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| 1/15/1990 12:00:00 AM

AMOR AL ARTE

Toda la tradición cultural de un pueblo en "85 años de artes plásticas en Antioquia".

En la historia reciente de Medellín, el comercio ha sido un factor de expresión, una influencia liberal--en el sentido total del término-determinante al promover periódicos, innovaciones y propiciar intercambios sociales que significan conciencia y progreso en su tarea práctica de multiplicar consumidores.
A este principio es fiel la cámara que en Antioquia agrupa a los comerciantes y ahora cumple 85 años. Para celebrarlo asumió el reto de materializar y difundir las realizaciones de Medellín durante estos años en todas las dimensiones: artística, literaria, periodística, social en publicaciones y exhibiciones a las que tiene acceso el habitante actual, sumido en contradicciones e incógnitas para que recobre el hilo que pueda empezar a desenmarañar hasta descubrir por sí mismo donde está el enredo.
Donde más claro esta el balance de definición y participación que han tenido en sus distintas épocas los pobladores de Medellín, es la exposición de "85 años de artes plásticas en Antioquia", que ha abierto en su edificio de la cultura en el centro de la ciudad. Se comporta como un punto de integración en la dispersa y enfrentada comunidad que en los cuadros expresa a veces más sus ideales o sus falsas pretensiones que sus realidades más urgentes de todos modos, es legible, en aquella casi centena de artistas, "la imagen que los medellinenses incuban de sí mismos".
Esta investigación exigente y prolija de revisar no sólo obra, sino escuelas y publicaciones, se le encomendo a Jorge Cárdenas, quien ejerce la crítica y la pintura con igual empeño, conviviendo en él la paradoja de ser juez y parte al tiempo. Ha sido muralista, escritor, pintor de caballete, miembro de tertulias artísticas y fundamentalmente un comprometido amigo de muchos que entraron a figurar en la retrospectiva desde su modesto trabajo de profesores o artistas casi clandestinos, que el antologista conoció y quiso sacarlos a la luz, aun en detrimento de aquellos que por sus exposiciones comerciales o institucionales han sido más conocidos por el público.
Esta particular mirada logró algunos hallazgos memorables que, a traves de una o dos obras, como es la participación de cada nombre en esta retrospectiva, logran convencer al observador de su incidencia en la historia del arte local y nacional. Otros, en cambio: ilustradores, copistas, retratistas por encargo o académicos presos en la norma estética, llegaron a la palestra pública por el único mérito --clientelista para el caso-de ser allegados a Cárdenas. Por esta razón el peso de la muestra esta mucho más cargado hacia el pasado que hacia el presente y a la proyección de futuro que ya hay en la inquieta producción visual de los artistas en Medellín. Esto es importante por el rescate definitivo del olvido de la historia, a veces sesgada, del origen artesanal y de arte aplicado que dio ánimo y nociones a los grandes de comienzos de siglo: probablemente los multifacéticos talentos de Francisco Antonio Cano, Ricardo Rendón, Marco Tobón Mejía o Luis Eduardo Vieco: todos pasaban del dibujo al volumen, a la públicacion ilustrada o a la escenografía de teatro, imprimiendo una gran vitalidad en un medio social que apenas arañaba su primera noción de sí mismo y se veía en los ojos de Europa y sus corrientes.
Así fue como una imaginería prolífica, creada por las manos de familias como los Osorio, los Carvajal y los Vieco, hizo informalmente una escuela que luego se materializó en muy tempranas instituciones formales de enseñanza del arte; publicaciones --revistas y periódicos--que caldeaban el interes del público y servian para difundir nociones de apreciación estética y grandes tertulias que reunían a creadores y pensadores como Fernando González, Tomás Carrasquilla o Efe Gómez con artistas que estaban tan interesados en el paisaje, la luz, la fisonomía, como en el lugar que se abriera dentro de la sociedad la capacidad de indagar e innovar de estos pintores e ilustradores o escultores. Eso hizo los primeros 20 años de artes visuales de este siglo en Medellín, una actividad que se tomaba todos los espacios, desde las iglesias hasta los nacientes museos como