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| 12/5/2015 4:00:00 PM

Niños y jóvenes de Batuta derrocharon talento en el Festival Detonante

En un concierto ofrecido en el colegio Carrasquilla, la Orquesta Libre de Quibdó abrió el día con un emocionante recital que confirma el inigualable poder de la música.

Darle vuelo a las aspiraciones, aprendizaje y gozo de cientos de niños quibdoseños es invaluable. Eso probó el concierto que abrió la tercera jornada del Festival Detonante en el colegio Carrasquilla de la capital chocoana este sábado 5 de diciembre.
 
Esto porque el poder de la música no solo se siente en las notas que la orquesta de jóvenes produce, también en su lenguaje corporal, en sus voces y sus bailes. Se sienten parte de algo que los eleva, los llena y los proyecta a una realidad lejana a la violencia. Y en un acto que tenía como fin inaugurar el punto Vive Digital del Ministerio TIC en Quibdó, la sonrisa y el talento musical de los 200 niños que hacen parte de la Orquesta sinfónica libre de Quibdó (sumando la Sinfónica y el Coro) se robaron el show.
 
Foto: León Darío Peláez/SEMANA.

Isabela Castañeda, el violín principal (concertino), es una joven radiante, amable y llena de confianza que lleva en la orquesta 9 de sus 15 años. Surgió del semillero de Batuta y su liderazgo en la Orquesta es notable. La música, más que un hobby, “es fundamental en mi vida”, asegura, “algo que considero mío, un paso para conseguir éxitos”. Describe al grupo como una familia en la que se establecen lazos de amistad y, según añade, “somos unidos y hacemos que quien llegue se sienta como en casa”. Los sueños son todo, por eso no teme afirmar que aspira a tocar en la Orquesta sinfónica de Bogotá, la de Colombia, o a conformar su propio cuarteto.  Por sobre todos los compositores, Bach es, de lejos, su favorito.
 

Foto: León Darío Peláez/SEMANA.

Constantino Herrera, director de la Orquesta Sinfónica Libre de Quibdó desde hace tres años, explica el nombre de la orquesta: “Es ‘libre’ porque la idea es partir de un formato sinfónico pero que se toque todo tipo de música. Enseñamos la base sinfónica, para que conozcan y experimenten (La Gran Puerta de Kiev, por ejemplo), y Alabados, currulaos, tamboritos locales. Herrera señala: “Queremos albergar muchos niños, alejarlos de la violencia y construir paz alrededor de la música. La idea es crear partiendo desde las ganas y nuestra alegría”. A juzgar por el entusiasmo de los intérpretes, la misión de Herrera y de sus profesores colegas, que también han dejado la piel por el proyecto, es un éxito.
 
La mezcla de estilos sirve también para que los niños y jóvenes toquen junto a leyendas y se alimenten de sus años de voz. Dos cantaoras acompañaron al coro con sendas notas. Fabiola Torres, quien lideró el Alabado Mayor ‘Santo Santo’, que se canta antes de que el rezandero empiece un velorio, dejó una marca poderosa. No solo por su voz, si no por cómo se mezcló con la de los niños. La interpretación le puso la piel de gallina a los asistentes.


Foto: León Darío Peláez/SEMANA.

 
‘Tino’ Herrera, como le dicen sus pupilos, añade: “El proceso es muy satisfactorio y muy alegre, y sirve un doble propósito. Uno de construcción de paz y otro de crecimiento musical en el Chocó, pues constituye un espacio de estudio de la música en el departamento”.
 
Por su parte, María José Durán, la gerente regional del Occidente de Batuta, explica como todo estuvo en peligro de desaparecer pero los esfuerzos de la alcaldesa –quien consiguió fondos- fueron vitales. “Desde 2009-2010 hubo apoyos al proceso de formación sinfónica de parte de Planeación Nacional. Pero los recursos por algún motivo fueron suspendidos. La alcaldesa Zulia Mena resolvió darle continuidad y se apoyó en la experiencia de Batuta. Conseguimos recursos de Findeter, MinCultura y de la alcaldía y desde 2012 se empezó a conformar orquesta en este formato actual”, asegura.


Foto: León Darío Peláez/SEMANA.
 
¿Qué diferencia a esta Orquesta libre de otras? Durán responde: “La integración de la parte coral con un repertorio autóctono, afro, hermoso. El esfuerzo es maravilloso, y esa presentación en junio en Bogotá (honraron al teatro Julio Mario Santodomingo con un recital) fue impresionante verlos destacarse, visualmente, musicalmente, con sus uniformes y su compromiso. Fue inolvidable”.

Carlos Sánchez tiene 25 años y lleva dos en la orquesta. Pero viéndolo tocar el contrabajo pareciera que llevara más. En 2013 vino un profesor de España a dar cátedra a la Orquesta y se dio cuenta de que no había contrabajistas. “En ese momentos nos conocimos y me invitó a hacer parte de esto. Fui y me gustó el instrumento y seguí con él”, cuenta.
 
A Carlos no lo invitaron las armas, lo invitó la música, y si bien sabe que le falta mucho por mejorar, es muestra humana de que el arte prevalece, inspira y enamora si llega primero.  
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