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| 2/7/1983 12:00:00 AM

BERGMAN VIOLENTO

"La vida de las marionetas" constituye un ensayo sobre la conducta humana.

Quizás lo que más traumatiza en las películas de Bergman es la violencia, la tenacidad que tiene en descubrir nuestros propios pensamientos y hacernos dudar, como sus personajes, si todo es verdad o apenas un sueño o si el mundo en que nos sostenemos es como lo vemos o es diferente para cada marioneta.
Regresando de narraciones que lo sacaron de su camino como "El huevo de la serpiente", Bergman vuelve a presentar personajes cuyo principal atractivo es la forma escueta, procaz y espantosa como se nos desnudan mentalmente. La edad, el tiempo, la madre posesiva, la mujer dominante y el deseo de matar, van enervando al espectador que observa como un "Voyeur" la autopsia a personajes vecinos, a personas conocidas que no sabíamos cómo eran por dentro.
Ninguna de las películas norteamericanas, para ubicar un ejemplo cercano en tiempo, ha podido aproximarse tan descarnadamente y con tanto respeto al sujeto homosexual como la secuencia de Tim y su declaración ante el investigador del crimen de sus deseos hacia Peter. O más tarde con Catalina, frente al espejo, mirándose sus arrugas, sus manos fofas, y deleitándose en la negatividad de sus propios pensamientos: "todos nacemos con un improntu que nos determina desde antes de nacer" y este parece ser uno de los teoremas que Bergman analiza, ahora y siempre, "cierro los ojos y soy un niño de diez años, los abro y soy un viejo ".
El estilo es soberbio, medido, un reportaje que, a su vez, es un ensayo sobre el desvío de la conducta humana hecho a manera de rompecabezas, un poco como "Rayuela", con una edición caprichosa que da unos resultados definidos en cada cabeza pensante y que, tengo la impresión, debe variar en sus conclusiones si no tuviéramos que saltar tanto en el tiempo.
Bergman se cuida mucho de ser lineal en la manera como cuenta su historia. A diferencia de "El huevo de la serpiente", la historia es mínima, concentrada. Un hombre mata a una prostituta por no hacerlo con su esposa (?). Todo es intimista. Inclusive en el momento en que ella entra en el bar, Bergman tiene que sacarla junto con su socio al apartamento de éste. La gente extraña, el drama acaba con lo encerrado de la historia. Por algo la escena final ocurre en un lugar cerrado. Es inexorable el destino. Peter tiene que matar.
El desvanecimiento del color, una vez ha pasado la anécdota, y el reencuentro con el mismo al final de la película, son los mejores aportes de Bergman en esta oportunidad.
Inicialmente, una vez ocurrido el crimen, la imagen se torna blanco y negro, la intensidad de las emociones, la fragilidad del personaje, la fuerza de las mujeres que lo rodean se extrema. Al regresar el color, ya ninguno de los personajes importa.
Para mucha gente Bergman es aburrido. Quizás su ensañamiento en la vida interior, los complejos, los resultados de los juegos sexuales, la forma como el hombre es manejado por sus semejantes, suena así. Pero sólo hasta el momento en que nos sentamos ante la pantalla y caemos atrapados en los hilos del realizador. El se encarga de llevarnos hasta donde quiere como a las marionetas, como en una especie de exorcismo.
Es de aplaudir la decisión de cine Colombia de dedicar un teatro en Bogotá a ese tipo de películas que, parece, tienen un público muy restringido pero que representan lo mejor de la producción mundial. Por lo menos un teatro con excelente material frente a la ola de porno que nos ahoga.
En este trabajo, que ojalá tenga sucursales en el resto del país, veremos entre otras "El último metro" de Truffallt, "La ciudad de las mujeres" de Fellini y "La Piel" de Liliana Cavani. Henry Laguado
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