Sábado, 10 de diciembre de 2016

| 1986/01/27 00:00

ARTE CON UNA SALVEDAD

El año 85, un año productivo en el campo de las artes plásticas

ARTE CON UNA SALVEDAD

En la escala del arte, el año que se cierra transcurrió con una relativa independencia de muchos otros acontecimientos del escenario nacional. Mientras en el país languidecían las actividades financieras, descendían los índices de ocupación y aumentaban los de la criminalidad y la violencia para terminar con el signo trágico de eventos por todos conocidos, las actividades artísticas ocurrieron, más que normalmente, con una notable intensidad, y no sabe uno si atribuirla a la relativa indiferencia de los artistas, o del mismo sistema que ha aprendido a producir arte independientemente de los derroteros generales del país. Arte que se da automáticamente, como asunto de decoración, buen gusto, banalidad, esnobismo, y falta del propósito de involucrarse con cierto tipo de preocupaciones. En estos términos, y comenzando de atrás hacia adelante, no tiene nada de raro que el año artístico se haya cerrado con espectacular rumba, gran coctel en el Museo de Arte Moderno, para inaugurar su nueva sede, a escasas tres semanas de la inmensa tragedia de Armero y Chinchiná, y a menos de un mes de los acontecimientos del Palacio de Justicia, hechos que enlutan la nación colombiana. Coctel, el de marras, al cual asistió "todo" el mundo; evidencia de la voluntad de manejar el arte como espectáculo y sumarlo a los recursos de "pan y circo" con que se trata de ocultar el drama de la situación actual; voluntad de manejar el arte como un evento extraño, independiente, pensando todavía, quienes mueven la escena, que el arte y lo estético pertenecen a una categoría autónoma de formas y condiciones plásticas, con leyes particulares que no se rigen por otras circunstancias. Esto representa una manera de pensar que tiene mucho arraigo, pero cada vez más se abre paso la opinión contraria que entiende al arte ligado a inmediatas ocurrencias.
Así pensando, puede mencionarse una serie de obras que recogen algo de la inquietud del momento colombiano. Por ejemplo, la producción reciente de Bernardo Salcedo, mostrada en el Salón Cultural de Avianca en Barranquilla, y en la FIAC de París, en la cual unos mares procelosos fabricados con secciones de sierra sin fin, alojan a la figura inerme de un nadador que en acto desesperado procura no hundirse entre las afiladas ondulaciones que lo amenazan. Así mismo, la obra de Beatriz González expuesta en la Galería Garcés y Velásquez, logró rebasar el poco recato estético que aún le quedaba para entrar en un territorio donde la radicalización de su propuesta la ha llevado a producir algunas de las "más malas" obras del arte colombiano. Y ello tiene que ser entendido como renuncia a consideraciones de belleza visual, armonía, agradabilidad, etc., todas ellas sacrificadas en favor de la inclusión de referencias a la inoperancia, y a la violencia brutal que ayudan a reconocer el sitio y su condición. En esos mismos términos reviste gran interés la obra reciente de Santiago Cárdenas, que también fue mostrada en la FIAC y en la que se han comenzado a superponer, dentro de un mismo cuadro, varias realidades distintas entre sí, desde la gestualidad del expresionismo en el fondo del cuadro hasta el realismo exacerbado y casi chocante sobre el plano pictórico. Esas tremendas contradicciones y superposiciones; esa falta de unidad en el discurso, que sin embargo se fundamenta en una tremenda claridad intelectual, hacen que esta obra también sea de las pocas en el país que, sin caer en referencias anecdóticas ni en la ilustración, funcione como caja de resonancia de las actuales horas. Esta categoría no estaría completa sin la inclusión en ella de la producción más reciente de Eduardo Ramírez Villamizar, mostrada individualmente en el Museo de Arte de la Universidad Nacional, y como último capítulo de su magnífica retrospectiva en las salas de la Biblioteca Luis Angel Arango. Allí, las piezas que dentro de su producción tradicionalmente habían tenido un marcado clasicismo y elegancia; esa especie de irrealidad que las volvía prototipos absolutos de ideas especificamente artisticas, han sido sustituidas por otras esculturas, hechas con metal oxidado que se refieren a una arquitectura patética y abandonada, como es la de Machu Picchu, para traer a colación, por inferencia, cierto tipo de preocupaciones que hacen adivinar una propuesta oracular.
Y también en esos mismos términos dialécticos y relacionales, hay producciones artísticas entre nosotros que cada vez se banalizan más, así como las actitudes de ciertas instituciones que pretenden situarse por fuera de los conflictos del país.
