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| 6/22/2015 6:00:00 PM

‘Noches de estriptís y otras historias de sexo’

El escritor antioqueño Andrés Delgado publica una serie de crónicas sobre la sexualidad en las calles de tolerancia. Aquí la primera de ellas.

El periodista y escritor Andrés Delgado acaba de publicar Noches de estriptís y otras historias de sexo, una serie de crónicas sobre la sexualidad en las calles de tolerancia y las historias que a diario se presentan en este sector.

Semana.com reproduce el primer capítulo a continuación:

Fotógrafo de prepagos

Flash. Flash. Dame luz, dame movimiento, dame pasión. La luz disparada desde la cámara fotográfica ilumina las pieles de las modelos. Dame piernas torneadas y pies empinados. Dame miradas atrevidas y ángulos insolentes. Dame quiebres y giros. Dame esquinas carnales. Antójame. Flash. Saca un poco la cola y deja caer tu pelo sobre la espalda. Destrózame los nervios, acaba conmigo. Soy tuyo. Átame las muñecas con la visión de tu cuerpo. Dame luz, dame giros, dame pasión. Dame más visitas, dame más clientes, dame más tráfico para la página web de prostitutas prepago. Ojalá pudiera disfrutar de este momento.

El fotógrafo Carmona cierra un ojo y gira en horizontales y verticales una enorme cámara que parece el motor de una licuadora Oster. Las dos chicas en tangas se revuelven entre besos y una intensa manoseada. Lo hacen con delicadeza, pero con ardor, sobre un sofá, al ritmo de un escandaloso reguetón, ignorándonos con descaro. Grisales, el cámara, graba un video, donde según los cánones del género amateur caben los chispazos del flash.

Mientras las dos chicas se comen a besos y el cámara y el fotógrafo están entusiasmados en su trabajo, yo sigo aguantando para no largarme de una vez por todas. Recostado sobre una pared de madera, hago el esfuerzo para reportear la intensidad del momento en la cabaña. Como sea, tengo que poner algunas frases sobre la libreta Moleskine para luego redactar esta maldita historia. Pero por más que intento no logro conectarme. No logro empatía con lo que veo, ni con lo que oigo. Por más que intento centrar mi atención, no consigo concentrarme en los besos de las chicas, ni en sus pezones, ni sus traseros, ni siquiera estoy esperando a que saquen los descarados vibradores con los aceites y comiencen una ardiente batalla de gemidos.

Intento una frase en la libreta: “Un despecho produce falta de atención, es como estar y no estar a la vez. Uno esta distraído, fastidiado, mala leche”. Cierro los ojos y me recrimino las bobadas que logro escribir. Solo tengo la conciencia de un dolor, pero no voy a equivocarme en la imprecisión al decir “un dolor en el corazón… en el alma”, porque aunque es exacto decir que se sufre de un dolor, el punto preciso donde lo siento es el vientre, como una lanza escurrida con saña a unos centímetros laterales del ombligo. Y lo tienes clavado allí y no te deja respirar con hondura. Eso es la angustia: la incapacidad parar respirar profundo. El efecto es que te sientes comprimido. Es la ansiedad. Y por más que quieras apartarla, allí está, no logras arrancarla, ni olvidarla, ni siquiera reducir su efecto. Las chicas siguen comiéndose a besos, Carmona dispara el flash y Grisales graba su video. Todo es una putada. Lo mejor es salir a tomar aire.

El viento frío del corregimiento de Santa Elena me pega en la cara. Cuatro y media de la tarde y el cielo está limpio. Santa Elena está a diecisiete kilómetros del centro de Medellín, subiendo por la montaña oriental de la ciudad. Es una zona tranquila, arborizada y trazada con carreteras bien mantenidas que unen las diferentes veredas. A Carmona le gusta el campo y por eso prefiere venirse de paseo a una finca para tomar sus fotos, en vez de alquilar una pieza de motel. Bogotá está a unos 2.600 metros de altura a nivel del mar y es una ciudad fría. Medellín está a 1.500 metros y es considerada la ciudad de la eterna primavera. Santa Elena comparte, en promedio, la misma altura con Bogotá. Lo normal, así salga el sol, son catorce grados centígrados de temperatura. Para mí, eso es mucho frío. Abro la botella de ron y me doy un buen trago.

