Jueves, 8 de diciembre de 2016

| 1990/10/15 00:00

APERTURA PLASTICA

La II Bienal de Arte de Bogotá augura una nueva generación de artistas de alcance universal.

APERTURA PLASTICA

De los 44 artistas que forman parte de la II Bienal de Arte de Bogotá, muchos hubieran podido recibir el gran premio. Si hay una nota que permanezca constante en las obra que se han tomado los 4 pisos del Muse de Arte Modemo, de Bogotá, con la intención de ofrecer un amplio panorama de la plástica de hoy en el país, es la calidad. Aunque calidad no sea un término muy apropiado para el arte. Pero puede adoptarse, en cuanto que recoge de una sola vez toda la suerte de calificativos que merecería esta enorme muestra.
Precisamente por el alto nivel de calidad que queda luego de establecer un promedio es que puede asegurarse, sin duda, que muchos de los participantes pudieron ganar. De hecho, varios llegaron a ser ganadores en potencia. Sin recurrir al lugar común de "la ardua labor que tuvo que enfrentar el jurado", lo cierto es que ellos mismos reconocen abiertamente que sobraron los opcionados.
La directora del Museo de Arte Modemo, de Bogotá, Gloria Zea, el curado de la Bienal, Eduardo Serrano, el pintor Alvaro Barrios, el curador del Museo de Arte La Tertulia, de Cali, Miguel González, y los críticos Ana María Escallón, José Hemán Aguilar, y Luis Femanda Valencia fueron los elegidos para elegir.
Observar detenidamente 250 obras y analizar 44 propuestas no es sencillo. Sin embargo, sucedió lo que siempre se espera, pero lo que casi nunca se da: la unanimidad. Cuando el jurado consideró que el primer paso, el de la contemplación, se había dado, se sentó a deliberar.
Surgieron varios nombres. Se establecieron los opcionados. Las dudas aumentaron. Vinieron las votaciones . Al final, luego de decantar hasta el cansancio, sonaban cuatro nombres: María Femanda Cardoso, Pablo Van Wong, Consuelo Gómez y Roberto Sarmiento. Otros siete les pisaban los talones. Al final, un sólo nombre: María Femanda Cardoso, con siete votos.

