Sábado, 10 de diciembre de 2016

| 1992/05/18 00:00

BALANCE DEL MAESTRO

CUAL FUE EL PAPEL REAL DE ALEJANDRO OBREGON EN LA <BR>HISTORIA DEL ARTE EN COLOMBIA?

BALANCE DEL MAESTRO

VIVIA EN ALBA LA ROMAINE, AL SUR de Francia, pintando de día, y esculpiendo lápidas en los cementerios de noche, a la luz de una lámpara de petróleo. Había que sobrevivir de alguna manera para seguir pintando. Pero éste no era un problema para Obregón, que a los 18 años prefirió irse al Catatumbo a manejar camiones de 20 toneladas, que quedarse de segundo de su padre en la fábrica de textiles de su familia en Barranquilla.
Vivía en Alba la Romaine, y se enteró de que Picasso estaría unos días en París. Se fue directo a La Maison de la Pensée, donde el autor del Guernica estaba colgando una exposición, y se presentó. Picasso debió recordar en ese momento el día en que decidió buscar un nombre más sonoro que el de Pablo Ruiz. Se quedó mirando al aprendiz de artista que había logrado colarse en el salón, y le dijo: "Obregón... Coño, ¡qué buen nombre para un pintor!".
El comentario de Picasso resultó premonitorio. El joven Obregón, que apenas probaba suerte con el pincel, llegó a convertirse para el arte colombiano en lo que Picasso se había convertido, de tiempo atrás, para el arte universal: en el pintor que fue capaz de mirar con desdén a la academia y de abrirle las puertas, de par en par, a la modernidad.
Marta Traba lo dijo alguna vez: "Ni siquiera los jóvenes más iconoclastas le disputan su papel de precursor y fundador del arte moderno ".
Los críticos sorprendidos, quisieron adivinar influencias cuando encontraron en ese Obregón cubista de los comienzos una invitación a romper con el rigor de una tradición pictórica que se apoyaba en el retrato de prócer y en el paisaje romántico. Se dijo entonces -y hay quienes todavía lo sostienen- que esas formas con las que estaba revolucionando el arte colombiano eran poco menos que una copia de las que exhibían con éxito el español Antoni Clavé y el inglés Craham Sutherland. Sin embargo, para los que entendían que también en Colombia se podían hacer aportes a la vanguardia internacional, Obregón simplemente había tomado impulso a partir de los esquemas de pintores como Clavé y Sutherland, pero había logrado ir más allá. El crítico Darío Ruiz Gómez anotaba que "ni del primero le interesa lo simplemente visual, ni del segundo un restringido y austero sentimiento de la naturaleza".
De cualquier manera hubiera resultado más fácil acusar en su obra la influencia de Picasso. El lo admitía sin problemas, y agregaba que también la magia de Rufino Tamayo había aparecido en sus lienzos.
Lo importante es que Alejandro Obregón definió, muy pronto, un estilo propio e inconfundible. La temática importada cedió ante la local y la sobriedad cromática dio paso a los colores tropicales. Obras como "Máscaras" y "Entierro de Joselito Carnaval" marcan este proceso, vital en su carrera (ver ilustraciones). En esta nueva época permanecía el análisis geométrico de las formas, pero resultaba indudable el acercamiento cada vez mayor a lo vernáculo. Fue una transición que derivó rápidamente en ese lenguaie maduro que habría de inmortalizarlo. El crítico Eduardo Serrano, curador del Museo de Arte Moderno de Bogotá, lo describe así: "Obregón rompe con los esquemas geométricos y los excesos intelectualistas del cubismo, para darle paso a la espontaneidad.
Surge, entonces, un lenguaje compuesto de contrarios: espacios inmensos de brochazos enérgicos, y detalles minuciosos de pincelada delicada; misteriosas veladuras y figuras contundentes; zonas grises y calladas, y áreas de colores vivos, fuertes, contrastantes; referencias directas a la realidad, y alusiones inequívocas a la magia, los enigmas y la fantasía".
Con este lenguaje pictórico, que se hizo constante en su obra, Obregón se comprometió cada vez más con el escenario y con los protagonistas colombianos. Y, sobre todo, con ese mundo de alcatraces y de olas agrestes que divisaba desde su casona colonial de Cartagena de Indias, en donde se resguardó de la banalidad de las corbatas negras. Allí, con sus bermudas azules y sus camisetas de algodón, tan cercano a las murallas que tantas veces recorrió don Blas de Lezo -el medio hombre en el que siempre quiso reencarnar-, Alejandro Obregón pintaba desde el amanecer hasta que le daba hambre, y desde que se levantaba de la mesa hasta que le daba sueño. Allí pintaba a toda hora, con esa energía de vikingo que jugaba tan bien con sus facciones. Allí, con un pielroja en la boca, y con un vaso de tres esquinas sobre la misma mesa donde guardaba la trementina, Obregón pintó los Andes, con sus volcanes y sus nevados, pintó el Caribe, con sus barracudas y sus mojarras, pintó los toros, los cóndores, los torocóndores y las iguanas. Pintó tanto, y salió tan poco, que no tuvo la oportunidad de preocuparse de que su obra quedara en el mercado internacional tambien colocada como en el colombiano. Pero eso poco le importaba.
En todo caso, Obregón fue siempre un pintor de tiempo completo. Tanto pintaba, y a tal ritmo, que tal vez por eso decidió un día cambiar el óleo por el acrílico, para no tener que esperar durante tanto tiempo que las primeras capas de pintura le dieran el visto bueno para aplicar las siguientes. Ese cambio, evidente a pesar de que los temas permanecieron, fue, para muchos, un resbalón en su carrera. Un resbalón al que el tiempo habría de sumarle ese descenso creativo que experimentan casi todos los pintores que algún día, como él, llegaron muy alto. Pero aun así, Obregón nunca dejó de sorprender. Y seguramente siguió sorprendiendo hasta la muerte porque, no obstante ese espíritu romántico y esa mirada de poeta, Obregón siempre estuvo comprometido con la realidad. Con esa realidad que se le metía hasta los huesos y lo hacía protestar, en la tela, por la violencia, por los desastres ecológicos o por el desamor.
Pero su obra permanece como un símbolo, porque trascendió la realidad. "No hay que pintar temas, decía. Hay que pintar emociones". Y decía, también, que un cuadro no debe representar, sino que debe existir a base de su propia energía. Y como energia era, precisamente, lo que le sobraba a Alejandro Obregón, no hay duda de que la magia de su pintura seguirá sorprendiendo, y su vida se convertirá en una leyenda que las nuevas generaciones desearán recrear en el lienzo, como recreó él, tantas veces, a don Blas de Lezo.

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