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| 6/27/2015 10:00:00 PM

Arte nazi: exhibición o condena

Un año y medio después de una búsqueda detectivesca, la Policía alemana encontró un fortín de obras diseñadas exclusivamente para Hitler. ¿Qué hacer con ellas?

A finales de mayo reaparecieron los caballos de bronce que por décadas adornaron la entrada a la Cancillería del Tercer Reich en Alemania. Las majestuosas piezas, esculpidas por el simpatizante nazi Josef Thorak, habían sido vistas por última vez en un campo de deportes de un cuartel militar soviético en 1986 y, desde entonces, se creía que habían sido destruidas durante el proceso de reunificación germana.

Sin embargo, las alarmas se encendieron hace año y medio cuando en septiembre de 2013 una mujer alemana, que había sido informante de la Policía, reportó a las autoridades que un sospechoso consultor de arte le ofrecía Caballos en movimiento y otras preciadas piezas de la era nazi por valores superiores a los 3 millones de euros. Para identificar su paradero, la Policía berlinesa acudió al reconocido detective Arthur Brand, dedicado exclusivamente a desmantelar redes de tráfico de arte, quien en 2014 desató un escándalo mediático al revelar que la reina Juliana, de los Países Bajos, habría comprado obras arrebatadas por los nazis a los judíos.

Brand, haciéndose pasar por un ambicioso coleccionista norteamericano de apellido Moss, contactó a los traficantes denunciados por la mujer y resolvió el misterio de los caballos de manera novelesca. Luego de meses de llamadas telefónicas y medidos intercambios de correos con los sospechosos, en el sótano de la imponente propiedad de un hombre de negocios alemán, ubicada en la ciudad de Bad Dürkheim, encontraron los equinos de bronce y cinco obras más –dos figuras femeninas, dos masculinas y un monumental relieve en granito– que en noviembre de 1943, luego del tercer gran bombardeo de los británicos sobre Berlín, habían sido resguardadas por orden del führer en la vecina región de Oderbruch. En la casa de un coleccionista en Kiel, al norte del país, también logró recuperarse una obra aparentemente original del escultor predilecto de Hitler, Arno Breker, llamada El Ejército.

Ahora los ocho sospechosos que arrojó la investigación de Brand, cuyas edades fluctúan entre los 64 y 79 años, están detenidos. Las piezas, que en algún momento fueron cruciales para el ambicioso sueño hitleriano de refundar Berlín y convertirla en la capital del mundo bajo el nombre de ‘Germania’, reposan en un depósito policial mientras culmina la investigación y, legalmente, pertenecen al gobierno alemán.

Comprarlas o venderlas es ilegal pero su destino es todavía más incierto; si bien muchos museos añorarían exhibirlas como documento histórico, hacerlo tocaría fibras sensibles, las víctimas podrían argumentar que están siendo revictimizadas u otros simplemente se abstendrían de tener bienes del führer para evitar tensiones políticas. ¿Qué hacer entonces con el arte nazi? ¿Es insultante exhibirlo? ¿Debería ser destruido?

El crítico de arte Hamal Badawi, consultado por SEMANA, afirmó que esconder las obras incautadas sería un grave error, ya que lo problemático del asunto no son las piezas sino el contexto en que se expongan. “Sería deseable que los museos alemanes que muestren estas obras (si es que hay espacio de exhibición en los atestados museos de ese país), las sitúen en una curaduría crítica, en su debido contexto histórico y político, una curaduría que proponga una reflexión sobre la memoria y las formas en que el arte puede ser capturado por el establecimiento más radical”, dijo Badawi. Destruirlas, piensa él, equivaldría a caer en el mismo juego de Hitler cuando a finales de los años treinta ordenó quemar varias obras expresionistas y abstractas, muchas de artistas judíos, por considerarlas arte “degenerado”.

Por su parte, el museólogo de la Universidad Nacional William López advirtió que cualquier obra de arte u objeto patrimonial vinculado a hechos violentos es susceptible a varias interpretaciones, por lo que todo depende del contexto en que sea exhibido. A su modo de ver, interpretar las piezas encontradas como el componente iconográfico del proyecto imperialista nazi, y específicamente del plan arquitectónico de ‘Germania’, es solo una manera de hacerlo: “Dentro de la historia del arte podrían ser vistas de una manera, desde la perspectiva económica de otra, desde la historia artística de otra, e incluso uno podría decir que sería muy interesante verlas en una exposición sobre sexualidad, o en otra de arte y propaganda ideológica”.

