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| 11/18/2006 12:00:00 AM

Arquitectura y paisajes

Una muestra en Bogotá del fotógrafo brasileño Caio Reisewitz, luego de su paso por Photo España y la Bienal de Venecia, Italia.

El trabajo del artista brasileño Caio Reisewitz (Sao Paulo, 1967) se inscribe en la llamada fotografía documental. Le interesa, ante todo, registrar paisajes y espacios arquitectónicos vacíos donde no hay presencia humana, aunque en ellos se intuya la mano del hombre, su paso por esos lugares. Anteriormente sí había hecho retratos de personas.

Aunque ha trabajado con fotografía digital, ahora prefiere recurrir a los métodos más arcaicos donde no exista la mínima intervención del artista en el proceso. Sólo quiere registrar, no busca alterar nada después de la imagen captada. Tampoco quiere denunciar ni ponerse desde un "lado bueno" o un "lado malo". Toma distancia. Sus fotografías simplemente muestran lugares tal y como son: desde basura acumulada que parece tener un orden estético preconcebido, hasta las construcciones de arquitectos de gran reconocimiento como Óscar Niemeyer. El uso de grandes formatos ayuda a que nos aproximemos con más facilidad a estos espacios tomados en diferentes lugares de Brasil. Prefiere los planos abiertos a los detalles, aunque también los hay.

En la exposición que se acaba de abrir en el teatro del Centro Antonio Nariño, de Bogotá, justo enfrente de Corferias, el espectador se encontrará con dos series que él quiso agrupar bajo un solo nombre: Utopías amenazadas. Para él, Brasil es, ante todo, una utopía. La primera serie la conforman cuatro fotografías que aluden a lo que el propio artista llama Los interiores de poder. Dos de ellas son sobre el Pabellón Ciccillo Matarazzo, que ha servido de escenario de la bienal de Sao Paulo, un centro donde confluyen artistas y curadores de todos los países del mundo y que es una plataforma de mucha importancia para la plástica. Sólo que en las fotografías de Reisewitz no hay nada ni nadie. Ni obras, ni artistas; sólo la arquitectura. Justo al lado hay una que registra el largo corredor verde en el Palacio Itamaraty, de Rio de Janeiro, diseñado sólo para que camine el Presidente. La cuarta es La Iglesia de San Francisco de la Penitencia, también en Rio, en un estilo barroco, en la que predomina el oro y en donde hay alguna referencia a esa imposición estética que se vino con la llegada de los portugueses a Brasil siglos atrás. Los cuatro espacios representan el poder en las artes, la religión y la política. Con esta idea estuvo presente en la pasada Bienal de Venecia con registros de interiores de bibliotecas y otros lugares que él escoge con antelación y a los que después llega con su cámara. Antes que el azar, hay toda una disposición a captar la imagen que quiere y como la quiere, sin importar el tiempo que le tome.

El segundo momento de la exposición hace parte de La reforma agraria, un trabajo de un poco más de tres años de investigación en zonas rurales de Brasil. Son paisajes donde se siente la presencia humana, aunque sólo se vea, a la sumo, una que otra vaca. Las más evidentes permiten ver especies de cambuches, de casas improvisadas sobre potreros, y que por unas horas han servido de refugio de familias que por diferentes razones se han quedado sin hogar. El Estado los destruye constantemente antes de que se conviertan en barrios de invasión. En el trabajo de Reisewitz está esa sutileza de simplemente mostrar esos cambuches, desde afuera, pero dentro de un paisaje natural. El contraste entre lo bello y lo artificial, pero con toda la dimensión social que hay detrás sin que se vea el rostro de una persona. En otras se ven campos arrasados por el fuego, y en otras -la mayoría- la aparente belleza que siempre parece ligada a la palabra paisaje. Sus fotografías, como registro, consiguen que esos espacios vacíos, deshabitados, nos inviten a pensar mucho más allá de lo que es visible en ellas. Ahí está la emoción que parece controlada por el simple registro que propone el artista. Es pensar en lo que pasó y lo que vendrá después, en medio de la imponencia de una naturaleza que no podrá ser ajena al hombre.
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