Miércoles, 7 de diciembre de 2016

| 2000/05/15 00:00

Bach, más vivo que nunca

Doscientos cincuenta años después de su muerte la humanidad le rinde homenaje a uno de sus más grandes genios.

Bach, más vivo que nunca

La última obra de Bach, El arte de la Fuga , quedó inconclusa. ¿Hizo 1.080 composiciones? No. Apenas se conserva la mitad de lo que escribió. El kantor de Leipzig, el ‘Quinto Evangelista’, escribió por ejemplo cinco versiones diferen tes de la Pasión y apenas las según Juan y Mateo existen hoy. ¿Qué ocurrió?

El más grande compositor de todos los tiempos murió ciego en Leipzig el 28 de julio de 1750 a los 65 años. Sepultado en el cementerio de la iglesia de San Juan su tumba fue olvidada, luego los restos fueron exhumados en 1950 y trasladados a la catedral de Santo Tomás. La herencia se repartió entre su viuda y nueve hijos que sobrevivían. El listado de bienes no relaciona manuscritos: 19 instrumentos, 80 libros religiosos, dinero efectivo, participación en una compañía de minas, vajillas de plata, objetos de cierto valor y enseres domésticos. Los manuscritos se repartieron entre su segunda esposa, Ana Magdalena, y los hijos mayores, Carl Philipp Emanuel y Wilhelm Friedmann. Ella entregó parte a la Escuela de Santo Tomás a cambio de un permiso para permanecer allí un tiempo, Carl Philipp Emanuel cuidó lo suyo, que básicamente reposa en la Biblioteca de Berlín. Friedmann regaló, vendió y, finalmente arruinado, subastó el resto en 1774.

Sorprende, pero se entiende a la luz del siglo XVIII. Porque Bach no fue un hombre históricamente importante ni un innovador, requisitos indispensables para sellar un buen pasaporte a la historia. Pero fue la cumbre del barroco tardío.

En su tiempo fue considerado —hasta por algunos de sus hijos— obsoleto y reaccionario. La irradiación de su arte fue limitada porque su obra profana era infinitamente más difícil que la de cualquiera de sus contemporáneos y la sacra fue concebida para el rito luterano. Además dos de las formas que cultivó, la cantata y el oratorio, entraron en decadencia y no existía aún el rito de los conciertos con música del pasado. Fue un músico reconocido pero en manera alguna famoso.

Hasta el 11 de marzo de 1829 cuando Félix Mendelssohn dirigió la Pasión según San Mateo en la Singakademie de Berlín: el siglo XIX permitía y deseaba la añoranza del pasado y la Pasión dejó la iglesia y triunfó en la sala de concierto. Después se creó la Bach-Gesellschaft para publicar su obra. Para los alemanes del siglo XIX descubrir un genio de su estatura fue un elemento trascendental en la afirmación de su nacionalidad. Pero la influencia de Bach en compositores como Mozart, Haydn, Beethoven y Schubert fue mínima. Como dijo Albert Schweitzer: “Bach es un punto final. Nada proviene de él, simplemente todo conduce a él”.

En materia interpretativa ha corrido mucha agua bajo el puente: Mendelssohn usó un coro de 158 voces, relativamente modesto para la época, pero seis veces más numeroso que el utilizado el Jueves Santo de 1724 en la iglesia de Santo Tomás en el estreno.

La búsqueda de la fidelidad bachiana es una obsesión. Casi todo resulta discutible, o por lo menos alguien lo pone en tela de juicio. Muchos coinciden en aceptar que Bach es inalcanzable. Otros aceptan que apenas tratan de establecer condiciones objetivas (instrumentos de época, por ejemplo) para aproximarse a él.



Bach: el antiheroe

El romanticismo quiso un Bach novelesco, con resultados desalentadores. Porque no hay material para una historia apasionante. No como Vivaldi, el sacerdote pelirrojo que jamás oficiaba alegando razones de salud mientras hacía giras internacionales de años. Carlos Gesualdo, príncipe de Venosa y del Madrigal asesinó a su esposa. La vida de Mozart fue una novela desde que subió por primera vez al pianoforte. Beethoven quedó sordo y fue muy infeliz. Schumann se volvió loco e intentó suicidarse. Liszt llegaba a las ciudades en un carruaje tirado por caballos blancos. Chopin era expatriado, padecía tuberculosis y se enamoró de Georges Sand.

De la vida privada de Bach se sabe poco. Ni siquiera de su apariencia física, pues el retrato de Haussmann de 1746 fue retocado y es más fiel al estilo del retratista que a Bach.

Casi no dejó cartas personales: “Con sus numerosos encargos apenas tenía tiempo de despachar la correspondencia más urgente”, dijo Carl Philipp Emanuel en 1775. Lamentable porque con la correspondencia se humanizaron los genios que el romanticismo tergiversó: la escatología de Mozart, la obsesión de Beethoven con el servicio doméstico...

