Miércoles, 18 de enero de 2017

| 1990/11/12 00:00

APOCALIPSIS NOW

Manolo Vellojín retoma los beatos del arte español y los traduce a un lenguaje abstracto.

APOCALIPSIS NOW

En 1985 dio su primera puntada.En medio de los motivos religiosos que siempre lo han atraído, se esbozaba lo que hoy es su gran tema:los beatos. Veinticuatro obras de esta serie -16 recientes y 8 de 1985 y 1986 constituyen la muestra que inaugura este jueves la Galería Garcés Velásquez, de Bogotá.
No era difícil, para uno de los pintores colombianos que ha trabajado con mayor énfasis los símbolos religiosos, que un encuentro con los beatos españoles de finales del primer milenio lo cautivara de una manera tan profunda.Para Manolo Vellojín fue como descubrir uno de esos grandes temas que el artista siempre espera para darle rienda suelta a sus facultades. Entonces, con la disciplina que lo caracteriza, decidió investigar a fondo la historia de los beatos. Hizo conexiones aquí y allá para obtener información. Se metió entre los libros, desempolvó biblias antiguas. Y cada vez se apasionaba más con ese motivo que había despertado toda su inspiración.
Considerados como la experiencia artística más relevante de la Alta Edad Media en España, se conoce como beatos a los dibujos elaborados para ilustrar los comentarios del Apocalipsis realizados por el sacerdote Beato de Liébana (incluido luego en el santoral católico). Dado que la lectura del Apocalipsis de San Juan era norma de precepto en la época, los textos interpretativos de Beato (éste era su nombre de pila) gozaron de tal aceptación que, según se comenta, llegaron a tener una difusión mayor que el propio capítulo evangélico. Durante casi tres siglos fueron obra de consulta permanente y, ante su protagonismo en las altas esferas, varios artistas de renombre fueron llamados para ilustrar con sus dibujos los pergaminos de los comentarios, de los cuales se sabe que reyes, príncipes, arzobispos y burgueses contaban al menos con una edición. Con el paso del tiempo, si bien el texto en sí de la obra fue perdiendo importancia, su contenido artístico cobró cada vez mayor significado y en la actualidad los pocos ejemplares que se conservan constituyen piezas de museo.
Los beatos llamaron la atención de Vellojín en dos sentidos. En el fondo, por su profundo significado religioso, por tratarse de imágenes que llegaron a convertirse prácticamente en símbolos, por haber surgido en una época de terribles tensiones en España, tras la ocupación de los moros. Y en la forma, por su composición típica, en la cual a pesar de lo destacado de la figura existe un claro fraccionamiento del espacio, una tendencia a la simetría y la presencia casi constante de elementos típicos como las cenefas mozárabes.
Una buena disculpa para que el artista barranquillero continuara con su serie de temas religiosos, después de los relicarios, las cruzadas, los palias, los escapularios y otros tantos que le han dado forma a su obra. Ahora, en las puertas del tercer milenio, con una visión moderna, ha traducido a su lenguaje abstracto esos beatos que fueron la sensación antes de que la humanidad arribara a los primeros mil años después de Cristo, cuando se pensaba que el Apocalipsis se haría realidad.
Manolo Vellojín acude a las formas geométricas trabajadas con exactitud, al milímetro, y su obra se convierte en un juego de líneas, de franjas, de espacios concéntricos con los cuales la imaginación del espectador puede llegar muy lejos. Para lograrlo utiliza sus colores tradicionales: negro, blanco, rojo, plata y oro, en tonos fuertes, con brillo.Por eso prefiere el acrílico. La tela, sin ningún tipo de preparación, tiene un importante papel en su pintura: marcar la pauta de la textura. El artista plasma sobre ésta delgadas capas de acrílico, de manera que la trama permanezca. Y para este caso, cumple al mismo tiempo otro propósito: dar la idea de antiguedad, la cual se reitera con los espacios en los que la tela ha quedado desnuda.
Resulta curioso observar un beato sin figura. Ni las bestias, ni las trompetas, ni los condenados, ni los caballos, ni las serpientes del Apocalipsis aparecen. No podrían aparecer, dado el tratamiento abstracto, en lo más profundo de su significado. Vellojín se interesó más en la estructura y logra una pintura de gran simbolismo. Como en una especie de ritual, la serie está trabajada alrededor de un único motivo pictórico, con variaciones mínimas en la ubicación de líneas y en la generación de espacios. La riqueza la aporta el color.
De cualquier manera, la presente exposición resulta oportuna para enfrentar el recurrente tema del Apocalipsis, recordado cada vez que la humanidad se acerca a una de esas fechas que parecen marcar un límite con el más allá.

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