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| 2/26/2002 12:00:00 AM

Bienvenidos al Parche

Un novedoso espacio de arte en Bogotá se estrena con Adriana Arenas.

Quien quiere todos esos cables, pantallas de televisión, cajas, luces y videos de VHS? Desde los años 60 el videoarte amenaza con engendrar un nuevo Goya del arte electrónico. Pero, al menos en Colombia, nadie se anima a darle la bienvenida. Los artistas que crean su obra con medios no tradicionales tienen el aval del establecimiento —el MAM, la Luis Angel Arango, el Idct y la Alianza Colombo Francesa—, pero no pertenecen al circuito comercial. Algunos galeristas, Jairo Valenzuela y de alguna manera Carlos Alberto González, se mantienen en la apuesta. Pero hay pocos. Por eso la llegada de El Parche, un espacio que se declara independiente, sin necesidad de vender, puede darles un respiro.

Sus fundadores tomaron como modelo La Panadería, una galería mexicana a la que perteneció Michele Faguet, su actual curadora, para establecerse en Bogotá. Su modus operandi es tomar una casa —en este caso en el Bosque Izquierdo— y conseguir becas y apoyo internacional para no depender económicamente del comercio.

Y así trajeron a Adriana Arenas, una artista colombiana que vive en Nueva York y que no había expuesto individualmente en el país.. La muestra, titulada La fábrica de oro y piedras preciosas, se basa en un guión que ella realizó y que se halla en la página www.elparche.org. Habla de un hombre que no puede hallar el amor y sale a buscarlo en el campo, donde empieza a trabajar en una máquina que transforma la maleza en oro y piedras preciosas. Con ese material fabrica anillos para conquistar a esa mujer. El guión, en la obra, tiene una solución deslumbrante. La entrada a El Parche la marcan las luces de una discoteca. En una esquina, en una pantalla diminuta, puede leerse una especie de poema en inglés que avanza con la música de fondo: “You are my today, tomorrow and yesterday/The heart of my anxiety secret, peace, sincerity/ sublime soul of my being”.

Ese poema (¿Tennyson?, ¿Stephen Stills?) es en realidad el texto del vallenato de fondo que, al ser traducido al inglés, adquiere otra connotación. Se lee como una historia de amor y no como la música que se escucha —con estruendo— en los buses. La historia continúa en la siguiente sala. En otra pantalla se ve a un par de figuritas de Play Station que avanzan en un campo de nieve en blanco y negro. Y en otra sala se ve la transformación de la maleza en oro. La obra no se sostiene por la historia. Se sostiene porque Arenas utiliza un formato que sorprende. En las pantallas, del tamaño de la caja de un CD, la obra se ve como una serie de pinturas desconcertantes, abstracciones diminutas creadas con la técnica miniaturista de un José Antonio Suárez y la magia del movimiento. Pintura y dibujo en una pantalla de televisión. ¿Quién quiere todos esos cables? Lástima que El Parche no quiera tener puntos rojos en sus paredes, como en las galerías convencionales. Y los que quieran comprar cables y pantallas de video no les queda más remedio que seguir yendo a Sanandresito.
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