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| 11/1/2017 9:50:00 AM

Cuando la danza vence a la drogadicción

Para uno de los integrantes de la compañía Teatro Danza Pies del Sol el arte fue la salida de un hoyo negro. Esta compañía que ha representado al departamento de Nariño en varios lugares del mundo estará en la Bienal Internacional de Danza de Cali.

Camilo Villalba estaba caminando por las calles del barrio Sumapaz de Bogotá cuando vio una comparsa. Era un grupo de danzarines vestidos de trajes inmensos, chaquetas y pantalones con plumas, lentejuelas, cascabeles, cinturones, cabezas de vaca, cuernos y espejos. El maquillaje era vibrante y la expresión de sus rostros reflejaba fuerza, energía. Camilo estaba atónito. Quería estar cerca de ellos. Se sentía atraído por ese baile que no conocía pero que le resultaba fascinante. En ese momento no tenía idea de que la compañía de danza Teatro Pies del Sol se convertiría en su segunda familia.

Después de ver el interés de Camilo, el director de la compañía, el maestro Gerardo Rosero, le dijo que podía ser asistente de indumentaria. Siempre necesitan a alguien que les ayuda pues ellos mismos hacen sus trajes y cada atuendo puede tardar seis meses en construirse. Además, necesitan restaurar y construir esculturas de icopor. Y antes de presentarse duran dos horas maquillándose y otras dos poniéndose el vestido que puede pesar 40 o 50 kilos.

Camilo aceptó encantado pero luego se alejó del grupo pues tenía que terminar el bachillerato. Su padre, un exgerrillero de las Farc, nunca estuvo de acuerdo con su deseo de danzar, para él era un baile para “maricones”. Luis se olvidó de la danza y poco después cayó en las drogas. Se refugió por un tiempo en los rincones del Bronx, la olla de expendio de droga más grande que había en la capital antes de su intervención.

Un día Gerardo iba caminando por la Plaza de los Mártires y reconoció a Camilo. Lo invitó a trabajar con él de nuevo. Al principio no fue fácil para ninguno de los dos. Camilo solo pensaba en las drogas pero el maestro le tuvo paciencia.

Pasaron dos años de ayudar a cargar, de hacer trajes en un pequeño taller en Ciudad Bolívar y de asistir a las presentaciones detrás de bambalinas. Un día uno de los bailarines se enfermó. Gerardo le dijo a Camilo que era la única persona que podía reemplazarlo porque nadie más los había acompañado tanto tiempo. Como los demás integrantes, Camilo tenía la libertad de escoger su maquillaje y los pasos que quería hacer en la presentación. Luego, el director ensambló sus movimientos al ritmo de la música hasta lograr una pieza armónica. “El maestro no me vio pero yo lloré de felicidad porque iba a interpretar a mi personaje favorito, al Chamán Jaguar”, dijo Camilo.

El día de su debut bailó con tanta fuerza que su vestuario se caía. “Yo nunca había sentido tanta emoción en mi cuerpo —recordó— cada vez que hago esto siento la misma sensación de ese día y por eso lo hago”. Para camilo encontrarse con el arte fue como encontrarse con su propósito. Se avivó en él una pasión que le ganó a las críticas de su padre y a su deseo de consumir drogas. Hace poco cumplió cinco años de danzar al lado de otras 10 personas que están apasionadas por la danza.

Camilo ya tiene 25 años y es una de las grandes figuras de la compañía de danza que se presentará en la tercera edición de la Bienal Internacional de Danza de Cali, que se desarrollará hasta el próximo 6 de noviembre.

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La compañía Teatro Danza Pies del Sol nació hace 16 años como un grito del pueblo del sur del país. Para Gerardo, quien heredó el amor por la danza de sus padres, es una forma de resistencia de las comunidades indígenas de todo el departamento de Nariño que por años han tenido que soportar hambre, desplazamiento, guerra y  narcotráfico. “En medio de tanta barbarie también hay un espacio para esa materia llamada cuerpo”, dijo Gerardo.

Esta danza llena de mística personifica a figuras ancestrales como el Chamán, el Jaguar, el hombre árbol y el Taitico (Santo) danzarín. Representa el sincretismo entre la herencia de la religión católica y la cosmovisión de comunidades indígenas que se asientan en municipios como Ancuya, Belén, Chachagüí, Guachucal, Ipiales, Mallama, Magüí, Santacruz y Yacuanquer. Sus bailes hacen parte de las fiestas patronales donde se bebe chicha y chancuco. Ellos hacen homenaje a los santos católicos como la virgen pero también a la pacha mama.  

Estos bailarines se han presentado en diferentes lugares del mundo. Entre ellos están Estados Unidos, Reino Unido, Italia, Argentina, Bolivia, México, Guatemala y Panamá. Y Son una de las compañías estrellas del Festival de Negros y Blancos.

Cada integrante es una pieza. No todos tienen historias como las de Camilo. Unos como Andrés Sánchez son músicos, otros como Harold Guzmán son ingenieros, otros son estudiantes de artes escénicas. Para unos lo difícil es danzar con tanto peso, para otros es lograr la delicadeza construir su traje y su maquillaje. Para otros lo más difícil es encontrar la mística que tiene esta danza y de la que tanto les habla Gerardo Rosero.

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