Domingo, 11 de diciembre de 2016

| 1998/03/23 00:00

AMISTAD

Más que una película, una cátedra de historia sobre los momentos finales de la esclavitud en Estados Unidos.

AMISTAD

Hace tres años Steven Spielberg estremeció al mundo con la película La lista de Schindler, un hermoso aunque escalofriante relato sobre el drama judío en los campos de concentración nazis durante la Segunda Guerra Mundial. Era, como él mismo lo dijo en su momento, una deuda con su comunidad. Una deuda que le terminó reportando, entre otros, dos premios Oscar, uno al mejor director y otro a la mejor película. Ahora Spielberg ha lanzado al público un homenaje diferente pero encauzado de igual forma, esta vez en relación con el drama de la trata de esclavos y la lucha de éstos por la libertad. Aunque ya había rondado el tema en El color púrpura, el director ha dejado a un lado el tono épico de su antecesora para centrarse en un caso tan específico como interesante: el de un grupo de 52 esclavos negros que, luego de su amotinamiento y posterior captura, fueron llevados a juicio en Estados Unidos en 1839, acusados del asesinato de la tripulación del barco La Amistad, que los conducía de Cuba hasta las costas norteamericanas. Como el de La lista de Schindler, el caso de La Amistad es tan contundente que de inmediato llama la atención del espectador, pues no se trata de un juicio cualquiera, sino de uno que bien puede generar una guerra civil. Con la participación de Matthew McConaughey, Morgan Freeman y Djimon Hounsou como protagonistas, Amistad narra el conflicto surgido entre esclavistas y abolicionistas en un momento clave de la historia estadounidense y a través de un incidente que sirve de metáfora para rescatar los valores trascendentales del hombre: la igualdad, la fraternidad y, por supuesto, la libertad. Aunque Spielberg hace gala de todas las virtudes cinematográficas para hacer de Amistad un relato conmovedor, la película es excesivamente larga para sus propósitos. Posee momentos cumbres pero también otros de una innegable monotonía, expresada en extensos diálogos que más parecen una clase de historia. En última instancia, Amistad es excesivamente pedagógica y eso la hace parecer un documental. Sin embargo, la intensidad interpretativa de un actor tan curtido como Anthony Hopkins, quien en el papel del ex presidente John Quincy Adams se roba el espectáculo, rescata la cinta de su parsimonia cuando más lo necesita, y eso basta para justificar la asistencia a esta cátedra sobre los días finales de la esclavitud en Norteamérica.

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