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| 10/5/2013 1:00:00 AM

¿Como el agua y el aceite?

Este año se cumple el bicentenario de dos gigantes de la música: Verdi y Wagner. Tradicionalmente se los ve como los polos opuestos de la ópera romántica de la segunda mitad del siglo XIX.

Aparentemente entre Richard Wagner y Giuseppe Verdi no hay coincidencias, salvo que fueron los más geniales compositores de ópera de la segunda mitad del siglo XIX y que nacieron con cinco meses de diferencia: Wagner en Leipzig el 22 de mayo de 1813 y Verdi en la aldea de Roncole en Parma, el 10 de octubre del mismo año.

Jamás se vieron la cara. Hoy en día coinciden en la cartelera de los grandes teatros donde Verdi es más frecuente porque, sobre el papel, es menos riesgoso. El público no parece cansarse de Rigoletto o La traviata que encabezan la lista de óperas más representadas en los últimos 100 años.

Fueron, y en apariencia siguen siendo, como el agua y el aceite. Pero hay más coincidencias de lo que sugieren las exterioridades, como la desmedida duración de los dramas wagnerianos –¡la representación del Anillo del nibelungo dura casi 19 horas en cuatro noches!– versus la habitual brevedad del italiano, o el deliberado rechazo de Wagner a las arias, que es el sello verdiano por excelencia.

Fueron casi autodidactas y su formación no fue producto de una enseñanza sistemática sino de un trabajo casi individual: Wagner no asistió al conservatorio y Verdi, cuando quiso hacerlo, fue rechazado por el de Milán.

Coinciden en la eterna búsqueda de una dramaturgia musical más acorde con los tiempos que corrían y en la decisión inquebrantable de seguir sus propios instintos por encima del aplauso complaciente, una faceta muchísimo más marcada en Wagner; también en la capacidad de levantarse de los fracasos. 

Cada uno a su manera concibió una forma de entender un mundo lírico que desbordó el melodrama: Verdi con su música contribuyó de manera decisiva a la liberación y reunificación de la nación italiana y Wagner, de modo a veces tendencioso, a la exaltación de los valores alemanes.

Wagner se veía a sí mismo como un iluminado, un ser superior y un auténtico pensador que se expresaba además con numerosos escritos y ensayos en los que teorizaba sobre lo humano y lo divino: arte y revolución, la obra de arte del futuro, judaísmo y música, ópera y drama.

Wagner encontraba natural que el mundo estuviera a sus pies: “Necesito brillo, belleza y luz, el mundo me debe lo que necesito, no puedo vivir con el miserable sueldo de un organista como nuestro maestro Bach”, dijo, y hasta se construyó un teatro en Baviera que aún hoy en día está consagrado exclusivamente a sus obras, y no todas por su propia decisión.

Verdi, a lo sumo, pensaba que era un artesano, la sola idea de escribir sus memorias lo aterrorizó y rechazó de inmediato la propuesta cuando se la hicieron.

En materia económica no hubo nada en común. Wagner pasó buena parte de su vida huyendo de sus deudores y de la posibilidad de ser encarcelado por estafas y abusos; Verdi fue ahorrativo y amasó una enorme fortuna como terrateniente.

En lo afectivo Wagner hizo de su vida motivo de escándalo y a veces sus intereses amorosos iban de la mano de los económicos, hasta sedujo a Cosima, la mujer del más fiel de sus escuderos, Hans von Büllow, hija de Franz Liszt su adalid. 

Verdi tuvo un matrimonio corto, en cosa de dos años perdió a su esposa Margherita y a sus hijos y luego unió su vida a Giuseppina Strepponi, una cantante que fue fundamental para su consolidación como el compositor más grande de Italia, no fue un modelo de fidelidad, pero procuró siempre una celosa discreción.

Lo que sí es un hecho es que, paradójicamente, terminaron por distintos caminos llegando al mismo punto: lograr que el drama musical fuera el resultado de una fusión íntima entre el texto y la música, Wagner con 14 títulos y Verdi con 27. 

Wagner y Verdi en Colombia

Junto con Puccini, Donizetti y Rossini, Verdi ha sido el compositor favorito de los colombianos desde fines del siglo XIX.

Las obras de Wagner jamás habían formado parte del menú operístico nacional. Este año fue la excepción con la puesta en escena de Tannhäuser en Bogotá, para la cual el Ministerio de Cultura giró la suma de 1.000 millones de pesos por su bicentenario. La celebración verdiana –salvo el caso de Medellín, donde se realizó una gala en su honor– terminó pasada por agua. 
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