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| 9/3/2001 12:00:00 AM

Apología de la invención

Umberto Eco regresa a los temas de la Edad Media.

Umberto Eco
Baudolino
Lumen, 2001
531 paginas

El primer capitulo de esta novela es una trampa. Al igual que las primeras 20 páginas de El nombre de la rosa, es deliberadamente difícil de entender en una primera lectura. Se trata de una sencilla prueba para despachar a los lectores impacientes y darles la bienvenida a los lectores perseverantes, quienes muy pronto encontrarán su recompensa: una narración fluida hasta el final del libro.

“Qué es esto”, se pregunta Nicetas Coniates, después de darle la vuelta al pergamino e intentar leer algunas líneas. Se trata del primer ejercicio de escritura de Baudolino, hecho cuando tenía apenas 14 años y no conocía el latín sino un burdo dialecto piamontés que ya no existe y que Umberto Eco inventa más como un divertimento que como un riguroso trabajo filológico.

Estamos en 1204, en Constantinopla, que acaba de ser invadida por las fuerzas de la cuarta cruzada, financiada por los venecianos para hacerse al control del Mediterráneo. Y Nicetas Coniates es un historiador, orador y logoteta de la corte bizantina, salvado por Baudolino del cruel asedio de los latinos para contarle la historia extraordinaria de su vida y con la esperanza de que Conianes, como cronista del imperio, pueda dejar registrada su gesta.

Baudolino es un campesino de la región de Frascheta Marciana, entre Génova y Mediolano. Desde muy joven demostró que tenía dos cualidades: una facilidad asombrosa para aprender otros idiomas y una gran capacidad para decir mentiras. Un día de 1154 encuentra a un viajero perdido en la niebla. Parece ser alemán y un hombre muy rico. Baudolino logra entenderse con él, lo lleva a la casa de sus padres, le da posada y comida. El viajero, impresionado con su inventiva, lo compra a sus padres y lo lleva consigo como hijo adoptivo. Era nada menos que Federico I de Hohenstaufen, emperador del imperio romano-germánico, más conocido como Federico Barbarroja.

El libro que tenemos entre manos es, entonces, la saga heroica y cómica de Baudolino, Federico Barbarroja y otros compañeros de distintas nacionalidades en busca del reino cristiano de Preste Juan, el Paraíso Terrenal, ubicado en algún lugar de oriente, según la noticia de algunos viajeros. Es la Jerusalén celeste del Apocalipsis y el Templo del Libro de los Reyes. Por supuesto que Baudolino será el gran gestor de este mito y de la carta apócrifa en la cual Preste Juan describe su reino. Se irán en busca del reino legendario —Federico muere en un aparente asesinato que dará lugar a algunas conjeturas— y empezará un viaje increíble con amores y aventuras.

Baudolino, como El nombre de la rosa, incursiona en la Edad Media, pero de una forma distinta. Esta se refiere al mundo monástico y a las disputas internas de la Iglesia; es culta y de estilo elevado. Aquella, en cambio, habla del mundo de las leyes, de la corte de Federico Barbarroja, de las peleas entre el imperio y las ciudades italianas agrupadas en ‘la comuna’, de la batalla de Legnano y las cruzadas; es popular y de estilo bajo. Su lenguaje es el de los campesinos de la época y de los estudiantes parisienses “que hablaban como ladrones”. El latín, salvo algunas palabras, aparece muy poco. Bien podría llamarse una novela picaresca.

Mientras Constantinopla arde en llamas, Baudolino, un personaje de ficción, narra su vida a Nicetas Coniates, un personaje que en realidad existió y llegó a escribir una crónica sobre esos días. Narra oralmente porque, salvo su “primer ejercicio de escritura”, ha perdido todos los pergaminos en los que día a día, relataba la historia de su vida. Llegó incluso a plasmar su relato sobre los pergaminos donde Otton de Frisinga, tío de Barbarroja, escribía Historia de Dubaus Civitibus. Había borrado una versión de la historia para escribir la suya. Como Umberto Eco, que en esta novela reescribe la Edad Media y nos propone mirar la historia como un interminable juego de palimpsestos.
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