Así mismo, sobre la posible revictimización de las comunidades violentadas por el régimen nazi, López cree que en una sociedad como la alemana va a ser muy difícil que alguien lea, interprete y exponga esas piezas de tal forma que revictimice o violente a las comunidades afectadas, principalmente por el contexto político, jurídico y de sanción social que se ha tejido a nivel mundial en torno al tema. Si eventualmente eso llegara a ocurrir, la crítica sería tan contundente que la exhibición jamás saldría al público.

Sin duda, el valor histórico de estas piezas y el interés artístico que despiertan son innegables. El reto está, entonces, en decidir qué hacer con ellas, ya que en palabras de Badawi: “Alemania, un país que se precia de pertenecer a la tradición intelectual más liberal de Occidente, no puede permitirse destruir u ocultar ningún objeto con valor cultural por más oscuro que sea su pasado”.

Para no ir tan lejos


En marzo de 2001 la entonces directora del Museo Nacional, Elvira Cuervo, dijo que la característica toalla de alias Tirofijo podría incluirse en la colección de la institución como testimonio de la guerra en Colombia. Los señalamientos y reclamos de la opinión pública no se hicieron esperar. Cuervo recibió cartas y amenazas donde la tildaban de simpatizante de la guerrilla y reveló jamás haber sido tan vilipendiada como en esa ocasión. Aunque en el caso colombiano las Farc no han tenido una tradición artística por la naturaleza misma de la guerra de guerrillas y su geografía, en un contexto de posconflicto la exhibición de los objetos distintivos de estos y otros protagonistas de la violencia en el país sin duda generaría polémica.

Churchill le gana a Hitler

A los dos grandes protagonistas de la Segunda Guerra Mundial les gustaba pintar. Setenta años después, los cuadros del vencedor se venden diez veces más caros que los del perdedor.

La semana pasada se subastaron en Alemania 14 acuarelas y dibujos pintados por Adolf Hitler en su juventud, cuando soñaba con estudiar en la prestigiosa Academia de Bellas Artes de Viena. De acuerdo con la información publicada por la agencia Deutsche-Presse las obras se vendieron por 440.000 dólares, una cifra bastante baja si se tienen en cuenta los exorbitantes precios que se manejan en el mercado del arte.

Mientras un comprador chino anónimo pagó 113.000 dólares por el cuadro más caro del führer, hace un par de meses Christie’s vendió Pescados en estanque en Chartwell de Winston Churchill –uno de los más importantes rivales de Hitler durante la Segunda Guerra Mundial– por 3 millones de dólares. La diferencia de precios –explican los especialistas de esta casa de subastas– no se debe solo al papel histórico que cumplieron ambos personajes. Churchill pintaba mucho mejor que Hitler.

Los paisajes con aire impresionista del inglés son mucho más armoniosos que los del alemán, y la profundidad de la imagen carece de los errores de perspectiva en los que cae el führer. En varias ocasiones este último no supo pintar bien las líneas de una casa y, por consiguiente, el edificio parece descuadrado. Además, las acuarelas del alemán suelen ser bastante kitsch pues, en vez de capturar momentos de la vida cotidiana –como hacían por ejemplo los impresionistas por esos años–, el líder nazi se dedicaba a copiar postales viejas que encontraba por la calle.

Hitler llegó a Viena a comienzos del siglo XX con poco más que una caja de acuarelas y el deseo de convertirse en uno más de los prestigiosos artistas –entre ellos Gustav Klimt y sus discípulos Egon Schiele y Oskar Kokoschka– que por esa época imponían tendencia en la capital del imperio austrohúngaro y en el mundo. Pero Hitler nunca pudo hacer parte de la Belle Époque vienesa. La Academia de Bellas Artes le cerró sus puertas y tuvo que contentarse con vender sus acuarelas en la calle.

Churchill, en cambio, nunca aspiró a ser artista. Pintar era para él un pasatiempo al que le gustaba dedicarse en su tiempo libre y que lo relajaba. Como la Segunda Guerra Mundial le dejó poco tiempo para dedicarse a una de las actividades que más le gustaban, la mayoría de sus cuadros son de antes y después del conflicto.

Unos especialistas de arte han concluido que la habilidad del inglés y la mediocridad del alemán tienen mucho que ver con la personalidad de cada uno. Hitler no pintaba bien el cuerpo humano porque carecía de compasión, dicen. Pero esta conclusión es errada. La destreza artística no está reservada a los hombres de bien. Lo que ocurre simplemente es que hay unas personas que pintan bien y otras que no. Además, en perspectiva es muy difícil ver los cuadros de estos dos hombres de manera objetiva.
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