Domingo, 11 de diciembre de 2016

| 2002/10/06 00:00

Bajo la arena

Charlotte Rampling hace uno de los mejores papeles de su carrera: el de una profesora de literatura que pierde a su esposo.

Director: François Ozon
Protagonistas: Charlotte Rampling, Bruno Cremer, Jacques Nolot, Alexandra Stewart

Todas las noches, cuando vuelve a su casa, la profesora Marie Drillon ve al fantasma de su esposo: el verano pasado, en una playa a algunas horas de París, el señor, Jean Drillon, le anunció que daría una vuelta por ahí, por los bordes del mar, y nunca regresó al lugar en donde tomaban el sol. Puede que esté muerto. Puede que se haya suicidado. Puede que, hastiado de una rutina feliz, haya decidido comenzar, a los 50 y tantos años, una nueva vida. Marie sabe de memoria que "la vida debe continuar", pero su mente se ha quedado en la pregunta por el paradero de su marido y no parece dispuesta a superar ese vacío.

El hombre que sus mejores amigos acaban de presentarle, el aparatoso manejo de sus finanzas, las clases sobre Virginia Woolf que dicta en inglés: todo le recuerda que se ha quedado sola, que nunca tuvo hijos, que jamás contempló la posibilidad de que su vida no fuera feliz. François Ozon, el director, lo filma todo desde su cabeza, desde la compleja mente de Marie Drillon, como si pusiera en escena sus pesadillas. No vemos lo que ella ve, no, sino las voces que la desvelan, las dudas que la torturan y los pasos que la tranquilizan. Vemos su nueva soledad y su incapacidad para adaptarse a los hechos.

Y la actriz británica Charlotte Rampling, con su mirada hacia atrás y su fragilidad vergonzante, lo hace todo más fácil. Desde su actuación en Portero de noche hasta su importante aparición en la última versión de Las alas de la paloma, Rampling sólo ha aceptado papeles arriesgados, controvertidos, exigentes, en películas de autores que admira por su honestidad: fue Dorrie, la amante enloquecida de Woody Allen, en Recuerdos; fue Paula Fischer, la mujer arrepentida que redime a Paul Newman, en Veredicto, de Sidney Lumet; y fue Madame Zorah, la novia del demonio, en el Corazón de ángel, de Alan Parker. Su carrera es incuestionable.

Y su experiencia le ha servido, sin duda, para convertirse en esta mujer que ha vivido mucho y no ha aprendido nada. La presencia -o, mejor, la terrible ausencia- del actor francés Bruno Cremer, célebre por su interpretación del comisario Jules Maigret, en las múltiples versiones para la televisión de las novelas de Georges Simenon, le ayuda a cargar con todo el peso de la historia, pero son sus gestos orgullosos, ese esfuerzo por despreciar aquella realidad insoportable, los que hacen memorable esta película.

Bajo la arena es un drama sin concesiones: no hay traumas que se superen ni certezas que nos tranquilicen, no hay diálogos que resuelvan conflictos ni descubrimientos que alivien dolores. Es verdad que, aunque sólo dura 96 minutos, uno siente que se alarga y se queda sin salidas. Y es cierto, también, que su final decepciona. Pero se trata de una obra personal y meditada. Y no hay muchas así en la cartelera de estos días.

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