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| 7/9/2016 12:00:00 AM

¿Quién piensa en las artes y las humanidades?

Los cuestionamientos de Andrés Oppenheimer a las ciencias sociales, y el plan de la Universidad Complutense de Madrid de cerrar su Facultad de Filosofía, reabrieron el debate en torno a estas disciplinas.

La mayoría de los jóvenes que deciden estudiar carreras de humanidades o artes en Colombia han tenido que enfrentarse alguna vez a frases como: “Se va a morir de hambre”, “¿Por qué no estudia algo que le dé plata?” o “¿Eso para qué sirve?”. Visiones como la del escritor argentino Andrés Oppenheimer refuerzan ese desafortunado estereotipo. En una reciente entrevista a El Tiempo dijo que “América Latina necesita menos poetas y más técnicos y científicos”, al referirse a la necesidad de que los países subdesarrollados apuesten por la innovación y la tecnología.

Una postura similar tiene Hakubun Shimomura, ministro de Educación japonés, quien sugirió a las universidades de su país eliminar los programas de humanidades y artes pues, según él, hay que mirar hacia “otras áreas que atiendan mejor las necesidades de la sociedad, como las ciencias aplicadas”.

España tampoco escapa a este debate pues en las últimas semanas se desató una polémica en torno al posible cierre de la Facultad de Filosofía de la Universidad Complutense de Madrid. Varios intelectuales, entre ellos Fernando Savater, escribieron una carta a los directivos de la institución para pedirles no cerrar el programa y no medir su productividad en términos cuantitativos pues “la finalidad de la universidad no es la gestión, sino la enseñanza y la investigación. Y en este punto no todo se puede reducir a números”.

A pesar de ese imaginario que considera que esas disciplinas no representan mayor utilidad para la sociedad, varios ejemplos dan cuenta de su importancia a la hora de comprender fenómenos sociales como la violencia, la cultura y el significado de varias de las expresiones artísticas. Los colombianos recuerdan trabajos académicos como La violencia en Colombia (1962) de Germán Guzmán, Eduardo Umaña y Orlando Fals Borda; los estudios antropológicos que descubrieron las pinturas rupestres del Parque Natural Nacional de la Serranía de Chiribiquete; el libro Procesos del arte en Colombia (1810-1930) de Álvaro Medina, o informes como ¡Basta ya! (2013) del Centro de Memoria Histórica, donde participaron profesionales de diferentes áreas de las ciencias sociales. Además, no pocos analistas del tema señalan que los inciertos tiempos que corren, señalados de ser una época de transición en el mundo entero, plantean preguntas que la filosofía y las humanidades están en mejor posición para contestar que la tecnología y los números.

Aunque esta tendencia a restarle importancia a las carreras humanísticas hace parte del afán de los países por ser competitivos en el mercado internacional, ignorar esas disciplinas también implica perder, como dice Antanas Mockus, “la capacidad crítica de los ciudadanos y el riesgo de caer en un analfabetismo cultural”. Mockus admite que la sentencia de Oppenheimer lo “escandaliza porque es una idea que puede acomodarse muy bien en el discurso de nuestro sistema educativo, donde el conocimiento se mide por competencias y no por la capacidad creativa de los estudiantes”.

Por ejemplo, el año pasado hubo un fuerte debate en torno a los resultados preliminares de la convocatoria 727 de Colciencias para becar a los estudiantes de algunos doctorados en el país. De los 189 programas que concursaron, tan solo escogieron 40 y ninguno de ellos correspondió al área de ciencias humanas. Finalmente, la convocatoria seleccionó 101 programas, de los cuales 19 fueron doctorados en ciencias sociales y humanidades.

Finalmente, la convocatoria seleccionó 101 programas, de los cuales 19 fueron doctorados en ciencias sociales y humanidades.

Para Nubia Moreno, coordinadora del grupo de investigación Geopaideia (especializado en estudios geográficos y urbanísticos) y profesora de la Universidad Distrital, la ausencia de las humanidades entre los ganadores no tiene que ver con falta de calidad de sus programas y sí con la prioridad que reciben en los últimos años las investigaciones en ciencias aplicadas.

Alejandro Olaya, subdirector de Colciencias, responde a esos cuestionamientos y asegura que “los estudios sociales y artísticos son tan importantes como los estudios de cualquier otra área del conocimiento y la entidad apoya a los 1.820 grupos de investigación en ciencias sociales registrados en el país”.

Pero no solo las instituciones subestiman las humanidades y el arte, pues también la gente ejerce sobre ellas prejuicios culturales. “Lo peor que le pueden decir a un joven bachiller es que estudie ingeniería o administración para tener plata y que después habrá tiempo para dedicarse a lo que le gusta”, dice el antropólogo Fabián Sanabria. Según él, los profesionales en humanidades y arte tienen tanto que aportar a la sociedad como los químicos o los matemáticos, y muestra de ello son los avances en materia de cultura ciudadana, los estudios de paz o el crecimiento en la industria cinematográfica. “No solo de puentes y obras vive el hombre”, concluye.

Y si bien es cierto que en el país faltan ingenieros, como reveló el año anterior la Asociación Colombiana de Facultades de Ingeniería (Acofi), sería falso afirmar que la escasez de profesionales en esa área es culpa del crecimiento en los programas y estudiantes de artes y humanidades (como sugiere la frase de Oppenheimer). Eduardo Behrentz, exdecano de la Facultad de Ingeniería de la Universidad de los Andes, dice que llenar ese vacío es un reto de los formadores en ingeniería y no responsabilidad de los humanistas.

Aun así, las carreras en ciencias básicas y aplicadas gradúan al año en Colombia más estudiantes que las humanidades. Según el Observatorio Laboral para la Educación, durante 2013 obtuvieron un título de educación superior 344.475 colombianos, y 242.929 (70 por ciento) correspondió a las ciencias duras y 101.546 (30 por ciento) a las artes y humanidades.

Es evidente que el desarrollo del país dependerá en buena medida de su capacidad de adaptarse a la tecnología, la innovación y el emprendimiento, pero eso no debe implicar necesariamente la muerte de las humanidades y las artes. De hecho, “en ellas hay una alternativa económica interesante. Basta observar lo que sucede con las industrias de la literatura, la sociología y las artes escénicas en Holanda, Estados Unidos o Francia, cuyo capital social y económico está soportado sobre la base de esas áreas del conocimiento”, dice el crítico de arte Álvaro Medina.

Y hay varios ejemplos de cómo conciliar el modelo de desarrollo con las apuestas culturales y la formación en humanidades. José Fernando Isaza, exrector de la Universidad Jorge Tadeo Lozano, sostiene que Alemania ha sabido potenciar los avances tecnológicos sin descuidar el arte y las ciencias sociales: “Su crecimiento no solo resulta del trabajo de los científicos, sino también de la creación de movimientos artísticos y de la teorización en el campo social”.

Hace falta derrumbar ese muro entre las ciencias duras y las humanidades en varios países del mundo y, particularmente, en Colombia. El reto está en lograr construir un país donde sean valorados tanto los profesores de poesía, como los biólogos marinos.

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