Viernes, 24 de febrero de 2017

| 2010/05/02 00:00

Amores y desamores

Una nueva editorial colombiana reúne la poesía de amor de Darío Jaramillo Agudelo.

Amores y desamores

Darío Jaramillo Agudelo
Del amor, del olvido
Luna Libros, 2009
106 páginas


Hay dos clases de poetas: los que escriben para asombrar a sus colegas y los que escriben para que una persona, una sola, haga suyo uno de sus versos a la hora de la angustia, de la muerte o del amor. Hago una aclaración: ese poeta puede ser el mismo en dos momentos de su vida. Y generalmente lo es. El joven vanguardista quiere asombrar, cambiar el mundo. El poeta maduro, más sabio, solo aspira a no caer en el olvido. Ya lo dijo Jaime Gil de Biedma: “Como todos los jóvenes, yo vine/ a llevarme la vida por delante… Pero ha pasado el tiempo/ y la verdad desagradable asoma: / envejecer, morir, / es el único argumento de la obra”.

Dicho de otra manera: al principio uno quiere ser Mallarmé y luego se conforma con ser, digamos, Armando Manzanero. Me atrevería a decir –y ya para entrar en materia– que la comparación con Manzanero no le disgustaría al autor de Del amor, del olvido, un libro de poesía que quiere decir sus verdades de la manera más sencilla posible: “Sé que el amor/ no existe/ y sé también/ que te amo”. Un verso que le hable a cualquier persona, un verso inmortal.

El tono de este libro es contenido y sobrio pero en ningún momento le da miedo el exceso. Hablar de amor y no tenerle miedo a la cursilería es la gran sabiduría de los buenos boleros que aquí no se discute. “Diez horas faltan para la locura de mis labios, / diez horas menos este instante, / menos este otro”.

El tema de este libro es un tópico que es anticipado desde su mismo título: el amor y el olvido. El amor y, por supuesto, el desamor. Sin embargo, contrario a la mencionada imaginería del bolero del cual se nutre, en sus páginas predomina una visión gozosa del amor, más cercana al paganismo que al cristianismo. Es decir, más cerca de Kafavis que de Agustín Lara: “Teas que arden juntas, ondulantes, / Sola llama que dos llamas funde, confundidas: / ninguna llama es ella misma ni la otra, / sola nueva llama nuestros cuerpos”. Visión gozosa –no desgarrada como la del bolero– incluso a la hora de referirse a los amores imposibles: “Son luminosos los amores imposibles. /Aun aquellos amores imposibles/ que conocí en la oscuridad”.

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