Afuera de la cabaña, y mirando al fondo, y si divido el horizonte entre abajo y arriba, el abajo está pintado de colinas verdes con bosques de pinos. Y en el arriba, el rey sol hace estallar una granada de luz sobre un cielo marino y esférico. Recuerdo una frase del escritor francés Frédéric Beigbeder: “Borrar constituye un duro trabajo. Habrá que vivir muchos momentos hermosos para reemplazar los anteriores”. En ge-neral, para los hombres, ver a dos chicas desnudas comiéndose a besos es un gran plan. Sobre todo si hay expectativas en que la tarde siga desarrollándose con licor y música. Este podría ser un gran momento, uno que ayude a reemplazar los anteriores. Pero, lastimosamente, no lo es.

Alejandro Carmona es el fotógrafo de Sexy Dolls Colombia, la web de mujeres prepagos, o mejor: scorts. Además de fotógrafo es socio de la página. Carmona me invitó a una sesión de la que sacará material para la página, en la que las chicas tienen que pagarse las fotos para el portal. Hay un precio para tomar una serie de fotos de las que se deben seleccionar las mejores cinco. “Con cinco fotos variaditas –dice Carmona– es suficiente para tener algo que mostrar”. Pero si además de las fotos, la modelo quiere hacerse un video, el precio aumenta. Además, si las fotos son lésbicas, la tarifa también aumenta, contando que las chicas que se atreven a este tipo de sesiones fotográficas son las que, por estadística, reciben más ofertas de clientes en el portal de Sexy Dolls.

–Me han ofrecido pago en especie –me dijo Carmona en la entrevista–, pero nunca he aceptado.
Me mira y ambos sabemos que es una completa mentira.

El negocio tiene la siguiente mecánica: el cliente navega por internet y se antoja mirando las fotos. Llama por celular y hace su pedido como si fuera cualquier producto, y deja una dirección a la que se debe dirigir la chica seleccionada. Una vez la chica llega al sitio de encuentro, el cliente debe pagar por adelantado. El servicio más convencional dura noventa minutos. Lo normal es que los sitios de encuentro sean moteles o apartamentos. La dirección siempre se verifica.

–Somos intermediarios entre el cliente y las scorts –dijo me dijo Carmona–. Como somos un canal de representación no nos hacemos responsables de lo que pueda suceder entre dos adultos. Entiendo perfectamente: además de fotógrafo, Carmona es un proxeneta.

Pero no solo se venden servicios sexuales. Los servicios de Sexy Dolls van desde acompañante a fiestas swinger, salidas para fincas y cabalgatas. Eventos empresariales, imagen de producto y strippers para despedidas de solteros o solteras. Es indispensable que tanto usuarios como modelos sean mayores de dieciocho años. Y así el servicio más común sea de noventa minutos, hay otros que llegan a durar una semana, cuando se trata de turistas que vienen a vacacionar y disfrutan de una luna de miel pasajera. También puede pasar que algún empresario quiera impresionar en sus cocteles formales y comerciales, sosteniendo en el brazo a una preciosa modelo. Los precios varían y pueden llegar a las nubes de acuerdo al tiempo requerido y al porte de la scort.

Desde el corredor de la cabaña en Santa Elena vuelvo donde las chicas. El piso y las paredes de madera, el sofá, las luces, la cámara fotográfica y el video, Carmona y Grisales. Esa música sigue tronando. Tengo al frente unas morenas con severas curvas y traseros, el sueño de todo hombre, y sin embargo no me gustan. Me siento rígido como un pedazo de hierro bajo la lluvia. Ojalá todo esto acabe rápido, tome las notas que necesito, pueda largarme y no tener que soportar otra conversación con nadie. ¿Pero qué putas me estaba pasando? Estaba ansioso, el corazón me palpitaba a mil por hora, no me hallaba en ninguna parte, ni siquiera viendo a dos chicas comiéndose a besos. A veces me relajaba y podía olvidarme por un momento. Pero después de un corto tiempo, algo me disparaba de nuevo la ansiedad. Ver a Mauro cogido de la mano de su novia, escuchar una canción. Cualquier señal por insignificante disparaba en mí de nuevo el tremendo malestar. Entonces me da por cantar: Dividamos el mundo desde ahora en dos partes, una donde estés tú, otra donde yo estoy… Encuentro en el bolsillo las gotas que me recetó la mamá. Se llaman Pased: con avena sativa, valeriana, pasiflora y opio, producidas por el Laboratorio Alemán. Así que con la mejor intención de estabilizarme, voy al baño y me doy un Pased.

