa y una bella esposa. Aunque el precio que pagó para obtener esos privilegios fue muy alto: cohonestó con la arbitrariedad, con la injusticia y la corrupción. Miró para otro lado mientras les inventaban falsas acusaciones y les hacían juicios hechizos a miles de inocentes. Jugó a ignorar lo que ocurría frente a sus narices: la horrible realidad de las masacres y las deportaciones. Y del sufrimiento y el trabajo inhumano en los campos de concentración. Nikolai Andréyevich nunca contestó las cartas desesperadas de su primo y por eso su presencia le resulta incómoda: reaviva sus culpas, aguza su conciencia moral. Iván Grigórievich entiende la incomodidad que provoca y como -a pesar de todo- no se ha convertido en un ser rencoroso, prefiere irse a Leningrado a tratar de recuperar lo que queda de su pasado.

La narración sobre el regreso del infierno de Iván es alternado con el relato sobrecogedor de la vida de las mujeres en Siberia: "Masha trabajaba hasta el anochecer como una yegua, una camella, una burra. El campo era de régimen especial, no tenía derecho a correspondencia, no sabía si su marido estaba vivo o lo habían ajusticiado, dónde estaba su Yulka, si había ido a parar a un orfanato, si se había perdido como un animalito sin nombre". Con la escalofriante descripción de una aldea ucraniana, desabastecida y cercada por el hambre con el fin de doblegarla: "El pueblo gemía a ser testigo de su propia muerte. Todos gemían, no con el pensamiento, no con el alma, sino como las hojas que susurran al viento o la paja que cruje". Y con una imprescindible clasificación sobre la delación, las cuatro variantes modernas de Judas: el delator por debilidad, por buena fe revolucionaria, por miedo y por lucro.

Piezas brillantes, de prosa sobresaliente, pero que se sienten a veces como un mecanismo no muy bien ensamblado dentro de una trama y una estructura novelística, lo cual es entendible si tenemos en cuenta que Vasili Grossman no alcanzó a hacerle un retoque final. Lo cierto es que la última parte es un notable ensayo sobre la historia rusa que nos aclara su permanente vocación totalitaria. Desde los boyardos, Iván el Terrible, Pedro el Grande y Catalina II, su sino ha sido obtener un gran desarrollo cultural, científico e industrial a expensas de la libertad. Algo con lo que no transige el heterodoxo Grossman porque para él la historia de los hombres es la historia de la libertad y porque finalmente "todo lo que es inhumano es absurdo e inútil".

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