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| 1/11/2009 12:00:00 AM

Amazona por un día

Las bellas mujeres que suelen adornar las tardes de Cañaveralejo, se entrenan desde septiembre montando a caballo 9 horas por semana. Sara Rengifo, de SEMANA, vivió ese proceso.

No me gustan las corridas, la verdad no tengo más argumentos que el hecho de que la fiesta brava es fiesta gracias a que el torero sale a matar un toro, un animal que probablemente no tiene ni idea de quién es ese tipo y mucho menos qué esta haciendo allí.

Pero en este caso decidí aceptar el reto de entrenarme para ser una amazona de dicho evento. La verdad me pareció muy interesante el hecho de hacer algo que combinaba dos cosas totalmente opuestas para mi, como lo son la admiración por la vida de los caballos, su belleza, su cultura, cuidado y la aprehensión que me causa la muerte de los toros en un redondel y la cultura que ésta genera.

En Colombia, y especialmente en Cali, está el mejor espectáculo de amazonas del planeta, asegura Carlos Cardona, miembro del comité de amazonas y asesor equino de la Plaza de Cañaveralejo desde hace 13 años. “Esto es muy serio, empezamos a entrenar las niñas más o menos desde septiembre hasta cuando comienzan las corridas en Cali. Llamamos a todas las que se inscriben y las llevamos a una pesebrera, allá las vemos montar y escogemos a quienes creemos puedan llegar a ser amazonas” dice Carlos.

Yo me sentía muy entusiasmada de poder montar uno de esos animales que, según Carlos, deben ser caballos españoles o de paso criollo colombiano. “El caballo de paso criollo colombiano es uno de los mejores del mundo porque tiene un temperamento fuerte” concluye Cardona.

Mi entrenador era un experto en el tema equino, y la mañana que nos encontramos en Cali para partir hacia el criadero donde conocería a mi corcel, se dedicó a explicarme las diferentes clases de pasos que hay en el país, cómo se deben coger las riendas, colocar los pies e incluso me dijo que la mirada de la amazona debe ir en medio de las orejas del animal.

No sé de tauromaquia y la verdad no me ha interesado saber; pero mi pasión por los me hizo aprovechar para preguntar de todo camino al criadero. Incluso quería aprender a ensillarlos. Carlos aclaró amablemente que esa faena no hacía parte de la formación de las niñas ya que ellas sólo entrenaban 3 horas diarias 2 veces por semana y el tiempo debía dedicarse exclusivamente para montar.

Cuando llegamos a la pesebrera me sentía ansiosa. El caballo, dijo Carlos, era el que había abierto plaza el día anterior. El animal, de nombre Dante, era blanco e imponente. No pude ocultar mi fascinación al verlo, pregunté cómo se ensillaba y le presté atención a la maniobra. Luego Beltrán, el encargado de cuidar los caballos, lo montó en un pequeño ruedo para indicarme la forma de hacerlo.

Por fin me llegó la hora de montar a Dante, lo acaricié y dejé que me olfateara la mano porque un amigo alguna vez me aseguró que los caballos identifican a las personas por su aroma. No estaba de más dejarle saber quién era yo y cuáles eran mis intenciones.

Una vez montada me acomodaron los estribos, las riendas y comencé los ejercicios. Desde afuera, Carlos me dirigía y logré cabalgar pero rebotando un poco; entonces comenzaron las correcciones hasta que lo logré. Él ya me había dicho claramente que las amazonas en la plaza deben salir cejando el caballo, es decir, retrocediéndolo, así que le dije que lo iba a intentar y, efectivamente, Dante obedeció.

Cuando Carlos sintió que era capaz de salir del pequeño ruedo me llevó al potrero y yo, muy feliz por todas las hazañas que había logrado en la mañana, comencé a cabalgar como loca. Definitivamente me enamoré de Dante. La cita para la prueba final se fijó para las 6 de la tarde en la Plaza de Cañaveralejo. Allí, debería asumir plenamente el rol que pretendía representar, porque una amazona no solamente monta con destreza, también debe irradiar simpatía, transmitir alegría y cautivar con su belleza.

Mi precario entrenamiento y mis atributos físicos no daban para salir a realizar lo que estas bellas mujeres hacen sobre un caballo, pero la idea era vivir lo más parecido a una tarde de toros, así que, luego de la corrida del 28 de diciembre, me vestí y esperé con paciencia mi turno para montar en la arena de Cañaveralejo.

La niña que abrió plaza ese día me prestó su sombrero y el chaleco que le faltaba a mi atuendo y mientras tanto la señorita Valle lucía su hermosura montada en otro caballo, en el que entrenaba para ser la protagonista de la corrida del día siguiente.

Al nerviosismo propio del momento, fruto de la ansiedad y de la natural preocupación de mi preparador, se agregó la angustia del encargado de preparar el albero para la próxima corrida.

Entramos afanados. Carlos se disgustó un poco frente a la impaciencia del hombre que quería terminar pronto su labor. Entonces Freddy Castro, coordinador del comité de amazonas desde hace 27 años, entró conmigo para indicarme qué hacer. Taloneé mi cabalgadura y sin tener claro a dónde dirigirme inicié el paseíllo. Freddy se esforzaba por indicármelo pero el desconocimiento del lugar y la jerga taurina que utilizaba me impedían seguir sus ordenes. Desconcertada decidí regresar y pedirle las explicaciones del caso.

Hice lo que recordaba de mi lección, sin dibujar una sola sonrisa en mi rostro. Al terminar le pedí a mi entrenador que me dejara cejar a Dante, como debe hacerse, pero en el primer intento no lo logré. Dante estrelló su anca izquierda contra la puerta; pero no me rendí, lo eché para delante y lo volví a intentar. Creo que entonces lo hice bien.

Bajé del animal satisfecha de haber cumplido con mi misión pero con el sinsabor de no haber contado con el tiempo y las condiciones que se requieren para llegar a ser una verdadera amazona. Fue mi primera vez en una plaza de toros y no sé si será la última, pero si puedo asegurar es que valió la pena conocer a Carlos, a Freddy, a Beltrán y en especial a Dante por el placer de montarlo y de sentirme amazona por un día.
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