Los activos de la empresa de Carmona son tres líneas telefónicas fijas, dos líneas de teléfono celulares y el sitio web. De resto es logística y cobro en efectivo. Los costos fijos son una ridiculez.
–¿Y pago de impuestos? –pregunto.

Carmona me mira con cara de “no seas pendejo”. En el portal hay cuarenta mujeres y siete hombres. Próximamente se incluirá un catálogo de transexuales. La escasa oferta de hombres es absorbida por dos o tres mujeres adultas. Muy adultas. Por eso Edison, el chico que atendía solo personal femenino, solicitó que modificaran su perfil. Ahora es bisexual y por fin se compró la pinta que hace rato venía aplazando: Adidas y bluyín marca Diesel. El resto de chicos atiende clientela homosexual. Una pregunta que ahora me hago es: ¿por qué las mujeres no consumen prostitución? Y no lo pregunto como un reclamo. Más faltaba. Lo hago tratando de explicar el dato estadístico: cuarenta mujeres en el portal contra siete hombres de los que solo uno atiende personal femenino.

A Carmona no le gusta que le diga proxeneta, como hace rato le vengo diciendo: “Persona que obtiene beneficios de la prostitución de otra persona”. Carmona me dice que su profesión se denomina pimper. Ya. Ok. Ahora entiendo la canción de Bob Marley, Pimper´s paradise.

Según Carmona, su negocio concreta entre veinte y veinticinco servicios por semana. Las ventas mensuales suben a varios millones de pesos colombianos. El pimper se lleva entre el veinte y el treinta por ciento. ¿Eso es más o menos cuánta plata? Haga cuentas usted. Yo solo tengo cabeza para zamparme otro ron. Ahora suena Wish you were here y de nuevo estoy jodido. En las noches, cuando la re-cuerdo, comienzo a sudar, se me dilata la pupila, siento la punzada en el vientre, esa tremenda punzada en el vientre. Y lo peor: insomnio. Como digo, hay momentos de tranquilidad, pero hay otros de intensa angustia. Llamarla, llamarla. Quiero llamarla, hablarle, escucharla, decirle que la extraño, que me hace falta, que volvamos a empezar. Pero ya todo está agotado. Lo único que queda es separarnos y que cada uno siga su camino. Resulta increíble la cantidad de pendejas que uno puede escribir y pensar con el corazón roto. Espero que mi editor haga su tarea.

Parece que el negocio de Carmona va muy bien, a menos que esté chicaneando, como seguro lo hace. No me importa, como tampoco me importa que tenga un reloj Tissot y una impecable pedicura de guía… de guía espiritual católico y pedófilo. Cuando me habla del margen de utilidad en mi frente aparece un letrero fluorescente: “mentiroso”. Carmona lo lee, se altera y me invita a ver las cifras de entrada a la página. Por semana hay novecientas entradas desde Medellín, cuatrocientas desde Bogotá y setenta y nueve desde Cali. Según me dice, en Medellín hay unas veinte páginas de scorts. Si cada una de ellas tiene al menos cuarenta chicas, eso quiere decir que Medellín tiene unas ochocientas chicas que trabajan en esta categoría. Es un cálculo que hago a la carrera para acabar y cobrar esta crónica lo más pronto posible. En una de las pestañas del portal veo que cuenta con un formulario de inscripciones: “Envíanos tus cinco mejores fotografías –dice–, ganarás mucho dinero”.

Lo terrible de un desamor es que no te puedes concentrar en nada. Escribo: “Tienes que inventarte otra rutina. Intentar otras felicidades. Otros motivos, otros sueños. Aceptar el fracaso. Decirle a los amigos: Estoy bien, fue lo mejor”. Mentiroso. La verdad es que estás tatuado a fuego. Otra frase de Beigbeder: “El amor es la única decepción programada, la única desgracia previsible que deseamos repetir”.