Apenas hay una imagen romántica: Bach niño copiando clandestinamente a la luz de la luna el libro de teclado de su hermano Johann Christoph, éste se enteró “y se enfadó tanto que confiscó la música que tanto esfuerzo le había costado copiar”.

Pero fue el más importante compositor de la más extraordinaria dinastía musical de todos los tiempos. Hijo, nieto y bisnieto de compositores, más que una familia, los Bach eran un clan, se visitaban, se protegían, se defendían, gustaban de los matrimonios en familia y, sobre todo, se recomendaban para los empleos musicales.

Por eso recibió una formación tan sólida. Huérfano a los 9 años, quedó bajo el cuidado de su hermano Johann Jacob. Su vida se desarrolló sucesivamente en Lüneburg, Weimar, Arnstadt, Mülhausen, Köthen y Leipzig y su obra se adaptó a las exigencias de las circunstancias; así el período en la corte de Köthen se refleja en una producción prioritariamente profana, y los años de kantor en Santo Tomás en Leipzig por la sacra. Pero estas son apenas generalidades.

Se casó en dos oportunidades, primero en 1707 con su prima María Bárbara, con quien tuvo siete hijos; viudo, contrajo de nuevo con Ana Magdalena, quien le dio 13. Se piensa en él como adusto, profundamente religioso y consagrado casi por entero al servicio de Dios. La historia moderna lo ve diferente: hospitalario, afectuoso, generoso, gustaba del vino, la cerveza y una buena pipa. Al fin y al cabo, como escribió Malcolm Boyd, “un hombre que tuvo 20 hijos no debía ser indiferente a los placeres sensuales”.

Hasta el Bach dedicado casi exclusiva y obsesivamente al servicio de Dios está en tela de juicio. Nadie discute que fuera un creyente devoto y un convencido sincero del luteranismo ortodoxo de su familia, pero hay escepticismo con las teorías de simbolismos teológicos que sostienen que “una invención a tres voces es expresión de su creencia en la crucifixión de Cristo y en la redención”. Hoy se prefiere decir que lo guiaba la necesidad de hacer las cosas con la mayor efectividad y afectividad posibles.

No hay más en su biografía, una vida marcada por la música que carece de los elementos que el romanticismo rubricó como la marca de fábrica de los grandes personajes. En el sentido decimonónico Bach fue un antihéroe.

Bach musical

Para aproximarse al músico hay teorías de todo orden. Unas más complejas que otras. Hay quienes aseguran que como su obra está regida por las matemáticas, su esencia hay que buscarla en el simbolismo de los números, con diversos niveles de complejidad; por ejemplo las 11 repeticiones de la Fuga del Preludio Coral. “He aquí los 10 mandamientos”, “representan los apóstoles y excluyen a Judas”. Esto se ha prestado a la especulación.

Otra teoría, más compleja, trata de explicarlo a través de la gematría, en la cual cada letra tiene un valor numérico que se aplica al número de notas o compases de un pasaje, por lo que la música contiene un nuevo significado más allá de la audición, con las implicaciones cabalísticas que de ahí derivan. En este aspecto se dice que ha habido más entusiasmo que rigor.

En lo cronológico, hay quienes prefieren organizar su obra de acuerdo con las ciudades donde vivió. Esto proporciona orden, evidencia tendencias, pero resulta francamente impreciso pues no resuelve la manera tan distinta como en el mismo momento diferencia estilísticamente lo profano de lo sacro, por ejemplo.

Otra tendencia, que goza de cierta aceptación, organiza su corpus musical con fechas: 1713 y 1739-40. Hasta 1713 su obra se nutre de la música alemana del siglo XVII y de un compositor extranjero: Frescobaldi, que le transmite la tendencia francesa, inglesa e italiana. A partir de 1713 contacta compositores italianos más en boga, como Vivaldi, se deja influenciar y agrega la sobriedad del coral alemán y el gusto por la complejidad contrapuntística. A partir de 1739 revela un interés inusitado por problemas musicales absolutos.

Pero a la hora de la verdad, afirman algunos, lo que hace de Bach algo tan único e irrepetible es el hecho de que melodía y armonía se convierten en un todo imposible de disociar: la melodía está al servicio exclusivo de la armonía y viceversa, y en medio de esa unidad se independizan y prosiguen rumbos que parecen independientes pero van paralelos. A partir de este principio crea y recrea su universo estético.

Quizás es más honesto decir que Bach escribió una música de niveles ostensiblemente superiores a cualquier compositor de su tiempo porque era un artista más grande y estaba mejor preparado que los demás. Así de sencillo. Además, sin arrogancia, jamás hizo concesiones, ni al público ni al músico. Su trascendencia no estriba en la dificultad, sino en poseer una complejidad interna que el intérprete no puede resolver con la técnica sino con el cerebro. Igual le ocurre a quien lo oye.

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