IRREVERENCIA PREMIADA

El jurado consideró que esta artista "destacaba por su calidad, la coherencia de las piezas entre sí, su fuerte relación con el espacio y su intenso aspecto simbólico" . Se llevó el premio único. El público del arte llegó al Museo para contemplar su obra. La primera reacción fue una sorpresa general. Las miradas de los espectadores esperaban ver plasmada toda su creatividad en grandes pinturas o en ostentosas esculturas. Pero ella fue aun más original. Presentó una serie de "instalaciones" que escapan a cualquier clasificación tradicional. Son irreverentes, definitivamente innovadoras y con una enorme dosis simbólica.
A primera vista, ranas, lombrices, lagartijas, culebras y moscas muertas, dispuestas de manera armónica. Más cerca, una revelación el juego de la naturaleza, representada en estos animales, con elementos industriales como el alambre, para lograr un todo. Como el mundo de hoy. En el fondo, un conjunto de símbolos. María Femanda Cardoso quiso trabajar con ranas y con lagartijas porque ahí está su infancia. Iba en su búsqueda a las colinas de Suba o a los charcos del colegio. Eran, entonces, seres vivientes. Ahora, ella los ha mostrado como cadáveres. El sentimiento de pérdida queda identificado. La muerte y la ausencia llegaron hasta su estudio. El sacrificio era necesario para que pudieran alcanzar el nivel de seres sagrados. Lo mismo ocurría entre los chibchas y la artista no ha podido escapar a la magia precolombina. Si bien tuvo que aprender biología para realizar su obra, también se metió hasta el fondo de la historia. La mayor muestra es su "Corona para una princesa chibcha", realizada con lagartijas y alambre. Las ranas, por su parte, dispuestas en dos círculos que dan la idea de un cilindro, de una aplanadora, llegan para criticar la destrucción del hombre contemporáneo. El desprecio por la naturaleza. Su obra no es fácil de digerir. Quizás, por mucho tiempo, los coleccionistas preferirán las formas tradicionales. Pero ahí está precisamente su mayor mérito, en la valentra para romper cánones y hacer propuestas irreverentes.
La II Bienal de Arte de Bogotá estará abierta durante cuatro semanas. Los visitantes descubrirán que la apertura también llegó a la plástica. Hay pintura y escultura, por supuesto, pero también hay instalaciones, grabados, performances y una serie de obras tridimensionales que escapan a cualquiera de las categorías típicas. Para la muestra, algunos botones. Pablo Van Wong, uno de los destacados en el pasado Salón Nacional, utiliza la técnica del metal y el vegetal. Su obra es tan curiosa y apasionante como los títulos adoptados: "Disolventes como sudor son sus altos clamores", "...y el rey se acerca a su templo". El trabajo del detalle es vital. Si hay perfección en el conjunto -en los acabados-, cada fragmento genera nuevas posibilidades.
Una propuesta que toma algo de la pintura (en el caso de "Oscurecimiento de la luz") y algo de la escultura, pero que en el fondo es el resultado de una búsqueda propia muy depurada. Roberto Sarmiento se toma varios metros cuadrados del primer piso para impactar con una obra que toca lomás profundo de las fibras. La violencia vista con espanto. Una bolsa de polietileno que encierra un cuerpo, una cuota de la violencia, algo de la simbología egipcia y un detalle para confirmar la actualidad, la masificación, el anonimato: un código de barras en la etiqueta de un muerto sobre el que seguramente habrá qué investigar. "Desconocidos en su silencio", de Patricia Corredor, es un buen ejemplo de la escultura que quiere dejar de serlo. Su obra es una búsqueda de nuevas formas. De ahí que haya recurrido al hierro y a la tierra para elaborar su obra tridimensional: con ellos logra explorar sin inhibición para darle más fuerza al abstrato.

PROMEDIO VEINTITANTOS

Hay varios artistas que no necesitan presentación: Luis Luna, por ejemplo, que retoma los desastres de Goya y muestra nuevas posibilidades en la paleta; Carlos Eduardo Serrano con un manejo del color cada vez más impactante; Bibiana Vélez, considerada como una de las grandes promesas de la decada, y otros cuantos que ya han pasado por el termómetro de las galerías. A la cabeza de los reconocidos, Carlos Rojas invitado especial y considerado fuera de concurso. La serie de "Espacios comparados" vuelve a confirmar que es uno de los artistas más inquietos del momento interesado al máximo en la búsqueda de nuevos canales posmodernistas, sin perder el hilo de lo anterior, pero sin estancarse. Está en la Bienal, con corona espccial, seguramente como un reconocimiento a alguien que ha influido enormemente en las generaciones jóvenes.
Ellos son la excepción. El común denominador lo constituyen los nuevos artistas. Algunos exhiben su obra por primera vez, sin que esto le reste méritos al proceso de selección que adelantó el Museo de Arte Modemo . Por ende, hay grandes propuestas, casi todas en términos de abstracción. Y, ante todo, como asegura la propia anfitriona, Gloria Zea, "hay mucho talento. A pesar de la juventud que reina en la muestra, hay un gran profesionalismo. Hay vitalidad. La II Bienal es profundamente excitante... es una bienal viva. Se comprueba que hoy en día el idioma de nuestros artistas es universal. Sus obras están a la par con lo que se puede observar en París, Nueva York o Londres" .
Pero si la muestra merece grandes elogios, el montaje puede considerarse otra obra fuera de concurso. El responsable de la locura que significa disponer armónicamente 250 obras es el curador Eduardo Serrano. Por su oficio, pudo llegar hasta lo íntimo de cada propuesta. Su apreciación es palabra mayor: "Menos vanguardistas y más reposados, los artistas de la II Bienal, en vez de buscar como primera medida el cambio, buscaron la excelencia en cualquier estilo. Es muy clara la mezcla de tendencias que antes se consideraban irreconciliables. Abstracción y figuración, por ejemplo, se combinan con gran frescura. Las obras se ven ambiciosas, llamativas... realmente, de bienal. "

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