Necesito un clavo que me saque este clavo. Esta semana estaba tratando de leer Asfixia, una novela de Chuck Palahniuk, el mismo autor de El club de la pelea, encontré esta cita: “Lo que yo quiero es que me necesiten. Lo que yo quiero es ser indispensable para alguien. Necesito a alguien que ocupe todo mi tiempo libre, mi ego y mi atención. Alguien adicto a mí. Una adicción mutua”.

Para los mexicanos, antes de Cortes, Tlazolteotl era la diosa del amor y de la mierda. Y sigue siéndolo.

***

Cuando me encuentro con Guillermo, un cliente asiduo de Sexy Dolls, me dice:
–Lo malo es que retocan las fotos.

Me dice que quitan estrías, celulitis y tatuajes. No se ven cicatrices, ni lunares, ni pecas y todas las peladas tienen cintura y piernas de reina.

–Si estoy pagando es para comer bien rico –dice–, para hacer realidad mis sueños.

Copio en la libretica tal cual su ridiculez: “hacer realidad los sueños”.

Qué pena Guillermo, le digo mentalmente, la realidad y las ilusiones son dos polos crueles y disímiles.
Guillermo no tiene la capacidad de escuchar mi pensamiento. Y menos mal. Por eso sigue hablando:
–Uno quiere estar con la nena que vio por internet, pero llega un zapato de la calle… el photoshop es lo peor –concluye con la brutalidad de todo putañero.

En la sala de la cabaña suena un celular. Una de las chicas salta del sofá asustada y corre a buscar el aparato. Es su novio. El cámara reacciona y deja de grabar. Lo mismo Carmona, y todos corren a bajarle el volumen al reguetón. La pelada habla con una ternura creíble. Afirma maliciosa, se muerde los labios, nos mira, nos pica el ojo y se ríe. Lo despacha en medio minuto, se despide con un “te amo”, cuelga, se ríe y vuelve a enredar las piernas con su amiga.

Ahora van en serio y están más agitadas. Parece que la llamadita del novio las ha calentado más de la cuenta. Tal vez, su compañera sintió celos. Y con celos, el sexo a veces es mejor. Ya otro lo dijo: “con un tris de odio el sexo es perfecto”.

Grisales, el cámara, está abatido. Su cordura queda noqueada y ahora es un mono salvaje aullando entre las ramas de un yarumo. Deja de grabar y queda pasmado, mirando con sufrimiento cómo una de las chicas baja por el ombligo de la otra y mete su rostro en la boca de la orquídea, haciéndose una corona de piernas, y a Grisales no lo invitan. En adelante, Grisales tendrá que reconocer que no es un profesional.

Se ha dicho que los hombres deberíamos ver más porno lésbico para aprender la furia y la delicadeza. Tienen razón. Pero tendré que verlo sin este malestar. Presenciamos los actos de un ser mitológico con dos cabezas en mitad de cuatro piernas que se agitan. Si no lo detengo, el monstruo devorará lo que queda de las chicas.

Dame luz, dame movimiento, dame pasión. Carmona aprovecha para tener sus mejores perfiles. El flash pega sobre las pieles. Dame giros, piernas, dame más visitas a la web. Flash y Carmona tampoco se contiene, pero al menos avisa:

–¡Hey, ya! Paren –dice y resopla–. ¡Así no podemos seguir!

Tuerce el cuello intentando bajar la tensión. Las nenas se ríen pero hacen caso. Las dos trepan sus calzones por los muslos y van al baño a lavarse los dedos.

Lo mejor es ir por otro ron. Este no es un buen momento para palear el olvido. Estoy aburrido como un hielo. Así estaré hasta que a fuerza de aguante y compañías forzadas descubra que ha pasado más de medio día sin pensar en ella. El resto de las personas siguen en lo suyo, pero yo tengo suficiente. Empaco, me despido y camino un rato por la carretera de las colinas, hasta salir a la vía Las Palmas. Va otro ron a pico de botella. No quiero llamarla, ni decirle que inventemos otra manera de estar juntos. Una negativa me dejaría abatido. “Para ser feliz hay que haber sido infeliz. El amor solo dura si ambos saben lo que cuesta”.

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