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| 8/13/2011 12:00:00 AM

Aquellas pequeñas cosas

Trece mujeres cuentan su vida y le dan un sentido a través de objetos cotidianos.

Artículos propios

Julio Paredes

Alfaguara, 2011

214 páginas

Trece mujeres y trece objetos comunes son los protagonistas de estos relatos. Una pañoleta, que sirve para evocar a la madre perdida en la infancia, en circunstancias increíbles: desapareció en el truco de magia de un circo ruso; una vieja máquina de escribir Corona que Ruth, necesitada de afecto y de compañía, le regala a su vecina Sandra; una botella de ginebra que ayuda a esperar a un amante real o imaginario en un hotel por horas; un reloj sustraído sin motivo aparente de la habitación de un muerto; un anillo para homenajear a la persona que nos marcó el camino; una linterna salvadora en la noche de los machos; un acordeón que nunca más será tocado; una pulsera inútil ante un amor que muere; un televisor que muestra la lucha infructuosa de la memoria; un encendedor que simboliza la piedad; una cruz que no simboliza nada: es el crudo y puro fanatismo; un andamio para la belleza que jamás será vista y una foto como colofón de tantos recuerdos perdidos.

Se podrá decir cualquier cosa de este libro menos que los cuentos no tienen unidad temática y de estilo: todos miran para el mismo lado con el tono preciso y creíble de mujeres solitarias, viejas, cansadas, humilladas, miedosas, acosadas, desenamoradas. El paso del tiempo, los hombres, la violencia o el destino chambón fueron sus enemigos. Han perdido pero no están derrotadas del todo. Les queda cierta dignidad, cierta esperanza. Tal vez ahí reside el encanto de estas narraciones y su indudable valor literario. Hay algo conmovedor en la forma en que conocemos sus intimidades, sus pensamientos, fragmentos claves de su vida. Ellas existen en su opacidad o, simplemente, existen. La mujer que tomó el reloj finalmente lo devuelve y encuentra un significado a sus actos: "No sería feliz del todo, contrario a lo que le prometía la ranita que David le entregó, pero se dejaría llevar por la marcha de este nuevo mecanismo que, como un reloj insólito, la despertaba del letargo sin asustarla". La mujer del anillo ve a su maestra convertida en una piltrafa humana, pero nadie -ni la enfermedad ni la muerte- le podrá quitar lo que ella le enseñó: "Reconocí entonces en sus palabras, mientras trataba de asimilar la belleza visual que convergía en este rincón, con los rayos del sol cada vez más oblicuos sobre la superficie del mar, y en la última tarde de este siglo, el eco y la fuerza del aliento que me abrió el mundo como ningún otro".

Que estas mujeres y las tramas en las que se ven envueltas sean sencillas no significa que estemos ante una narrativa sin complejidad. Cada uno de los cuentos tiene un final ambiguo, elusivo, que invita al lector a participar activamente en su interpretación. La pañoleta puede ser un cuento fantástico, pero también puede ser leído en clave realista: la madre escapó con el circo y la versión que conoce la niña es falsa, la inefable mentira piadosa sobre la que se edifican los mitos familiares. ¿Nora conseguirá romper el yugo del pavoroso fanático religioso con el cual acaba de casarse? ¿La máquina de escribir que recibe Sandra es un elemento liberador o una maldición? "Se le ocurrió que si alguien se sentara ahí, al frente, y acomodara un papel blanco en el bolsillo, podría idear también las dichas y las desgracias que ella no había vivido, todas las otras cosas que pudo haber sido y deseado, un mundo con hijos o un amor constante; escenarios paralelos, tal vez tan legítimos como los que formaron y aún formaban su vida". Siempre resulta grato encontrar literatura que nos proponga la ambigüedad, esa inminencia de una revelación que nunca se produce y que según Borges es el hecho estético. Y lo es porque cada vez más nos encontramos con lo contrario: la literalidad, que prescinde de los lectores activos y de la interpretación.

Al igual que la canción de Serrat, este hermoso libro nos habla de aquellas pequeñas cosas que compraron tiquete de ida y vuelta. Que no se las llevó el viento ni la ausencia y están ahí, como guijarros que se salvaron -y nos salvan- del naufragio de la vida.
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