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| 7/22/2002 12:00:00 AM

Amor caníbal

Detrás de esta película arrogante, ambiciosa y sin sentido del humor hay, para bien o para mal, una directora que sabe lo que quiere.

Corre todos los riesgos: no tiene sentido del humor, evade las responsabilidades con su propia trama y presenta sangrientas escenas de canibalismo. Sugiere una confusa tragedia, la de dos parejas afectadas por una extraña investigación sobre la libido humana, pero prefiere filmar estupendas escenas nocturnas y cuerpos en silencio a detenerse, por un momento, en lo que podría estar contando. Los profesores de semiología la justificarán con teorías de finales del siglo pasado. Las mamás quizá deban evitarla. Los hijos deberían admirar, al menos, su valentía.

La directora, Claire Denis, nació en París, vivió hasta los 13 años en Africa y se graduó del Instituto de Estudios Cinematográficos. Fue asistente de dirección de Costantin Costa-Gavras, Jim Jarmusch y Wim Wenders. Y ha filmado, hasta hoy, nueve largometrajes. Se puede decir, pues, que sabe muy bien lo que hace. Lo que pasa es que no tiene porqué gustarnos: podemos reconocer sus brillantes encuadres, su mirada atenta a los cuerpos femeninos y su vocación a no concederle nada a nadie, pero no tenemos porqué justificar con teorías su temor a enfrentarse con la narración, su tendencia a eludir el destino de sus personajes y la ausencia total de un saludable humor negro que habría podido salvar el resultado. Sí, podrá decirse que la propuesta de Denis no es convencional. Pero no que ha cumplido su principal promesa: la de acompañar a Shane Brown, el protagonista, en su trágica búsqueda.

Shane ha viajado a París con June, su esposa, de luna de miel. Y, porque representa a un importante laboratorio norteamericano, ha aprovechado la ocasión para negociar, con una clínica francesa, los derechos comerciales de una investigación sobre la sexualidad humana. El problema es que Leo, el científico que dirigía el misterioso proyecto, fue despedido por ser demasiado atrevido en la experimentación: convirtió a Core, su mujer, en una caníbal que sólo consigue la satisfacción sexual cuando devora hombres desconocidos. Y, claro, toda su vida se vino abajo: jamás volvió a dormir con ella en la misma cama y todas las noches, en vez de botar las sobras de la comida a la caneca, como cualquier marido del mundo, se trasnocha enterrando los restos de las víctimas.

Como puede verse, la historia es confusa y produce cierta risa nerviosa ?Shane deambula cabizbajo por las calles de París porque no ha logrado superar sus propios instintos caníbales?, pero Denis insiste en acercarse al material como si toda la historia del arte estuviera en juego y estuviéramos ante una importante metáfora de la relación entre hombres y mujeres. Sí, su pulso y sus convicciones merecen respeto. Su talento, sus ideas, sus riesgos deben ser recompensados. Pero su película, las escenas enfáticas que llegaron hasta la pantalla, pueden producirnos las quejas, los bostezos y las carcajadas que queramos.
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