Pero es mejor anotar que se celebraron muchas exposiciones individuales, entre las que se destacan la de Nijole Sivickas en la Galeria Santa Fe de Bogotá; la de Santiago Medina en la Galeria Negret; la gran individual de Soto en Garcés y Velásquez, la del español Juan Genovés, con angustiados paisajes urbanos, en la Galeria Quintana; la muestra totalizante de la obra gráfica de Roda en el palacio de la Municipalidad de Barcelona, y colectivas tales como el Salón de Arte Joven Marta Traba, del Museo La Tertulia de Cali; Once Nuevos Antioqueños en la Galeria Finale y el Salón Rabinovitch, ambas en Medellín: Once Artistas Vallecaucanos y la colectiva de obras gráficas de Cartón de Colombia, ambas en el Museo Nacional. En esa misma sede se celebraron simultáneamente el Salón Nacional y la retrospectiva de Alejandro Obregón. El Nacional era Salón poblado por incoherente conjunto de obras, escogidas por distintos jurados en seis salones regionales. Sin embargo, algunos nombres se destacaban por la seriedad de sus propuestas: Ronny Vayda con trabajos herméticos en hierro y vidrio; Carlos Salazar con su figuración inquietante de excelente factura y de múltiples posibles lecturas, gracias a la riqueza de sus referencias; Gloria Matallana con escenas de realidad urbana actual entre nosotros, a las cuales llega con una técnica especificamente desarrollada para tal fin, Ernesto Jiménez con un magnifico teléfono cubierto por un trapo todo hecho en marmol; Vicente Matijasevic con grabados a partir de planchas de cemento que aluden a nuestro origen nacional en el pasado precolombino y la Conquista, y varias figuras jóvenes más, todo ello en el mismo Museo, al tiempo con la desordenada muestra de Obregón en el segundo piso. En ella la produccion de los últimos cuarenta años fue presentada en un lamentable batiburrillo que disminuye la posibilidad del público para entender la importancia que tuvo Obregón en la apertura y actualización de la pintura moderna colombiana. Pero esos fueron otros tiempos; la obra reciente indica la inclinación a cuadros fáciles y bonitos en el peor sentido del término, con colores estridentes e ideas que, como el Icaro que ha pintado, parecen haber caído para no volver a levantar vuelo.
También debe mencionarse la colectiva de los artistas jóvenes colombianos que viven y trabajan en Nueva York, quienes, sobre todo los pintores, integraban un conjunto magnifico; la muestra de tres maestros latinoamericanos (Santamaría, Figari y Reverón) en la Luis Angel Arango, como uno de los puntos culminantes del año, así como la muestra póstuma de Guillermo Wiedemann, en la misma institución, con un nivel impresionante de interés, claridad y seriedad.
En lo que se refiere al espacio público, se distinguió positivamente la exposición "Historia de la arquitectura en Colombia", que por primera vez recopiló lo arquitectónico para dar el retrato edilicio del país. Y fueron dos los edificios que se comportaron como canallas durante el año: uno, evidentemente, es el Palacio de Justicia, que por su encerramiento antiurbano, ofreció las condiciones para convertirse en macabra fortaleza, y el otro es la sede del Museo de Arte Moderno de Bogotá, también cerrado, desvitalizador de sus sectores circundantes, que sacrifica su exterioridad para lograr una serie de exquisiteces espaciales internas, que automonumentalizan al arquitecto, a expensas de dificultades museológicas. Allá adentro, y con motivo de la inauguración de la sede, se ve la exposición "Cien años de arte colombiano". Ella recoge los conocimientos que ya se tenían sobre los creadores nacionales desde hace un siglo hasta unos doce años, aproximadamente, y a partir de esa última fecha procede a dar una miope definición del arte joven del país, con base en la inclusión o no de los artistas en el Salón Atenas y aledaños eventos seudoconceptuales, no objetuales y demás canales desfasados. Se exime así el Museo de tener que conocer y afrontar la riquísima producción de muchísimos jóvenes que en todas partes del país, a través de salones regionales, nacional y de arte joven, y también a través de muestras individuales, nos reiteran la importante reserva de la creatividad colombiana. Esa reserva, claramente, no ha sido incluida en la exposición del MAM. Por fuera de la misma, y del Museo, también queda, debido al esnobismo de sus orientadores, la gran experiencia estética y creativa del país durante los últimos 50 años, cual es la construcción multitudinaria, popular de nuestras ciudades, así como la transformación constante de utensilios y herramientas, entendidos en el sentido más amplio de la palabra, al añadirles nuevos usos y significados por medio de gestos plásticos que inundan de vigor a nuestra verdadera cultura.--
Galaor Carbonell

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