Domingo, 11 de diciembre de 2016

| 1988/10/24 00:00

BARRIO MUSEO

Restauración de casas, arreglo de andenes y de espacios públicos, son algunos de los logros de la Corporación Barrio La Candelaria.

BARRIO MUSEO

Con el paso de los años, Bogotá se convirtió en la ciudad de todos y, al mismo tiempo, en la ciudad de nadie. Su desmesurado crecimiento, las influencias traídas por los diferentes grupos de inmigrantes, hicieron que Bogotá -o los bogotanos- perdieran sus raíces en medio de un creciente cosmopolitismo. Por eso, la idea de darle nueva vida al tradicional barrio La Candelaria, el sector más representativo de lo que alguna vez fue la ciudad, ha sido recibida con simpatía por todas aquellas personas que, de una u otra manera, se sienten ligadas sentimentalmente con él, ya sea porque allí transcurrieron sus primeros años o porque han sido cautivados por la sobriedad de su arquitectura colonial, que se mezcla con construcciones de estilo republicano.
Esta labor de recuperación ha sido adelantada por la Corporación Barrio La Candelaria que, bajo la administración, recientemente terminada, de Genoveva Carrasco de Samper, acaba de publicar un libro en el que se reseñan las obras adelantadas por la Corporación a partir de 1982.
Con prólogo de Belisario Betancur, "Corporación Barrio La Candelaria 1982-1988" es una síntesis de la historia del tradicional barrio, que va acompañada por los logros de los últimos años, con fotos a todo color que ilustran el actual estado de sus casas y calles. A partir de cierto momento, cuando la zona norte de la ciudad se convirtió en el área residencial por excelencia, La Candelaria fue cayendo en el olvido y sus viejas casonas de alcurnia dieron paso a inquilinatos y casas de mala muerte. Lo que antes había sido el centro de la ciudad, se convirtió en un área marginal, de la que nadie quería acordarse.
En 1980, Hernando Durán Dussan, -en ese entonces Alcalde Mayor- creó la Corporación Barrio La Candelaria, que sólo comenzó labores en 1982. En este tiempo se ha logrado la recuperación no sólo de varias casas sino de buena parte del espacio público de La Candelaria. Una muestra de ello es la Casa de Poesía Silva, que funciona en la misma construcción en la que un día el poeta se quitó la vida, y que se ha convertido en un centro de agitación poética, fiel al espíritu intelectual que se movió en sus calles.
Personas que durante mucho tiempo no volvieron por el barrio, han regresado a las viejas casas, ahora remozadas. En ellas también funcionan galerías de arte, salas de teatro y estudios de artistas. Dentro de las labores de la Corporación, fuera de la reconstrucción de calles y andenes, hay que resaltar la recuperación del colonial Camarín del Carmen, que ahora podrá albergar a 500 personas que disfrutarán de los conciertos y conferencias que en él se programen.
Por todo lo anterior, el libro, aparte de testimoniar estas obras, es una especie de viaje al pasado por las empinadas calles empedradas de lo que es, sin duda, una de las joyas arquitectónicas más preciosas del país.

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