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| 4/23/2001 12:00:00 AM

Billy Elliot

Tiene 11 años, vive en una pobre villa minera y quiere ser bailarín de ballet.

Direccion:
Stephen Daldry
Protagonistas:
Jamie Bell, Jamie Draven, Gary Lewis, Julie Walters, Jean Heywood

Es probable que al final, cuando la proyección de Billy Elliot termine, se descubra que en realidad se ha visto una película muy triste. Al fin y al cabo se trata de una narración que, por medio de un estupendo sentido del humor y de una memorable sensibilidad vergonzante, logra hacernos sentir que si esa historia —la de un niño sin madre que ha crecido en una deprimente villa minera y que estremece a su familia cuando decide convertirse en bailarín de ballet— no sucedió en lo que la televisión llama “la vida real” al menos sí tendría que haber sucedido. Las grandes historias son las que habrían podido ocurrir y quizás es por eso que son tan tristes. Esta, por lo pronto, fue elegida por la Academia Británica de Cine como la mejor película inglesa del año pasado. Y aunque hay quienes todavía no pueden creer que haya vencido al náufrago y al gladiador —los premios y la televisión reducen al cine a estos términos—, su protagonista, Jamie Bell, recibió el premio al mejor actor principal por encarnar a ese niño con vocación al ballet.

Billy Elliot entrará, a partir de ahora, en esa lista de extrañas películas inglesas que, como The Full Monty o Shakespeare apasionado, dejan en el espectador la sensación de que la vida no es tan horrible como parece. Sí, claro, la violencia se acerca paso a paso, las aceras de los centros comerciales sirven de cama y cada vez hay más cuentas por pagar, pero también están la magia del cine, la oscuridad del teatro, la tragicomedia de estos personajes: una abuela que no ha podido recuperarse de la muerte de su hija, un padre que se niega a comprender que su hijo bailarín no es un homosexual, una profesora de ballet que recupera en clases la energía que pierde con las infidelidades de su esposo, un mejor amigo de 11 años que ha descubierto que le gusta ponerse la ropa de su mamá, un hermano sindicalista que no, por nada del mundo, dará su brazo a torcer y una niña que ahora quiere jugar guerra de almohadas con los niños.

En el primer párrafo de esta reseña puede leerse que Billy Elliot ha sido narrada por medio de “una memorable sensibilidad vergonzante”. No es, en la medida de lo posible, una frase vacía. Quiere decir que Stephen Daldry, el director, ha creado una película comparable con esas personas que son tan sensibles que, para protegerse, para que nadie se ría de sus debilidades, se hacen pasar por hombres o mujeres inconmovibles. Así como la profesora, el amigo, el papá y el hermano de Billy Elliot, como esas tías que no hablan pero un día dan el mejor regalo de la vida, es esta gran película. Fascina y encanta. En palabras del propio Daldry, “fascina porque carece de ironía y se dirige sólo a los corazones emotivos”, y encanta, al final, porque, para que nadie se burle de ella, de su inolvidable tristeza, se hace pasar por una divertida y respetuosa historia de la vida real.
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