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| 2/2/2008 12:00:00 AM

Antes de partir

Resulta increíble que no funcione una película de Rob Reiner protagonizada por Jack Nicholson.

Título original: The bucket list.
Año de estreno: 2007.
Género: Drama.
Dirección: Rob Reiner.

Actores: Jack Nicholson, Morgan Freeman, Sean Hayes, Beverly Todd, Rob Morrow.

Qué raro es que esta sea una película tan floja. Tiene un primer acto que peca por inverosímil, un segundo acto entretenido pero mediocre y un tercer acto que bordea lo ofensivo. Sus escenas son perezosas. Sus actuaciones se han visto ya mil veces. Y su patética historia de enfermos terminales no sólo puede hallarse en la alemana Golpeando las puertas del cielo (que tiene, por poco, la misma trama) sino ya, a esta hora, si uno enciende el televisor en el canal Hallmark: es la misma historia de siempre. Pero no es esta, Antes de partir, una simple película floja. Es una película floja dirigida por el mismo Rob Reiner que estuvo a cargo de clásicos recientes como Harry y Sally, This is spinal tap y Misery. Es una obra anodina protagonizada por una de las más grandes estrellas de la historia del cine: Jack Nicholson. Qué raro es sentir que el drama se atora, que el giro final es tan tonto, que todo eso ya se había visto en alguna parte.

Va a sonar a pliego de peticiones. Pero de verdad que no queremos más (van cinco) largometrajes narrados por la voz sabia de Morgan Freeman. Y mucho menos largometrajes (van 10) en los que Morgan Freeman interprete al prudente amigo negro del protagonista blanco. Creo que está bien que este, el de Antes de partir, sea el último. Porque en sus imágenes llanas, de comedia gringa de televisión, están las pruebas de que las dos fórmulas están agotadas. No es que Freeman haga mal su trabajo, no, ni más faltaba: sería incapaz de hacer algo como eso. Es que el drama no le pide nada nuevo. Es que el drama es tan falso que ni él podría conmovernos. Es que la producción confía en que será más que suficiente que él se pare ahí, al lado de aquella otra leyenda del cine (que hace lo que puede, el pobre Nicholson, para encontrarle variaciones al personaje arrogante que ha hecho tantas veces), para que no nos demos cuenta de lo artificioso que resulta el relato.

Que será disfrutado, cómo no, por aquellos que busquen frases de consuelo del estilo de "vive el momento" o "nunca pares de luchar". O tendrá, en el futuro, el encanto de haber reunido a semejantes actores. Pero que siempre será esta comedia inverosímil que (en el primer acto) reúne a un mecánico con el dueño de una clínica en una misma habitación para pacientes doblegados por el cáncer; se convierte luego (en el segundo acto) en las alocadas aventuras de estos dos enfermos terminales, el humilde Carter Chambers y el arrogante Edward Cole, que quieren hacer, antes de morir, todo lo que no alcanzaron a hacer en vida; y termina, sin querer, siendo ofensiva (en el tercer acto) con la gente que sí ha sufrido semejante padecimiento, con los espectadores que no necesitan giros milagrosos ni imágenes gigantescas para irse en paz a la casa, y con una serie de talentos que han hecho tanto por elevar la calidad del cine norteamericano.
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