el Zea o el de Antioquia, como los impresos o los salones de los clubes sociales con exposiciones que hacían escandalizar a la Liga de la Decencia. Era el afirmamiento de un espíritu embelesado por los pre-impresionistas europeos, pero con la busqueda de descubrir raíces en estas tierras. Así crecieron los Cano, Tobón, Rendón, Longas, Eladio Vélez, José Posada, que respiraron todos aires modernistas al tiempo que sembraron una mentalidad cívica, participativa, que se ubicaba a sus anchas en la propia topografía, anatomía, costumbres y activídad productiva de la naciente conglomeración urbana que desde 1895 tenía luz eléctrica y una floreciente economía con el comercio y la industria.
Un cambio llegó cuando la empresa privada tomó auge y el crecimiento de la población y de su empleo dio un viraje hacia una cultura más nacionalista que por contraste tomo como su fuente primordial al muralismo mexicano y rayó tanto el concepto de artes plásticas, que bajo su influencia, a veces retórica, muy adscrita al apoyo que le diera el Estado al encargarle grandes murales para sitios públicos pasó de ser un arte individual y cívico a ser una especie de arte oficial. Incluso talentos como el de Pedro Nel Gómez, medible en su época de residente en Florencia, Italia, deriva luego hacia esa grandilocuencia que abarcó hasta muchos años después a epígonos en pintura, fresco y escultura. Tampoco estuvo ajeno alguien como Rodrigo Arenas Betancur, que por razones no conocidas por el publicó se negó a exponer en esta gran muestra.
Tres espíritus libres se salen de aquella "fila india": el propio Ricardo Rendón, Ignacio Gómez Jaramillo y Eladio Vélez, tres que hacen parte de ese raro grupo cuya sensibilidad visual es mucho más fuerte que cualquier tendencia, era la importancia de su propia propuesta deslindada de compromisos con la época. En esta, dos nombres escandalosos crean una obra que se alza sobre las falsas posturas sociales: Débora Arango, con gran intuición y rigor y Carlos Correa, con toda combatividad, quisieron hacer una revolución pictórica que se saliera de los marcos de idealismo o de populismo en los que a veces caía preso el arte local. Debora Arango puede ser recordada como el origen de una ruptura tan memorable que augura el expresionismo con que la ciudad años más tarde reaccionará a tanta pauta y condicionamiento.
Tanto sirvió el nadaísmo que surgió en los años 50 en la literatura en Medellín como posición de irreverencia, como en los años 60 sirviera la Bienal de Arte como el mayor de una serie de salones de arte que sembraban inquietudes en una creciente audiencia artística. Esto fortificó un mercado de arte tanto como una vocación artística no formal, que hacen una consistente sede artística alterna de Bogotá. Esa es la máxima ausencia de la gran exposición organizada por la Cámara de Comercio, que frena en la generación que bebió de maestros y bienales y hoy está sobre los 40 años dejando sólo la nueva generación con Flor María Bouhot y dos más, sin tocar la amplia e interesante visión de los que apenas ingresan al arte despues de salir de escuelas formales e in formales, pero se dedican a este oficio con la fruición con que en otra época se dedicaban los antioqueños a hace plata. Puede que ellos vayan tras "el dorado" de Botero, pero buena parte obedece al llamado personal de contestar con arte a la barbarie que parece reinante.
En todas las épocas han subsistido batallas intensamente ideológica entre academia y vanguardia, entre los compadrazgos y los marginamientos, entre el arte comprometido y el decorativo: en suma, entre la llamada del naturalismo o del objetualismo la del subjetivismo. Sin que se pueda meter estas clasificaciones en es quemas, porque lo mismo ha acuarelistas de fuerza imparable, que inocuos reproductores de modelo metidos al óleo y otros pigmentos.
Lo que ha faltado en estos años es la permanencia e independencia de los críticos y reseñadores, que a vece tienen que inclinarse por las amistades, otras por las filiaciones o intereses, pero casi nunca por aquello raro en estos tiempos que se llame amor al arte. Precisamente lo que se alboroto después de ver una muestra que dé cuenta de nuestra tradición visual como esta abierta en los 85 de la Cámara de Comercio.
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